lunes, 12 de enero de 2015

CUALQUIER TIEMPO PASADO FUE... PEOR

(1)


Edward Jenner vacunando de viruela,
 según el pintor Robert A. Thom.

¿Cómo van esos flamantes propósitos para el nuevo año? Aún no hemos cumplido la primera quincena y puede que no hayan perdido del todo su brillo, ¿verdad? Calma, que 2015 no va a ser distinto. Nadie te obliga a tener un cuerpo playero todo el año -¡faltaría más!-, para eso está, en tres o cuatro meses, la operación bikini; ni a dejar de fumar, ¿acaso los médicos no fuman (y cosas peores, que te lo digo yo); ¿y para qué quieres idiomas si el castellano es una de las primeras lenguas del mundo? ¡Que aprendan ellos! ¿Quienes? Los guiris, joder, los guiris. Encima ya no tienes edad, que es la reina de las excusas.

Lo siento, me gustaría animarte a que cumplas con los planes rutilantes nacidos de la euforia de la Nochevieja, pero este blog no es de autoayuda. No confío en tus buenas intenciones porque no se trata de cambiar de velas, sino de hacerse con una brújula nueva y con otras cartas de navegación. Y hasta con un barco marinero. Y lo que es aún más difícil: saber a dónde quieres ir. ¿Lo sabes?... Pues entonces.

Ahora es el momento de tirar del peor repertorio de refranes y sentencias populares que te vengan a la cabeza: Es mejor la grasa conocida que el músculo por conocer; Más vale jamoncito serrano y croquetitas de mamá en mano que inglés, alemán y chino volando (¿A dónde vas con lo mal que se come por ahí?); No por mucho madrugar se deja de fumar más temprano... Y toda esa retahíla de consejas mil y una veces repetidas no por quienes fueron derrotados, sino por los que nunca llegaron al campo de batalla. Por muy luminoso que sea el horizonte, en nuestra sombría madriguera nos hallamos más a gusto: ¿Dónde te van a querer que más valgas?


Imagen ideal previa a las uvas de Nochevieja
La Historia también tiene uno de esos refranes tediosos y funestos con los que el Mundo, como las personas, se aferra a lo malo conocido: Cualquier tiempo pasado fue mejor. Mentira. Y gorda. De ningún modo. Con todo lo terrible que nos parece la actualidad, hoy es el mejor momento de la Historia, especialmente para quienes no tenemos privilegios; y hoy es el mejor momento de tu vida, no tienes otro. Lo segundo es cosa tuya, ahí no me meto; pero con lo primero me voy a ensañar en las mismísimas carnes de quienes debían sufrir menos que nadie -los reyes y sus parientes-; y, para más inri, en una época que los amantes de los tópicos califican de luminosa.

Pónte tú que estuviéramos en 1715 -trescientos años atrás-, recién estrenado el Siglo de las Luces, de la Ilustración, del Imperio de la Razón. Felipe V (1683-1746) acaba de pacificar España, dividida por la Guerra de Sucesión. Su primera mujer, María Luisa de Saboya (1688-1714), había muerto un año antes de resultas de un parto complicado, el del futuro Fernando VI. Aquel alumbramiento quebró su salud hasta que la escrófula -tuberculosis ganglionar- la mató tras una larga agonía. ¿Qué tratamiento recibió? Emplastos de jabón y cicuta y leche de mujer. Los antibióticos que la hubieran salvado no fueron descubiertos hasta el tránsito entre el XIX y el XX. Tú, hoy, te habrías curado, y sin tener coronas en tu álbum familiar.

No te quiero contar, si eres mujer, lo que habrías sufrido entonces. María Luisa de Saboya fue la primera reina de España cuyos partos atendió ¡un médico! (francés, por más señas). Hasta ese día -25 de agosto de 1707, fecha del nacimiento de su primogénito, Luis- solo las comadronas podían cuidar de las ungidas vulvas. La princesa de los Ursinos, delegada por Versalles para atender a los nuevos reyes, le escribió a Luis XV, el Rey Sol, en estos términos:
"Si supierais el poco cuidado que se tiene en Madrid con las paridas"
Ese descuido convertía las fiebres puerperales -infección posterior al parto- en una sentencia de muerte para muchas parturientas. Y de ellas no escapaban ni nobles ni plebeyas. Hasta el siglo XIX no se descubrió que su origen estaba en la mala higiene de médicos y comadronas. En lo tocante a las nodrizas que debían amamantar al príncipe, la de los Ursinos añadió lo siguiente sobre las de mejor leche:
"Todas las mujeres de Vizcaya, que se pretenden admirables, y que tienen un aire saludable, están sarnosas"
"De las demás, ni hablamos", le faltó decir. La saboyana tuvo cuatro hijos además de Luis y Fernando: Felipe, que murió a los seis días de nacido, y Felipe Pedro, al que una meningitis tuberculosa se lo llevó a los seis años. De Fernando ya te hablaré, pero a Luis lo voy a finiquitar aquí mismo. Yo no, la Muerte Roja. Luis I de España reinó por el breve espacio de 229 días en 1724, tras la abdicación de su padre, Felipe V. No llegó a más porque lo mató la viruela a los diecisiete años. Según La Gaceta de Madrid -el BOE de la época-, el joven rey estaba salpicado de viruelas "por todo el cuerpo, dejando libres los ojos y la garganta". Sus galenos le aplicaron sangrías (con sanguijuelas, claro), criadillas de carnero y reliquias sagradas.


Efecto de la viruela en el rostro de una mujer.

La también llamada Peste casera, oficialmente erradicada el 8 de mayo de 1980, se cebó con 60 millones de personas a lo largo del Siglo de las Luces. A principios de la centuria, los ingleses habían introducido en Europa una antiquísima técnica oriental que consistía en pulverizar pústulas de viruela e inhalarlas. Los turcos, en cambio, insertaban las postillas en una herida abierta en el paciente. No obstante, ambos rudimentos antivariólicos tenían sus riesgos. En 1796, el médico inglés Edward Jenner inoculó la primera vacuna contra la viruela al niño James Phipps. En 1803 salió del puerto de La Coruña la primera misión médica de la Historia: la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna, dirigida por Francisco Javier Balmis y que rodeó, vacunando contra la muerte roja, el globo terráqueo. Y a ti y a mi, y al de más allá, nos vacunaron en la escuela. Eso sí, a mí mi padre, que tenía una tienda de ultramarinos, me dio aquel día una bolsa de dulces por haber sido valiente.

La esposa de Luis I, la imprevisible Isabel de Orleáns, capaz de lanzar tandas de eructos en ceremonias cortesanas y de correr casi desnuda por palacio, vivió dieciocho años más que él. Murió de un coma diabético; la insulina no se sintetizó hasta 1921.

Felipe V, torturado por un severísimo trastorno bipolar y por una insufrible satiriasis, se casó en segundas nupcias con Isabel de Farnesio (1692-1766), de buena planta, pero con el cutis granizado de picaduras de viruela. La parmesana le dio siete hijos, uno de ellos muerto perinatalmente, es decir, al poco de nacer. Uno de los supervivientes se convertiría en el tercer Carlos de la Historia de España.

Los altísimos índices de mortalidad perinatal e infantil llevaban a las mujeres a parir sin descanso. En el caso de los nobles, para asegurar el linaje; en el de los pobres, para conseguir manos con las que ganar el sustento.

La Farnesio sobrevivió a su esposo. El primer Borbón , acosado por fantasmas del alma y la mente -"frenesí, melancolía, morbo, manía e hipocondria"-, se convirtió, además, en un anciano obeso, diabético, hipertenso y con insuficiencia cardíaca. Es verdad que murió a los 62 años, joven para nuestros tiempos, pero has de tener en cuenta que tú y yo, si no hubiéramos nacido en palacio, no habríamos pasado de la treintena. Su último día le llegó entre la locura y los vómitos de sangre, provocados por la rotura de un aneurisma aórtico complicado con una fístula gástrica. Mi padre -un obrero que se pudo jubilar- siempre tuvo palabras de gratitud para las primeras UCIS móviles del 061 de Madrid. En una de ellas le salvaron la vida tras un episodio coronario. Y no era más rey que de su casa (con permiso de mamá)... ¿Aún crees que cualquier tiempo pasado fue mejor? Pues no he terminado con la mala salud palaciega...


Continuará...




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