martes, 7 de abril de 2015

DESNUDARSE NO ERA UN ARTE... (y 2)


El libro de la marquesa. K.Somov.

... era una faena y una lata, como ya demostré -a medias- dos entradas atrás. Hace una semana dejé a un galán neoclásico desnudo como hueso de aceituna y tieso como atacador de artillero; y no porque estuviera muerto, rebosaba vitalidad. E impaciencia, pues la dama con la que compartía el lecho aún no se había quitado ni un alfiler. Así que voy a solucionarlo antes de que el hombre se coma las uñas hasta los codos.


Chapín del siglo XVI.
Ella se habría empezado a poner cómoda por los pies; la mujer se podía descalzar con más facilidad. En el XVIII, los tacones femeninos han perdido altura, muy lejos de los chapines del XVI y de los "andamios" de punta cuadrada del XVII. Sobre los zapatos, que serán de chúpame la punta, lleva las medias de seda, que se ciñen con una liga por encima de la rodilla... No quitárselas es una opción de lo más sugerente. Pero, por favor, no nos despistemos, ¡al grano, que es pa'hoy!

Las damas, como los varones, se vestían según la moda de París:  si el traje de ellos era un habit a la française, el vestido de ellas eran una robe a la française. Y si el traje masculino parecía el colmo de la complicación, el vestido femenino era un tratado de arquitectura, pero rococó. Cuanto antes subamos por el cuerpo del edificio desde los cimientos, más lo agradecerá nuestro romeo.

Zapato inglés de 1720.
Sobre las medias, la dama debe llevar unas enaguas casi hasta los tobillos. Y sobre las enaguas, una falda con su sobrefalda, ambas brocadas y lujosas, adornadas con hilos de oro y estampadas con chinescos o esfumadas a la Pompadour. Pero una cosa es el escaparate y otra la trastienda. Si eres una persona impresionable, no leas lo que queda de este párrafo. ¿Sabes qué ocultaban aquellas señoras y señoritas emperifolladas en los dobladillos de las faldas, o en bolsitas cosidas y disimuladas en el forro?... Prepárate: trozos de carne fresca que les ponía su doncella. No era un piscolabis por si el menú del sarao le provocara alergia; era por las pulgas y demás parentela parásita. Así pretendían evitar que les picasen: ofreciéndoles un cebo. ¡Ñam!


Falda y sobrefalda de brocado de seda de Lyon (1775).

Si la dama es española, habrá llegado a la fiesta con un cobertor llamado basquiña, una prenda recatada de colores oscuros que se ponía por encima de la falda y la sobrefalda. Con ella evitaban llamar la atención por la calle. A finales de siglo, hubo un escándalo en Madrid por culpa de unas basquiñas teñidas de colores vivos. Un viernes santo, en la tradicional Visita de Monumentos, unas petimetras fueron de iglesia en iglesia con basquiñas rojas y verde manzana.

Basquiña con casaca.
El paisanaje no se tomó a bien aquella
provocación y las persiguió con la intención de hacerles pasar un viacrucis. En consecuencia, se dictó una pragmática que prohibía las basquiñas vistosas.

Permíteme un respiro, porque aún nos queda tarea. Ya ves que el atuendo femenino era como una cebolla, lleno de capas. Si el amante de la dama fuese un ancestro de Hannibal Lecter, ya la habría cortado en juliana para acabar antes.

De tomar la falda y la basquiña como la fachada, y las enaguas y las medias como las estancias privadas, el tontillo se quedaría a mitad de camino, como una especie de pieza social. Se trata de un faldellín lateral hecho de listones de ballenas, que se abre de caderas afuera. Es la evolución del guardainfantes, que rodeaba aparatosamente la cintura de la mujer en el siglo XVII, como se aprecia en Las meninas. Aún no habían aparecido los miriñaques, una prenda decimonónica. Por cierto, tontillo no es una apreciación más o menos cariñosa sobre la inteligencia de nadie: viene de tonelete, que es la forma que daba este andamio a la mitad inferior de las damas. Subamos ahora a la planta de arriba...

Tontillo y efecto que produce.
Ya tenemos a la gozona descalza, pero con las medias sujetas con una liga roja. Al quitarle la falda, se le adivina la camisa bajo la casaca, corpiño o jubón. Un momento, que me mojo la cara. Ya, mucho mejor... La casaca se cierra gracias al petillo, una pieza triangular o trapezoidal sujeta con imperdibles. Más tarde se sustituyó por dos piezas que se abotonaban: los cómplices, del francés compères. Pero para este golpe no hacen falta secuaces, así que fuera les compéres, fuera la casaca y fuera... ¡Ñññiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii! ¡Alto! Con la cotilla hemos topado...

Petillo con lazos y esfumado Pompadour

Cotilla de ballenas y seda.


... Esa prenda interior no recibe su nombre por ser chismosa (aunque podría contar muchas cosas): es un diminutivo de cota, la túnica de malla militar. Se confeccionaban con ballenas, seda y raso. En el siglo XVIII se usaban para estilizar el talle y levantar el pecho. ¡Pues a volar la cotilla!, y, con ella, la camisa, que se mudaba una vez a la semana. Es verdad, no te he dicho que la ropa interior de la época sustituía al baño: aquellos ilustrados se consideraban limpios cuando se mudaban. Y la abundancia de perfumes hacía las veces del agua y el jabón. No los llames guarros, sería injusto; si no se lavaban, era, justamente, por salud: estaban convencidos de que, al sumergirse en la bañera, los poros se abrirían y por ellos entraría todo tipo de miasmas. Cuando hace unos años se prohibió fumar en locales nocturnos, yo me dí cuenta de a qué debía oler una fiesta en Versalles. ¡Qué aleronazos!

Déjame echar cuentas, no sé si se me olvida algo. Podría mirar mis revistas de moda de la época, las mismas que recibían las fashion victims españolas: Journal du Goût (1768), Cabinet des Modes (1785) y Galerie des Modes et de Costume Français (1778).

Ejemplar de Cabinet des Modes.
Pero no será necesario, la montaña de ropa que hay en el suelo indica que no falta nada. "¡Sí, hombre, la peluca!", me contradirás. Pues no, ha sido a conciencia: el mundo de las pelucas femeninas es tan amplio, variado y extravagante, que merece una entrada aparte. Será la próxima. Dejemos a los amantes disfrutar, ¡por fin!, de su desnudez y despidámonos a la francesa, que, lejos de ser una muestra de mala educación, era por entonces el culmen de la cortesía. Pero eso te lo contaré otro día. Yo he terminado, tú, si quieres, puedes mirar por el ojo de la cerradura...  










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6 comentarios:

  1. Hola José Juan,
    Ahora me doy cuenta de la veracidad del dicho "para lucir hay que sufrir" jeje, la verdad es que se debería considerar a las damas versallescas unas verdaderas heroïnas, por no hablar del tratado de arquitectura al que debían estar sujetos los romeos si querían desvestirlas. Y lo que más me ha chocado: trozos de carne en los dobladillos o el forro para contener a los parásitos...Realmente la práctica social determina cada época, no me imagino llevando ese "tontillo" que realza las caderas, si bien es evidente que me considerarían a la ultimísima moda de haber vivido en el siglo XVIII, igual que ahora a una modelo de pasarela Cibeles.
    Me ha encantado esta segunda parte dedicada a las féminas, es todo un compendio de arte, diseño, customización y etnología. Una obra de ingeniería. La forma de contarlo, desenfada y amena. Muy bien narrado. ¡¡Enhorabuena!! ;))
    Un abrazo

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    1. Muchas gracias, Marisa, me alegro de que te haya gustado. Y sí, la conclusión es que eran unas verdaderas "fashion víctima", unas mártires y unas heroínas. Un buen ejemplo de que tiempos pasados no fueron mejores (aunque sí muy vistosos, la verdad). Un abrazo.

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  2. Fantástico. Que suerte vivir en la época actual, una camiseta y un pantalón y Ala, vestida. Se morirían de envidia. jejeje

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    1. ¡Ya te digo! Solo de pensarlo, me entran picores. Unas santas...

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