sábado, 15 de noviembre de 2014

LOS NACIONALISMOS 

NO RESPETAN EL D.E.P.



A veces creo que lo de Cataluña no se arreglará con referendos, sino entregando la capitalidad a los nacionalistas. La capitalidad de España, digo. Tengo a cualquier nacionalista por un individuo que prefiere ser cabeza de ratón que cola de león, pero empiezo a pensar que los nuevos condes catalanes lo que de verdad quieren ser es la testa de la fiera, con un tupé tan jovialmente repeinado como el de Artur Mas. Por eso regatean tanto.

Viene esto a cuento de otra estúpida polémica entre políticos. Estos tipos que sufrimos son de una idiotez de libro, lo que no quita que estén animados por una astucia homérica para enriquecerse a costa de todos, como bien comprobamos en el tozudo día a día. En Madrid, por iniciativa particular, se ha levantado una estatua al marino Blas de Lezo, que derrotó a una armada inglesa en Cartagena de Indias en 1741. Pues bien, el concejal de Cultura del Ayuntamiento de Barcelona, Jaume Ciurana (CiU), salta contra dicha erección con la susceptibilidad y el victimismo propio de todo manipulador (esto es psicología, no es opinión, por muy opinable que sea la psicología). Dice el buen hombre que no se puede conmemorar a quien bombardeó Barcelona en 1714. ¡Vaya!, pero sí se puede reivindicar el fantástico origen catalán de Cristóbal Colón que, al fin y al cabo, fue el pionero de un genocidio continental y de la destrucción de civilizaciones y razas por el acero, la pólvora y la viruela (siempre según el decir de quienes lo entiendan así). 

Estatua a Blas de Lezo (Cádiz)
A ver; por mucho que el nacionalismo catalán quiera vender la Guerra de Sucesión como un conflicto entre España y Cataluña, eso no pasa de quimera. Aquello fue la disputa sangrienta entre dos dinastías, Austrias contra Borbones, una más extranjera que la otra. Una guerra civil convertida en otro de los muchos conflictos europeos del siglo XVIII, tan abarrotados de contendientes y de desgracias para los de a pie como la Primera Guerra Mundial, que este año recordamos. De hecho, casi todos fueron mundiales, porque se libraron en Europa, África del Norte y América, desde Canadá hasta las Malvinas.

Creo que ninguna de mis células está infectada por manifestación alguna del virus del nacionalismo: nací en Melilla de padres gallegos (mi padre era tendero, no militar); atravesé como pude mi adolescencia en una tierra de desarraigo, el cinturón industrial y emigrante de Madrid; viví cuatro años en Caracas y largas temporadas en Bogotá, Samaná, Nueva York, Palma, Sevilla y Valencia; al final, he acabado en Coruña disfrutando un par de hermosas aventuras, ambas del corazón, pues la literatura y el amor nacen en el mismo sitio. Así que no, no creo que pueda decir, con lealtad, de dónde soy... Y para evitar polémicas inútiles: distingo las banderas tanto como un daltónico las luces de un semáforo. Vengo así de serie.

Detalle de la estatua de Lezo
Tras cinco años de investigar, escribir, intentar publicar, investigar, escribir, reintentar publicar y lo que te rondaré morena, me tomé hace poco un respiro. De Coruña a Cádiz. ¡Ole, ole y ole Cádiz y los gaditanos! Se merecen bendiciones y no ese cuarenta y seis por ciento de paro que sufren. Pues bien, allí, en La Tacita, me topé con otra estatua de Blas de Lezo, un personaje de la Historia de España al que se quiere descubrir ahora, quizá como arma nacionalista contra otros nacionalismos; es lo que tienen los nacionalistas, que se vuelven analfabetos funcionales ante un Descanse en Paz. Así pinta al marino el patriótico padre Ramón Verboso en El viento de mis velas:

"Más allí se dieron de bruces [los ingleses] con el Almirante Patapalo. Un matador tuerto, cojo y manco que le cortó las dos orejas a John Bull y le dejó el rabo para que se fuera con él entre las piernas. La Marina de Su Puta Majestad conoció a manos del comandante general Blas de Lezo, titulado Mediohombre por la gloria de sus heridas, la mayor de sus derrotas".

Las palomas no saben de honores
Algunos de mis lectores agradecieron esa mención al marino vasco, que perdió un ojo, una mano y una pierna en las guerras de su rey. Y a todos les respondí igual: "¡Ojo! Está bien recuperar retales de Historia, pero sin olvidar la pieza entera". Porque la hazaña excepcional de Blas de Lezo en Cartagena de Indias fue precisamente eso, la excepción a una regla en un siglo en el que Inglaterra se enseñoreó de los océanos. Los británicos del siglo XVI tenían un dicho con respecto a los Tercios españoles: "Españoles en la mar quiero, porque si es en tierra, que San Jorge nos proteja". Admiración por la infantería de los Austrias y desprecio por sus marinos y por los que vinieron después. ¿Que duele? Imagino que a algunos sí, pero el caso es que, mientras De Lezo derrotaba a los ingleses en la actual costa colombiana, la Pérfida Albión conquistaba Gibraltar (1704- ¿?), Menorca (1708-1802), Manila (1762-64) y La Habana (1762-63), recuperada a cambio de La Florida). Este el rollo de tela de aquella Marina española derrotada en Trafalgar y rematada en Cuba.

Los retales de Historia son magníficos para escritores y guionistas, y con ellos deberíamos construir novelas, series y películas que dieran trabajo a muchos e ideas a otro montón. No digo que, además, no levantemos estatuas, sobre todo con dinero particular. Pero lo malo de las estatuas es que, al final, acaban de cagaderos de palomas, ya sea la de Blas de Lezo o sea la de Rafael Casanova, defensor de Barcelona en 1714.


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