sábado, 21 de marzo de 2015

CITA EXPRÉS

Antoine Galland



"Los turcos se llevan el café a los ojos, 
pues consideran que su humo 
es bueno para la vista"


Desde que empezaron a tomar café, los orientales lo tuvieron por una bebida de lo más saludable. Estas eran, según los árabes, sus propiedades:
"Disipar la pesadez provocada por los vapores que suben a la cabeza, animar el espíritu, dar alegría, hacer que las entrañas queden libres y, sobre todo, impedir dormir sin sentirse incomodado"
Esto último ayudaba a los creyentes a cumplir con las cinco oraciones del día y, a los más santos, con los períodos de meditación. Así lo recoge Galland en su obrita Del origen y el progreso del café, fruto de su paso por la embajada francesa en Estambul, a donde fue destinado en 1670, y de sus viajes por Siria y Egipto.

Sí, sí, vale, ¿pero quién fue Galland? Bien preguntado, tienes razón. Antoine Galland (1646-1715) fue un orientalista, viajero, arqueólogo y traductor francés a caballo entre el XVII y el XVIII. En buena parte, es el responsable de la fiebre exótica que se desató en la corte de Versalles antes de la Revolución. Y como París imponía las modas, pues de ahí a toda Europa.

"¡Ah, vaya! Pues creo que podré seguir viviendo sin saber quién era este galán", me dirás. "Pues yo creo que te equivocas -te responderé- ¿Conoces Las mil y una noches?". "¡Hombre, claro, qué preguntita!", puede que te ofendas. Pues ahí lo tienes...

Antoine Galland fue, ni más ni menos, el primer traductor occidental de los cuentos de Sherezade. Hasta 1704, año de publicación de Les mille et une nuit, ningún francés que pasara ante un palacio podía exclamar: "¡Mira, la cueva de Alí Babá y los cuarenta ladrones (con énfasis en ladrones)!". Ni los mendigos de los albañales parisinos podían soñar con encontrar entre la basura una lámpara mágica que los sacara de la miseria.


Edición francesa de 1706

Te diré que los árabes tampoco, pues parece que Galland se sacó de la manga los cuentos de Aladino, Alí Babá y Simbad. Según afirman los orientalistas actuales, ninguna de esas historias fue inventada por la famosa concubina.

También se le critica al cortesano erudito que su traducción fuese, por así decir, para todos los públicos. Bien se le puede aplicar a Galland aquello de traduttore, traditore, para señalar la tópica felonía de las traducciones. No es por perder amigos, pero cómo echo en falta una homogénea y vigorosa calidad en las traducciones literarias al castellano; las añoro tanto como a los antiguos correctores en los periódicos y a un mínimo barniz letrado, así sea meramente diletante, en los actores de doblaje y en quienes les pasan los textos. ¡Ay, Señor, cuántas patadas a la sabiduría y a la virtud hay que soportar a diario! En fin, fue otro viajero europeo, Richard Francis Burton, el primero en traducir The Book of the Thousand Nights and a Night sin censurar en ellas el sexo y la crueldad de los cuentos originales. Y eso que las publicó en plena época victoriana (o quizá por eso).

Las mil y una noches originales son una recopilación de cuentos medievales escritos con la técnica del relato enmarcado, como las matrushkas rusas. Si has leído la novela gótica El manuscrito hallado en Zaragoza, del polaco Jan Potocki (1761-1815), te darás cuenta de que su estructura sigue esa misma espiral narrativa: una historia dentro de otra historia dentro de otra hist...

¿Y por qué mil y una y no mil? Pues porque, entre los matemáticos árabes, cualquier cifra superior al millar indicaba la infinitud; por eso no es descabellado decir que las historias que Sherezade le contó al implacable rey Shariyar son el cuento de nunca acabar.

Por cierto, he dado por hecho que las has leído; aunque quizá, por fortuna para ti, decidieras obviar alguno de los inacabables poemas de la segunda parte (no por ser poesía, no seas susceptible). En ese caso, aún estoy a tiempo de regalarte un consejo que yo no me tomaría a broma. Y tú tampoco, si valoras en algo tu existencia...


¿Cena indigesta? No, leyó del tirón Las mil y una noches

¡No releas Las mil y una noches! Y mucho menos, de cabo a rabo, ¡sáltate alguna página! Porque, desde Burton, corre la especie entre los bibliófilos de que el lector soberbio que no atiende a este aviso, muere de horror ante la visión de los más horrorosos ifrits. Yo fui prudente, por eso te puedo advertir...





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