sábado, 6 de diciembre de 2014

ME GUSTAN LOS LUNES,

¿POR QUÉ NO?



Afectados por los lunes disienten del autor


A ver, te propongo un juego... ¿Cuántas canciones conoces que estén dedicadas al lunes? Sí, claro, la primera es obvia, así que no cuenta: I don't like Mondays, de Boomtown Rats. "¡Quiero matar a tiros al día entero!", amenaza Bob Geldof. También te vendrá a la memoria Blue Monday, de los New Order. Siendo la secuela de Joy Division, no te van a sorprender con unas castañuelas ni con el Gangnam Style, como ya comprenderás; lo llamativo es que el único lunes que sale en la canción es el del título, el resto es una retahíla que ni traducida la pillo. Bueno, pasa con muchas canciones, suerte que estén en inglés, ¿verdad? Las rockerillas fashion de Bangles también le dedicaron unos versos al primer día de la semana: "Desearía que fuera domingo", se lamentan en Manic Monday. Y ya no te hablo de Carpenters -Rainy Days and Mondays- ni de lo que lloran The Mamas & The Papas cada vez que llega el Monday, Monday.

En cambio, ¿qué te voy a contar del viernes, la niña bonita de la semana? Ni me preocupo en pedirte una lista ni en hacerla yo. Baste recordar que incluso Robert Smith -de Prozac hasta las cejas- convirtió Friday I´m in love en uno de los mayores éxitos de The Cure. Empezar a sonar la tonadilla gótica en las emisoras y agotarse la laca extrafuerte y el perfilador de ojos en las perfumerías fue todo uno. En un pispás.


ONDAS PATÉTICAS

Hablando de locutores radiofónicos -digo los de radiofórmula-, ¿te has fijado en que son los trabajadores más infelices que vagan por la faz de la Tierra? Me recuerdan a las sombras perdidas en los espantosos Campos de Asfódelos del Hades, espectros dolientes que un día fueron humanos. No han llegado las primeras luces del lunes y ya te están martilleando el corazón, el alma y la cabeza con la cantinela patética de que aún quedan cuatro días para el viernes. Y se toman, encima, la libertad de "darte ánimos", jurando que su misión en la vida es ayudarte a subir la cuesta de la semana, como si fueran modernos Cirineos que cargan un rato con la cruz de tanto cristiano jodido. Menudos ayudantes. ¡Ayúdate tú, no te fastidia, que eres más infeliz que el psiquiatra de Calimero! Y pon más música y habla menos, tostonazo, ¡más que tostonazo!


Locutor en lunes a punto de cortarse las venas
Como será la cosa, que se han inventado un día: ¡el juernes!, un sucedáneo del viernes que les ayuda a recortar la semana, como si fueran neo-liberales del Tiempo. 

Podemos entrar en motivos, razones y conspiraciones de esta ansiedad por el Quinto Día. Las encontraríamos de todos los colores, con toda seguridad. Para mí es una neurosis, otra más de esta sociedad que ha perdido el alma y la razón por el camino. Incapaces de vivir en el presente, nos lamentamos por el fin de semana que se fue y anhelamos febrilmente el que aún no ha llegado. Como resultado, un locutor que llegue a vivir ochenta años sólo habrá disfrutado -a razón de viernes, sábado y domingo- unos 12.500 días en toda su vida, de los 29.200, bisiesto arriba, bisiesto abajo, que le corresponderían. Y eso en el caso de que no se tome la tarde dominical como la pendiente ominosa hasta la garita de Cerbero.

Desde un punto de vista simbólico, el asunto es más grave que la manía de un neurótico. Hablamos de un pecado. Y de uno muy grave, el de impiedad. Un impío es alguien que no respeta a los dioses ni cuida las ceremonias que acompañan ese respeto. Ya me explico, ya, no te impacientes, ¡ni que nunca fuese a llegar el viernes!


SIETE DÍAS, SIETE DIOSES

A ver: cada día de la semana tiene su patrón. Domingo viene del latín: dies Dominicus, el día del Señor. Para los romanos, como para los anglosajones de hoy, era el día del Sol, también encarnado en Apolo: dies Solis y Sunday, respectivamente. El sábado mediterráneo nos llega del hebreo: sabbat, día de descanso; ese día, entre los judíos, no curra ni Dios. Los sábados anglófonos, en cambio, sí son para otro inmortal: Saturno, de ahí Saturday.

El viernes es el día consagrado a Venus, dies Veneris. Friday, la versión inglesa, tiene su origen en otra diosa del amor, la nórdica Freya. Así pues, en Occidente, cinco dioses -del Paraíso, del Olimpo y del Walhalla- se reparten el fin de semana: Venus, Freya, Saturno, Apolo y Jehová. La piedad occidental hacia ellos es obvia en las loas delirantes de los locutores que rezan por la llegada del viernes noche.

Ahora bien, quedan cuatro días, con sus respectivos patronos, que son despreciados olímpicamente. No les ofrendamos, no les rezamos, no les sacrificamos, no los respetamos. Es más, nos los queremos sacudir de encima con la mayor desconsideración, con resoplidos de hastío, con quejas desaforadas y con maldiciones y juramentos. ¡Qué imprudentes! Deberíamos andarnos con más cuidado, porque esos dioses de los días son, en orden reverso, el tonante Júpiter de los jueves latinos, alzado en medio de la semana como en un trono, el que le corresponde como Padre Olímpico; más al norte, los bárbaros se lo dedicaron a Thor, el Atronador: Thursday.

Les siguen a ambos el mensajero de los pies alados, patrón de los mercaderes, los ladrones y los periodistas (¡Ups!), el Mercurio de los miércoles; y el Woden/Wotan/Odín, señor del panteón germánico, padrino del Wednesday. Después vienen el rencoroso y belicoso Marte de los martes; y su colega nórdico, Tiw, que bautiza al Tuesday. Finalmente, desde la brumosa Thule hasta la cima del Olimpo, el lunes nos pone a todos de acuerdo: para mediterráneos y boreales, es el día de la Luna, de la Selene clásica -asociada a la virginal y lésbica Diana-, y de la norteña Máni, madre etimológica del Monday.


Noche sin viento, pero con luna

Resulta, entonces, que con nuestras prisas morbosas por el viernes, el sábado y el domingo abjuramos del padre de los dioses, ya sea Júpiter u Odín; renegamos de un inmortal con labia divina y dedos y pies ligeros; traicionamos a un par de dioses de la guerra; y, no contentos con eso, apostatamos de la mismísima Señora de la Noche. ¡Con un par! Valientes necios. Lo mismo que hizo Paris cuando se atrevió a insultar a Hera y Atenea en favor de Afrodita. Las consecuencias fueron una guerra que acabó con Troya y un largo viaje de diez años, toda una Odisea.

Quizá los dioses -grecorromanos y germánicos- ya se estén vengando. Son tantos nuestros conflictos con el corazón, el alma y la cabeza que, al final, arderá Troya, nuestra Ilión, esta sociedad que ya no distingue los trastornos del ánima y del ánimo de sus antípodas saludables. No es por conformarme, pero, ya puestos, rezaré a todos los Cielos para que también gocemos de un largo viaje de aprendizaje, de renovación, de purificación, uno en el que al final podamos regresar a Ítaca. Tal y como volvió Odiseo, cuyo padre, Sísifo, fue el más astuto de los mortales y uno de los más impíos, pues se burló de Tánatos -la Muerte- y la encadenó. Es el mismo Sísifo de Camus que simboliza la inutilidad angustiosa de los actos humanos: condenado por toda la Eternidad a subir una roca a una cima para que, al coronarla, la carga ruede por la otra ladera. Si muchos locutores lo supieran, pensarían que sus semanas son, una y otra vez, el mismo castigo que padece Sísifo... O quizá lo saben, y diariamente conspiran para contagiarnos su náusea y así hallar consuelo; bueno, pensar esto sería muy generoso, la verdad...


Otra visión del mito de Sísifo...


¿TE APETECE UN CAFÉ?

"¡Vaya, así que tú eras el optimista al que le gustaban los lunes! -estarás pensando- ¡Pues quién lo diría!". No te falta razón, después de la perorata que te acabo de soltar sobre Sísifo y el eterno rodar... A ver, no es que me gusten más que cualquier otro día, pero lo que bajo ningún concepto voy a hacer es enemistarme con la Señora de la Pálida Faz, despreciando su día tan alegremente. Además creo que desde que el mono erecto que fuimos tuvo conciencia de su mortalidad, hay una pizca de lo sagrado en lo cotidiano que debe ser atendida y respetada, pues seguramente forma parte de nuestra esencia y de nuestra paz. Y además, por si lo anterior no te sirve, quizá le valga a tu vanidad, pues, entre tanta frivolidad, la piedad te distinguiría.

Dicho esto, permite que te invite a un café, uno literario, claro. En honor a este día -hoy festivo- y a esta semana que empieza (bienvenidos sean los comienzos), te voy a contar, con sus palabras, lo que Yago Valtrueno, protagonista de El viento de mis velas, sintió al tomar su primer café. Cómo y dónde lo hizo -en las más extrañas circunstancias- tendrás que descubrirlo tú...


"Un incienso desconocido, más alegre que el de misa, me tapizó de óleo oscuro boca, nariz y garganta. Como una centella, me agarró un feliz escalofrío, parejo al que inunda al peregrino que vuelve a casa con la primera ventisca y que, al abrir la puerta, recibe el beso hospitalario de su madre y el abrazo protector de su padre, que lo invitan a quitarse de encima el capote helado y a sentarse ante el fuego con un tazón caliente en las manos.
Aquellas semillas me sabían a niñez protegida, a cuento bien contado, al rapto del primer beso. Y a más emociones que no puedo hacer sólidas en mi cabeza, pero que me aceleran el corazón mientras escribo, desbocándome el pulso y desparramando la tinta por la hoja como se derrama el Nilo en su crecida."

Disfrútalo. Te deseo un buen lunes y una buena semana, pero recuerda que lo pase con ella es asunto tuyo...



Detalle de la portada original de El viento de mis velas.
Acuarela de Xavier Correa Corredoira



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