sábado, 28 de marzo de 2015

CITA EXPRÉS

Immanuel Kant


Immanuel Kant (1724-1804)


"La amistad es como el café, 
que una vez frío ya no sabe igual"


"I can't, I can't", renegaba el bueno de Kant cuando sus amigos le pedían que abandonara sus rigurosas rutinas. Bueno, lo habría dicho así, en la lengua de Bacon y Hume, de haber nacido, pongamos por caso, en la recoleta villa de Kingston-upon-Hull, en el muy blasonado condado de East Riding Yorkshire. Pero no; como nació en la prusiana Könisberg, mas bien habría dicho esto otro: "Ich kann nicht, Ich kann nicht". Aunque, para ser rigurosos, hoy, cuando aquella ciudad prusiana es un enclave ruso entre Polonia y Lituania llamado Kaliningrado, lo que Kant diría sonaría así: "He mory, he mory" (pero en cirílico). En fin, el clásico "¡No puiiidor, no puiiidor!" de Chiquitistán. Mejor lo dejo, que me lío, como en las clases de Filosofía.

"¿Y me vas a explicar a qué viene todo esto?", preguntarás con todo el derecho. Pues claro, para eso estamos aquí. Resulta que el padre de la Crítica de la razón pura era tan sistemático, metódico, ordenado, obsesivo compulsivo o como lo quieras llamar, que sus paisanos ponían sus relojes en hora cuando lo veían pasar ante su puerta. Sólo alteró sus rutinarios paseos vespertinos durante el par de días que le duró la lectura del Emilio de Rousseau; y también cuando se enteró de que los franceses se habían revolucionado. Dicen que en esas extravagantes jornadas no se oyó un solo tictac ni un triste cucú en toda la ciudad.

Para asegurarse de cumplir su inflexible agenda diaria, que empezaba a las cinco de la mañana, contrató como criado a un antiguo oficial del ejército, Martin Lampe, para que le tocase diana. A partir de ese momento, Kant empezaba a maquinar respuestas para las cuestiones fundamentales de la Vida: ¿Sacaré el abrigo del armario o me llegará con una rebequita de entretiempo? ¿Salgo medio hora antes o media hora después para no comerme la hora punta? ¿Carne o pescado? ¿Playa o montaña? ¿Casillas sí o Casillas no?... E intríngulis de ese calibre, como ya te podrás imaginar. En lo de playa y montaña se me ha ido la mano, pues a Kant le importaba un bledo ese dilema: nunca salió de Könisberg.

Puede que te parezca un desmadre por mi parte calificar al universal filósofo de obsesivo compulsivo. Diré en mi apoyo que en su vejez cogió la manía de atarse y desatarse el cíngulo del batín veinte veces seguidas durante el tiempo exacto de un minuto, es decir, nudo y anudo cada tres segundos.

"Oye, muy entretenido, pero no veo el café por ningún lado". Y es verdad, porque nada más levantarse, lo que Kant desayunaba era un té muy ligero y una pipa. Y durante el día bebía vino, pues la cerveza le desagradaba. Pero llegado el año de 1783, Kant se compró una casa; y ahí quería llegar yo. En ella se acostumbró -fieramente, como acostumbraba él- a ofrecer comidas dominicales a sus amigos. Y estas sí que eran amistades: banqueros, políticos, médicos, abogados, filósofos... ¡Una alegre compañía, por los clavos de Cristo! Como no podía ser menos, el maniático filósofo aplicó una condición a aquellas celebraciones semanales: un número limitado de comensales. Se basó en la norma establecida por Marco Terencio Varrón diecinueve siglos antes: "Más que las Gracias (3) y menos que las Musas (9)".

Aquellos banquetes se alargaban en sobremesas -con café- que, más que prusianas, parecían españolas. Y mira por dónde -en casa del herrero, cuchillo de palo-, Kant prohibía que se hablase de filosofía. En alguna de esas ocasiones, encendido por la comida y el vino y arropado por sus rendidos admiradores, se le debió de ocurrir la cita que hoy te traigo y que, completa, dice así: "La amistad es como el café, que una vez frío ya no sabe igual, aunque se recaliente".

Su criado Lampe se la debió de grabar a fuego en la memoria, pues cuando su amo hacía un gesto para que trajera el café, el agua ya debía hervir y el grano tenía que estar molido. El filósofo que dejó dicho: "La paciencia es la fortaleza del débil y la impaciencia, la debilidad del fuerte", no soportaba esperar por su taza. Puede que, por eso, se le atribuya esta otra sentencia: "Ya que vamos a morir, bebamos café, pues en el otro mundo no se puede". No es que no se pudiera, es que Kant no estaba dispuesto a esperar una eternidad.





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3 comentarios:

  1. ¡Hola, hola, internauta justicier@!

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    1. Disculpa, acabo de ver este comentario tuyo... Me paso, claro que sí. ¡Salud y éxito!

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