viernes, 17 de abril de 2015

CITA EXPRÉS

Napoleón Bonaparte


Nabolione di Buonaparte, 1769-1821

"El café me causa un dolor
que no carece de placer"


No vayas por ahí, que por ahí no es. Napoleón murió en 1821 y el escritor Leopold von Sacher-Masoch, padrino del masoquismo, nació quince años después. ¿Conoces su novela La Venus de las pieles? Si no la has leído, quizá hayas oído Venus in furs, de Velvet Underground:
"Botas brillantes, brillantes de cuero / La niña del látigo / viene en la oscuridad con cascabeles / No abandones a tu esclavo / golpéalo, mi ama, y cura su corazón"
Así que no, en tiempos del corso bautizado como Nabolione di Buonaparte, masoquismo era un anacronismo. ¿Y entonces cómo llamamos a lo suyo?... Pues mira, llámalo como quieras, porque la frasecita de hoy es de traca:
"El café fuerte me resucita, me causa un escozor, una carcoma singular, un dolor que no carece de placer. Más me gusta, entonces, sufrir que no sufrir"
"¡Claaaaaro! Por eso aquel emperador en formato compacto se ponía la mano en la panza, ¿no? Por culpa de la acidez que le provocaba el café", concluirás con alegría. Pues tampoco. Estamos como el parte meteorológico, sin dar una. Lo de la diestra napoleónica rompiendo la línea de botones como síntoma de mal gástrico o hepático no es más que una leyenda histórica. Aquella postura señalaba a las personas educadas, como bien recogía el manual de urbanidad del padre Juan Bautista de La Salle:
"Es un defecto cruzar los brazos, llevarlos a la espalda, dejarlos caer con indolencia o balancearlos al andar".
No quedaba otra que echar mano al buche, que era cosa fina. De hecho, Napoleón no tenía la exclusiva de su famoso gesto. En las imágenes inferiores tienes a su padre, Carlo Buonaparte (a la izquierda), y a George Washington componiendo similar figura, aunque con la mano siniestra.


Pero basta ya de jardines, porque, de seguir por ahí, en vez de una cita exprés te acabaré sirviendo un cubo de aguachirle de franquicia. Te ha quedado claro que a Le Petit Caporal le encantaba el café casi hasta la demencia. Tanto, que perdonó a tres reos españoles después de una tertulia cafetera...

El día de Navidad de 1808, después de cruzar Guadarrama con sus tropas, el invasor llegó a Tordesillas. Allí se alojó en la hospedería de las clarisas, aneja al convento. Los gabachos detuvieron a un cura y a dos paisanos bajo sospecha de espionaje. La sentencia sumaria no podía ser otra que pasarlos por las armas. Mientras los prisioneros esperaban su última hora, Bonaparte mandó venir a su presencia a la abadesa, María Manuela Rascón, mujer graciosa y conversadora con la que tomó café(s) y picatostes. Tal era la habilidad social de la monja que Napoleón le entregó mil monedas de oro, una carta de inmunidad ante asaltos y pillaje y el nombramiento de abadesa-emperatriz. Pues no contenta con eso -ya se ve que le había hecho la boca un cura-, ella le pidió el indulto para los tres españoles. Y el emperador, hasta las trancas de su dolorosa cafeína, también se lo concedió. A aquellos tres sí que les tocó el Gordo.

No terminan aquí las anécdotas del Corso con el café. Durante las guerras napoleónicas, Gran Bretaña, señora del océano, bloqueó los puertos franceses. Como respuesta patriótica, Francia prohibió el consumo de productos coloniales ingleses; cuando los gendarmes se incautaban de bienes de estraperlo, los quemaban como se queman hoy los alijos de hachís, por poner un ejemplo. Una consecuencia de aquella situación fue que Francia se llenase de plantaciones de remolacha, para compensar la falta de azúcar.

Con cara de achicoria.
Entre el bloqueo y la prohibición, el café no llegaba a las tazas galas. Un día que Bonaparte cruzaba un pueblo, le llegó el aroma ilegal del café molido. Pronto descubrió que salía de la sacristía de la iglesia, así que entró en ella como entraba en cualquier nación de Europa -echando abajo las puertas- y se dio de bruces con el cura, que, en ese momento, espolvoreaba la molienda en el agua hirviente:

"-¿Con que esas tenemos? -vociferó- ¡Os he pillado, señor cura! ¿Tenéis alguna explicación que darme?
-Pues ya lo veis, señor mío, hago lo mismo que vos: quemo los coloniales de nuestros archienemigos".

Y, dicho esto, le ofreció una taza al furibundo Boney, mote que le habían puesto los ingleses. La cafetomanía de Bonaparte le venía de antiguo. Cuando no era más que un teniente artillero prometedor, ya formaba parte de la parroquia del café Le Procope. Cuentan que una tarde se encontró sin contante en la faltriquera para abonar los y tantos cafés que se habría tomado. Ni corto ni perezoso, dejó como fianza su sombrero de reglamento, que aún se expone en la famosa cafetería parisina.

Tricornio de Bonaparte
en Le Procope.
Como error común, en la mayoría de sitios de Internet donde mencionan tal anécdota suelen decir que aquel tocado es un bicornio. Se quedan cortos: es un sombrero de tres picos puesto en batalla, es decir, con la esquina frontal levantada y pegada a la copa. Un gemelo de aquel -es de suponer que tuviera unos cuantos- lo acompañaría en su ocaso: la batalla de Waterloo, ganada por el duque de Wellington, quien, como se puede apreciar en la pintura de más abajo era, bajo los criterios del padre La Salle, un perfecto maleducado. Tampoco allí, en el Brabante valón, se pudo desprender el pequeño cabo de la sombra fatídica del café. Cuentan que el carro de intendencia que llevaba las dosis de cafeína del emperador se extravió la víspera de la batalla.

El grosero Wellington.
Aquella contingencia pudo cambiar la Historia, ya que, al no tener café, Napoleón no aguantó la vigilia. De ahí que no atacase a los aliados al despuntar el alba, tal y como había planeado. El mal tiempo y el retraso, pues el zafarrancho francés sonó al mediodía, precipitaron su fracaso. Bien pudo gritar Bonaparte algo parecido a aquello de Ricardo III: "¡Un café, un café, mi imperio por un café!". ¿Verdad? ¿Licencia histórica? Chi lo sa? Si non è vero, è ben trovato. Y ahora, si me disculpas, voy a fustigarme con una cafetera hirviendo, porque he sido un niño malo, muy malo...





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4 comentarios:

  1. ¡Me parto, José Juan! Genial entrada, muy divertida y por demás interesante. Estas anécdotas me iluminan el día como no tienes idea. ¡Gracias por ponerla! Saludos.

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    1. Pues cuando yo las investigo me siento igual, como renovado. Y cuando me transmitis esa misma sensaciòn el placer es inmenso. Muchas gracias y un abrazo.

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  2. El café, bebida espirituosa, que es capaz de cambiar el ánimo y la predisposición...hasta al mismísimo Napoleón Bonaparte.
    Me ha encantado el post, además de todas las referencias históricas que expones. Es una genialidad y muy ameno de leer. He disfrutado de lo lindo.
    Un abrazo

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    1. Muchas gracias, Marisa, ¿qué más puedo decir o hacer que invitarte a un café virtual? Que lo disfrutes.

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