martes, 23 de septiembre de 2014

POR NO MOVERNOS, LOS GANDULES

NO PEDIMOS NI CLEMENCIA



Robert Louis Stevenson haraganeando en Samoa


A ver, no es que no la queramos, es que maldita la falta que nos hace. No necesita abogado defensor quien nunca se preocupó de los juicios y sentencias de los demás. Porque eso es, básicamente, un holgazán: un risueño ajeno a la bilis, los celos y la envidia -al escándalo, en fin- que provoca su desidia en quienes, con sus propias manos, se encadenan al banco de galeras.
El perezoso es, además, subversivo, un antisistema descarado, sin pasamontañas, a braga quitada. Si es verdad que un día vamos a salir de esta, el maula no se sumará al cortejo cívico que suba por la ladera del agujero. Y eso es porque el haragán nunca bajó al hoyo, pues se quedó dormido en el borde de mullido y perfumado césped mientras los demás se despeñaban. Como la cigarra que miraba a la ajetreada hormiguita bajar a las profundidades de su luctuoso laberinto.
Dicho esto, vagaba yo hoy mismo sin nada que hacer -no hay nada mejor que no hacer nada- cuando de buenas a primeras, como si mi cigarra madrina me lo hubiese soplado al oído, me di de bruces con un ensayo de Robert Louis Stevenson que no conocía: "En defensa de los ociosos" (Editorial Gadir). ¡Qué valor!... Siendo, como es, una apología del holgazán, el librito no tiene más que 46 páginas, pero empieza en la once e incluye la biografía del autor, claro. El caso es que, con más miedo que vergüenza (miedo a herniarme), me lo he leído de un tirón. ¡Pa'haberme matao!
No tengo intención de hacer una recensión de la obrilla: no las hacía en el instituto, ¡me voy a poner ahora! Qué va. Me quedo con la página dieciséis, no sea que me dé una pájara. Tusitala, tal y como lo bautizaron los samoanos, aconseja en este punto que los maulas no caigamos en la adicción a la lectura. Él sabía de ambas cosas: era un lector consumado, pero consumido por la tisis y por el láudano. Así habla sobre la lectura el padre de Jekyll y Hyde:
"Los libros son, a su manera, beneficiosos, pero no dejan de ser un pálido sustituto de la vida"
Y remata:
"Asimismo, tal y como nos recuerda la vieja anécdota, si un hombre se entrega a leer, apenas tendrá tiempo para pensar"
Los integristas de la lectura me dirán que Stevenson está de broma, que usa la ironía, el sarcasmo y el cinismo, que quiere decir lo contrario de lo que dice. A pesar de su enfermedad, Stevenson recorrió el mundo buscando la vida que se le escapaba en cada ataque de tos. Y buscó vida en la Vida antes que en las páginas.
Me ha alegrado sobremanera descubrir que coincidí con mi admirado autor de "El club de los suicidas" cuando escribí mi primera novela, "El viento de mis velas (peripecias de un empedernido bebedor de café)". Un viejo librero, don Gaspar Méndez, aconseja esto al protagonista, Yago Valtrueno:
"Te incito, Yago, a que busques ánimo y consuelo en los libros, pero aprendas de la Vida las lecciones que sirven; considera que ellos son ventilla o casa de postas, más nunca el camino y, menos aún, el viaje. Es el arriero maragato el que conoce la vía; el ventero solo la imagina"
Eso me ha llevado a pensar que hoy, en las redes sociales, se pontifica y sentencia sobre los libros y la lectura igual que se lanzan vídeos de gatitos, frases de Coelho, pullas de la tediosa guerra de sexos o peticiones de firmas para hospitales públicos de mascotas (cuando nos quieren quitar los nuestros). Facebook o Twitter, sentenciosos y totalitarios por la necesidad de ser breves y lapidarios, no le hacen favor a los libros cuando quienes confunden ficción y vida los defienden a ultranza. En los anaqueles, como en el mundo, hay de todo, bueno, malo y peor.
He trabajado en televisión muchos años y encuentro que muchos lectores confunden las vidas de sus personajes favoritos con las suyas, como se confunde la realidad con las frivolidades de los magazines matinales o de los guirigays de sobremesa. Es peor, incluso: a veces creo que nos encerramos a leer como si tuviéramos que presentar un balance de lectura cada viernes; o como si compitiéramos por devorar más libros y más a la moda que mi vecina del quinto, que recita a Murakami del revés. Así que como dice Stevenson, en esas condiciones, yo me prefiero ocioso que leído. Y no pido clemencia por soltar semejante herejía, que me entra la fatiguita...



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