sábado, 4 de abril de 2015

CITA EXPRÉS

Clemente VIII


Clemente VIII, Papa entre 1592 y 1605.

"Engañemos a Satán: bauticemos el café"


El mismo Papa que condenó al dominico Giordano Bruno por hereje tuvo clemencia con una bebida de infieles mahometanos, que se tomaba a raudales tras la Sublime Puerta y que amenazaba con invadir la Cristiandad con más éxito que los jenízaros y los arraeces del sultán.

Bruno y el café eran fuertes de alma y oscuros de apariencia, desabridos de sabor y excitantes en sus efectos. El ébano líquido movía al debate en los cafetines de La Meca y Estambul, tal y como pretendía Giordano al proclamar sin miedo que el sol era una estrella más -y ni siquiera la mayor- entre miríadas de ellas; y que el Universo nació infinito, lejos de las medidas del hombre y, lo que es peor, del mismísimo Dios.

Estatua de Giordano Bruno en Roma.
En un tiempo en que la razón pugnaba por imponerse a la superstición, tales opiniones minaban los cimientos del pilar de San Pedro. Que, a más inri, el disidente napolitano dudara de la Trinidad y de los milagros de Cristo -que también lo hacía- ya era, en comparación, pecado venial.


Es de ley reconocer que el Papa Clemente se comportó con equidad: los puso a los dos al fuego. A Giordano Bruno al de una hoguera de la Inquisición y al grano arábigo al de los fogones de las cocinas pontificias. Con la salvedad de que al pensador lo mandó tostar vivo, como prueba del encono que sus ideas le provocaban. Y es que era costumbre, como muestra de gracia, ajusticiar al reo antes de quemarlo. Clemente no estuvo ahí nada ídem. Pero ya que en el año 2000 Juan Pablo II pidió perdón en nombre de la Iglesia por aquel crimen contra la libertad de pensamiento, no echaré sal en la herida y aquí mismo paso a lo que nos concierne: el café.

A finales del siglo XVI, los italianos iban teniendo noticia de la exótica infusión a través de los mercaderes venecianos, que un día peleaban contra los turcos y al siguiente comerciaban con ellos. Algunos alfiles y peones de la Iglesia romana le pidieron a su príncipe Clemente, virrey de Dios en la tierra, que condenase la bebida por ser "brebaje de infieles. Una pérfida forma de la que Satán se vale para ablandar las defensas cristianas".

¿Y cómo ablandaba la semilla del cafeto a los buenos católicos? Los clérigos cristianos razonaban así: "El vino es la sangre de Cristo, en consecuencia, los infieles tienen prohibido el vino porque Mahoma rechaza la sangre del Mesías y la salvación de todos los hombres". Eso lo ponía, como mínimo, al nivel de un cuñado de Belcebú, aunque ya te imaginarás que, para los más encendidos críticos del café, el profeta musulmán debía de ser el hermano favorito de Lucifer y mariscal de campo de las legiones del Averno.

Turca tomando café.
Museo de Pera (Estambul).
Quedaba claro para la ortodoxia romana que la inspiración de tamaña impiedad venía de esa poción diabólica llegada desde Arabia: "Es
 el diablo el que favorece el gusto nuevo por el café, luego el café es maligno", sentenciaban los predicadores.

Me da en la nariz que los clérigos, poseedores de latifundios entre los que también maduraban vides, se preocupaban una pizca por los caudales de obispados, abadías y monasterios. Si en las bottegas de Venecia empezaba a correr el café, ¿dónde pararían las jarras de clarete?

Clemente VIII era un florentino de voluntad firme, jurista de formación y aristócrata de cuna. Aquel Papa, gobernante mundano, se había enfrentado a Felipe II , cabeza de un imperio, desde el mismo cónclave que lo eligió; se alió con Francia contra España, perdonando a Enrique IV sus veleidades protestantes y devolviéndolo al catolicismo; y, para remate, conquistó territorios en Italia y sometió a la levantisca nobleza romana. Así que, cuando probó el café, dio carpetazo al asunto en un santiamén: "Esta bebida del diablo es una cosa tan buena, que vamos a engañar a Satanás bautizándola y santificándola". Y para terminar de cerrar bocas disidentes, como había cerrado la de Bruno, sentenció: "Es tan delicioso que sería un pecado dejársela solo a los incrédulos". ¡Y santas pascuas!





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