lunes, 1 de abril de 2013


Desentrañando "El viento de mis velas"


UN CURA DE BETANZOS (y 2)


Orígenes del padre Verboso según Yago Valtrueno


 Teníamos previsto publicar esta entrada del blog hace dos semanas, así que ahí va una disculpa. El retraso no tiene que ver con la falta de interés, ni mucho menos; la «culpa», en realidad, es de nuestro editor, José Luis Saavedra. A este emprendedor le sobra fuelle como para hinchar un ciento de velas, y si no anda craneando algo, no está tranquilo. Así que la demora tiene que ver con un proyecto nuevo del que ya os informaremos y al que Yago Valtrueno no es ajeno. Pero a lo que íbamos, «que me pierdo yo y pierdo a sus mercedes», que diría nuestro pícaro.
Habíamos quedado en que, en la presentación de El viento de mis velas en Betanzos, el archivero de la villa realenga, Alfredo Erias, se centró en la figura del padre Verboso. Verboso tomó los hábitos por conveniencia, como muchos sacerdotes del siglo XVIII; menos hambre y menos impuestos eran razones suficientes como para abandonar el Mundo y sus tentaciones, al menos sobre el papel. Así recuerda Yago al clérigo betanceiro:
« (…) hizo herramienta de la confesión; y de su secreto, escoria de fundición. Así llegó a saber tanto y tan jugoso de tanta gente que, desde entonces, vivió como una polilla de los salones, volando de tertulia en refresco y de refresco en chocolatada, libando el néctar de los mejores panales, invitado en muchas partes y agasajado en todas; por si las moscas. Así que, siendo sacerdote, vivió, pues, como un abate a la moda.»
Clérigo dieciochesco frívolo y cortesano es una ajustada definición de abate, eclesiástico de órdenes menores más preocupado por su copete que por la cura de almas. Sin ir más lejos, Giacomo Casanova es un insuperable ejemplo de uno de ellos, un abate petimetre que valoraba a su peluquero tanto o más que a sus amantes. En justicia hay que decir que muchos de ellos fueron intelectuales, literatos e, incluso, agitadores políticos.
Al cura betanceiro le sobraban vigor físico y debilidad espiritual como para poder cumplir con su voto de castidad. Yago no escatima elogios al referirse a la sexualidad homérica de su compinche:
«Coincidía que el cura de Betanzos se alistó, desde el momento mismo en que puso el pie fuera del seminario, en ese regimiento bravo y cumplidor que es el de los curas putañeros. Y que él, lejos de andarse en la retaguardia, apartado de las trampas del enemigo, fue uno de sus más señalados capitanes. Cuentan las lenguas –y no las malas– que el cura de Betanzos cargaba tercerola de caballería, tan cadenciosa en tiros y atinada en puntería como un mosquete de Ripoll. Y aseguran que su munición no era de salva, sino de pólvora seca de mucha calidad, con proyectiles de buen calibre. No por otro, sino por él, se inventó esta conseja sabia: nunca digas de este vino no beberé, ni este cura no es mi padre

La tercerola es un arma de fuego. Los jinetes de los siglos XVII y XVIII la portaban como arma de ataque contra las filas de infantería. Hablamos, en realidad, de la abuela de la carabina, representada aquí en manos de un coracero de los tercios de Flandes.

El padre Verboso llegó al culmen de sus hazañas en Cádiz. Allí cambió el vino de consagrar por el de los Jerónimos de Pajarete y la pila de agua bendita por una moda francesa que hacía furor entre las gaditanas, la del bidé. Así conoció a una Afrodita mestiza que «tenía el monte de Venus tan ajardinado que… » Y hasta ahí podemos leer; el resto, en las mejores librerías coruñesas. ¡Hasta la próxima entrada, amigos!

NOTA: la ilustración del jinete con tercerola que acompaña a esta entrada pertenece a la portada de la revista de Historia Militar ¡Desperta ferro! Su autor es José Daniel Cabrera Peña. 


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