sábado, 29 de noviembre de 2014

"NO SABE USTED QUIÉN SOY YO"


No hay nada más viejo que el periódico de ayer fue una de las primeras sentencias sobre mi profesión que aprendí en la facultad. Denota la esencia del periodismo y connota una de sus perversidades: la celeridad del tráfago noticioso por un lado y, del otro, el desprecio por la memoria, magnífico antídoto contra las falsas novedades. Se diría que la memoria está bien para los ordenadores, pero no para las conciencias. Otro periodista, Ben Hecht, el primer guionista de Hollywood que consiguió un Oscar, lo plasmó en Luna nueva (Howard Hawks, 1940): un pescadero toma una hoja de un diario y envuelve un pescado. Para eso sirve el periódico de ayer...


Rosalind Russell y Cary Grant en Luna Nueva (1940) 


Viene esto a cuento del pícaro Nicolasete, que cae con toda propiedad en este blog dedicado a las aventuras de un buscavidas coruñés, de cuyas memorias no soy más que un entregado escribiente. Nicolasito -agente secretito, tal y como Anacleto fue agente secreto- ensaya una nueva aparición en la noche de Telecinco mientras escribo este artículo. Los de Vasile han encontrado su enésimo filón; son buenos en lo suyo, los condenados. Decía lo de la memoria porque la aparición de este aprendiz de embaucador ha borrado el recuerdo de otro más diestro que él. Y no han pasado más que dos años desde que fue noticia. ¿Nadie se acuerda ya de Jacinto Rosselló Solivellas? Perdón, quería decir de "Su Alteza Serenísima, el príncipe de Salina y Sismano", entroncado con la realeza por su "pertenencia" a las casas de Borbón y Borbón-Parma, amén de "Príncipe Corsini y duque (o conde, dependiendo) de Oleza".

Yo también me reiría, Jacinto / Vanity Fair
Este figura, primo postizo de Felipe VI, se tiró la friolera de veinte años estafando a las más reputadas casas de banca de Occidente: Credit Suisse, Merrill Lynch, UBP o Stanford. A los últimos les sacó 200.000 dólares al año más comisiones. Al revés que Guindos, que vino de la banca a burlar al electorado. ¿Qué les vendía Jacinto a los sagaces banqueros? Su linajuda agenda, falsa como un euro de escayola, y un arte envidiable para dejar caer nombres: Felipe de Borbón, Iñaki Urdangarín, Alicia Koplowitz, Rosario Nadal, princesa de Preslav... Les prometía a los zorros de las finanzas que llevaría hasta ellos, como gallinitas cebadas, los caudales de la aristocracia de toda Europa. Pero con discreción, eso sí, sin tanta foto ni tanto selfie como Nicolasete. Veinte años. ¿De qué me extraño? Si yo hubiera sido el lince que lo contrató, se me habría comido la lengua el gato. Que siga suelto y vaya a estafar a la competencia, ¿no? Eso, o lo suyo parecerá un accidente; no hay otra...

El siglo XVIII -el de Yago Valtrueno- es, en muchos aspectos, mellizo del nuestro. Coincidimos en las muy ajadas ideas del Progreso y la Justicia Universal y en la devoción religiosa por la Ciencia; pero también en el concepto de la vida como espectáculo, en el desarrollo del ocio, en la entrega a las modas superfluas, tomadas como fuente de riqueza, y en la exaltación del erotismo y la pornografía (otro día traeré algunos ejemplos de la descarada literatura, escrita y gráfica, de la época). En aquella edad ilustrada que sirve como paisaje a El viento de mis velas también hubo, como hoy, grandísimos embaucadores.

Uno de los más conocidos es el príncipe Grigori Potemkin (1739-91), amante de Catalina la Grande. Combatió con éxito a turcos y cosacos y conquistó la península de Crimea, salida rusa al Mediterráneo. Por allí le organizó, en 1787, un viaje triunfal a la zarina. Aquí, Potemkin se mostró como el antecesor de los productores ejecutivos de televisión, creando una ficción que su soberana, mujer de grandes apetitos, se comió enterita. Con el pretexto de la seguridad de Catalina, la comitiva pasó al galope por zonas que Potemkin juraba haber colonizado. Ella disfrutó, de lejos y aprisa, de un paisaje plagado de nuevas construcciones que no eran más que tramoya desmontable que volaba hacia la siguiente mentira. ¿Hay qué explicar quién se quedó con los fondos de aquella superburbuja inmobiliaria? Merecido se lo tenía la emperatriz, quien, para llegar al trono, embaucó a su suegra, mostrándose como una vigorosa arribista.

Un poco más al oeste, en Montenegro, apareció por entonces un individuo atractivo y elocuente que juraba ser el zar Pedro III, derrocado y asesinado por los amantes de su esposa, Sí, ella: Catalina la Grande. El pequeño país balcánico, amenazado siempre por la Sublime Puerta, no contaba con un gobierno fuerte. Tuvo que ser el descaro y el vigor del aparecido, cuyo verdadero nombre era Stefan Mali, lo que llevó a los montenegrinos a creer a ciegas su estafa, y más teniendo en cuenta que el zar fue, en vida, enfermizo e incompetente. Mali gobernó con tanto acierto en Montenegro que Rusia, recelosa, intentó derrocarlo sin éxito. El falso rey venció a los turcos y a sus aliados venecianos y sobrevivió a las intrigas gracias al terror. En 1773, su barbero lo mató mientras dormía; los turcos habían apresado a sus familiares y amenazaron con matarlos si el raspabarbas no se prestaba al magnicidio.

Carlos Genoveva de Beaumont, espía andrógino
Volviendo al mundo de los espías, en el que nuestro Nicolasito asegura sentirse como pez gato en agua turbia, no queda otra que traer aquí al Caballero D'Eon -también conocido como Madame Beaumont-, agente francés al servicio de Luis XV. Lo más notorio de su notoria vida fue que vivió como hombre casi cincuenta años y como mujer poco más de treinta, sin que aún hoy se pongan de acuerdo sus biógrafos sobre el género de tal personaje. Durante su vida, entre 1728 y 1810, se cruzaron apuestas millonarias entre los que defendían una u otra condición. Casanova juró que era hembra, mientras que los médicos que lo examinaron tras su muerte, dictaminaron su virilidad. Lo peor fue que, tras muchos servicios, la monarquía francesa dictó que era mujer, lo licenció y desterró a Londres, donde murió. Sus padres no ayudaron a solucionar el enigma: su primer nombre fue Charles y el segundo Genevieve. Carlos Genoveva de Beaumont. Su androginia le sirvió para encandilar a unas y otros en sus servicios a Francia.

Tal y como sucede hoy, las terapias alternativas tenían su público en el siglo de la Ilustración, especialmente entre la gente de buen bolsillo. Una antología de los embaucadores del XVIII tiene que incluir, aunque sea de soslayo, a Cagliostro y a Mesmer, curanderos "magnéticos", y al inmortal conde de Saint Germain, protagonista de toda una serie de leyendas urbanas de las que José María Iñigo se aprovechó en su momento, entrevistando a su enésima reencarnación (o lo que fuese) en TVE.

Ripperdá, un arribista en la Corte de España
La última muestra del catálogo de embaucadores del siglo ilustrado es española. Para ser exacto, España se convirtió en la pardilla. Fue consecuencia de la debilidad del primer Borbón de nuestra Historia, Felipe V, y del sometimiento a la voluntad de su mujer, Isabel de Farnesio. La reina tomó bajo su protección a un aventurero que llegó a primer ministro de la Monarquía Hispánica: Juan Guillermo Ripperdá (1680-1737), un hidalgo holandés. Con la vista propia de la mayoría de estos personajes, el embaucador captó la principal obsesión de la Farnesio, que no era otra que la de conseguir tronos para todos sus hijos. Con gran audacia, le prometió que su primogénito, Carlos (futuro rey de España), sería, gracias a él, cabeza del Sacro Imperio Romano Germánico. Los imperiales fueron, justamente, enemigos de Felipe V en la Guerra de Sucesión. Aún así, Ripperdá muñó un tratado entre Madrid y Viena que resultó favorable para su ambición, negativo para España al endeudarla con Austria y odioso para Gran Bretaña. Destituido finalmente tal y como dimiten los ministros actuales, con privilegios, pidió asilo en la embajada inglesa, pero fue detenido y encerrado en el Alcázar de Segovia. Escapó tras seducir a una sirvienta, huyó a Londres y acabó en Marruecos, donde sus intrigas lo apartaron de la vida pública. Una de las herramientas del arribismo de Ripperdá fue su inconstancia religiosa: de católico a calvinista, regresó al catolicismo y se dice que terminó musulmán. Al fin y al cabo, si Dios solo hay uno, qué importa cómo se le rece si, al rezarle, te llena la bolsa.

Jacinto Rosselló, el falso príncipe de hace solo dos años, es, como todo embaucador, un magnífico fabricante de titulares, el combustible de mi profesión. En una entrevista de entonces para Vanity Fair, reconoció que había dicho "tal sarta de mentiras que ahora nadie me cree. Y eso me duele". ¡Qué lástima! Francisco Nicolás Gómez Iglesias, el pequeño Nicolás, se gasta ese mismo victimismo. Los estafadores nunca dejan de ser, a pesar de su falta de vergüenza y escrúpulos, de su astucia y su malicia y de su edad y vivencias, críos que malamente aceptan la responsabilidad de sus actos. No es difícil de entender: como Narciso, estas personas nunca se han visto realmente. Solo llegan a vislumbrar su imagen, volteada e irreal como en un reflejo, cuando son desvelados y expuestos. Y ahí llegan al enamoramiento definitivo de sí mismos, frente al espejo de la fama. También ahí acaban escupiendo, igual que Nicolás cuando amenaza con tirar de la manta, un impotente "no sabe usted quién soy yo". Solo hay una respuesta y es terrible: "Claro que no. Y tú tampoco".


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