miércoles, 29 de abril de 2015

¡Y PÓNTE LA PELUCA YA! 

(y 2)





Repíte conmigo: "Lady Gaga es una copiona, Lady Gaga es una copiona..." ¿O no queda claro en la imagen de arriba? Así es como las damas de la segunda mitad del siglo XVIII aparecían en una francachela de postín. En una entrada anterior te conté que cosían a los forros de sus faldas bolsitas con trocitos de carne contra las pulgas, así que el vestido de chuletas de la Gaga tampoco fue muy original.

Mucho se ha debatido sobre si esos armatostes capilares eran reales o producto de la mala baba de los caricaturistas dieciochescos. 
Cazadores disparando a una peluca-nido.
La fotografía que abre este artículo pertenece a la colección de prendas de época del Instituto de la Indumentaria de Kioto. Fuera de Humor amarillo y Shin Chan, ¿te parece que los japoneses sean gente poco seria? Claro, a mí tampoco. Así que estas pelucas debieron de ser tan reales como las ganas de orinar, por poner un ejemplo. 

Hace una semana te explicaba yo cuánto se pirraban los galanes rococó por las pelucas. Ellos, y no sus mujeres, fueron los pioneros de los postizos. En realidad, las damas del Siglo de las Luces no empezaron a empelucarse con desafuero hasta la segunda mitad del siglo. Pero, como en el caso de los varones, sus hiperbólicos tocados cumplían una función propagandística: eran una declaración de poder. 

Ten en cuenta que el XVIII es un siglo eurocéntrico: Europa mantiene y aumenta su presencia colonial en todo el globo; aunque dos guerras del siglo XX sean las mundiales por antonomasia, las potencias europeas del XVIII ya luchaban en casa y a domicilio: en las dos Américas, en África y en Asia, implicando, como enemigos o aliados, a los naturales de cada zona. A los mercados del Viejo Continente llegaban los productos más exóticos y los beneficios de las colonias; la Ilustración creó, en nombre de la Razón, un nuevo dios: el Hombre, y los filósofos le ofrecieron, más que respuestas, coartadas; la burguesía estaba a punto de dar el zarpazo al Antiguo Régimen, no para cambiar el mundo, sino para cambiar su dueño. Así que la moda desenmascaraba la soberbia de los aristócratas y la vanidad de los nuevos ricos. Cuanto más aparato en el vestir, cuanto más brillo y relumbrón, más evidencia de riqueza y poder. También es verdad, como dejó escrito el diarista inglés Samuel Pepys, que las pelucas evitaban "la gran molestia de conservar el pelo limpio a diario". Eran otro tiempos y no había H&S Frecuencia, claro.

"¡Y yo con estos pelos!"

"Ya, ya, el ensayito que me acabas de soltar está muy bien, pero, hasta entonces, ¿qué llevaban las mujeres en la cabeza?", me apremiarás. "Pues su pelo -te respondo yo-, ¿qué iban a llevar?". Imaginarás que los cabellos naturales de las féminas tampoco escapaban a los dictados de la moda. Te pongo un solo ejemplo, el de la duquesa de Fontange (1661-1681), amante de Luis XIV. En una jornada de caza con el rey, a la montaraz dama se le enredó el pelo en unas ramas; eso me recuerda a Absalón, el hijo rebelde de David que lucía una melena tan lustrosa como la de Sansón y que murió al quedar colgado de un árbol por los pelos, lo que permitió que un general de su padre lo alanceara a placer.

Coiffure a la fontange.
Pues una vez que la duquesa, con mejor fortuna que Absalón, salió del trance, se hizo un copete en lo alto de la cabeza; al rey le encantó y, claro, el resto de damas versallescas empezaron a peinarse a la fontange, a pesar del despecho de las anteriores amantes reales, la Montespan y la Maintenon, que la pusieron a la pobre -es un decir, tenía una renta mensual de cien mil coronas- de chupa de dómine. Saltamos casi cien años y nos plantamos en 1770: las francesas se han puesto la peluca y el resto va detrás de ellas: Culo veo, culo quiero. ¡Y se desata la fiebre! La condesa de Matignon llega a pagarle a su peluquero, musiú Baulard, veinticuatro mil libras al año por un diseño capilar diario. Es el mismo Baulard que inventó... ¡una peluca de resorte!, para que las damas pudieran atravesar los dinteles sin quedar descocadas. Así evitaban las reprimendas de sus mayores, escandalizados por la falta de sentido común de las jóvenes; por eso la llamaron peluca de la abuela; lo cuenta Francisco Barado en su obra Historia del peinado. Mientras que los caballeros, mozos y ancianos, teñían sus pelucas de blanco -la uniformidad creaba la ilusión de que los viejos no lo eran tanto-, ellas las pintaban de rosa, lavanda o añil. Y montaban auténticos dioramas en y por todo lo alto, con pájaros, bosquecillos, arroyos, corderos y pastorcillas; o les daban la forma y la altura, por ejemplo, de las birretinas de piel de oso de los zapadores y granaderos.


¡Ay, pues no sé qué ponerme hoy!
Excuso incluir la relación de nombres que se inventaron para bautizar los miles de postizos creados. Pero te cuento un ejemplo que explica muy bien la fotografía que abre este post. En enero de 1778, la fragata francesa Belle Poule leva anclas del puerto de El Havre llevando como pasajero a Benjamin Franklin, embajador de las colonias norteamericanas en París. Dos navíos británicos -Hector y Courageus- le dan el alto y exigen subir a bordo. El capitán francés, vizconde Bernard de Marigny, les responde: "Soy la Belle Poule, fragata del rey de Francia; vengo de la mar y voy a la mar y déjenme decirles, mi buenos señores, que en los barcos de Su Majestad no se permiten visitas". Y, con las mismas, viró y regresó a puerto sin lucha. Los ingleses no sabían que a bordo iba "un traidor", por eso les bastó con ejercer el bloqueo. Unos meses después, la misma fragata vence a la Arethusa británica, en otro episodio más de la longeva enemistad entre ambos países, agravada en ese momento por el apoyo de Versalles a la independencia norteamericana. Las damas parisinas, ni cortas ni perezosas, lo celebraron con un nuevo peinado, coronado por un barco sobre olas de rizos: le coiffure a la belle poule.


"Viento en popa a toda vela, cruza el mar mi cabellera..."

Voy a ir rematando; ni el espacio me da para todo lo que habría que contar sobre las pelucas del XVIII, ni te voy a cargar con otro mamotreto sobre ellas. Pero tengo que mencionar a María Antonieta. Y a su peluquero, naturellement, Léonard-Alexis Autié, alias musiú Leonard, cómplice de la reina y de su modista y sombrerera, Marie-Jeanne Rose Bertin, también conocida como Ministra de la Moda. Entre Leonard y Bertin inventaron los pouffs, las torres de pelo de la reina, realzadas con cojines, envueltas en metros de cinta, deslumbrantes de perlas y joyas y convertidas, casi, en grupos escultóricos de varios pies de alto. Cuentan que, el 17 de febrero de 1776, María Antonieta, invitada al baile de la duquesa de Orleáns, se retrasó porque no podía entrar en su carruaje: el peinado era tan extravagante que no había manera de atravesar la portezuela. Pues bien, su peluquero tuvo que desarmarlo y volver a montarlo de camino al sarao. Y te aseguro que aquellas carrozas no llevaban la suspensión de un Dyane 6.

Antes muertas que sencillas. Y eso pasó...

La reina que hacía chistes sobre el hambre de la plebe iba de capricho en capricho mientras las calles ya olían a revolución; hasta que el hedor de la pobreza, encarnado en los sans culotte que la encerraron en la Torre del Temple, la devolvieron a la realidad. Por entonces, la reina depuesta solo tenía una amiga fiel, María Luisa de Saboya, princesa de Lamballe, exiliada en Inglaterra. Ambas se carteaban con frecuencia hasta que, engañada por una falsa misiva de María Antonieta, Lamballe viajo a París y fue presa. Dicen que cuando la cuchilla segó su cuello, las cartas de su regia amiga cayeron de su peluca.

La princesa de Lamballe.

Los revolucionarios maquillaron y peinaron la cabeza de la princesa, la clavaron en una pica y fueron a mostrársela a la reina en su celda. Años después, testigos del suceso afirmaron que María Antonieta se desplomó: la reina, que siempre mostró entereza de carácter, nunca antes había desfallecido. Aquel día, el tiempo de las pelucas -como el del Antiguo Régimen- fue a parar a la cesta del verdugo.






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14 comentarios:

  1. La he leído del tirón, con mucho gusto y se me ha hecho corta, pues siempre te quedas enganchada a tus grandes historias de la historia.
    Me ha encantado

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    1. Es que la primera me quedó muy larga, Mercedes. Muchas gracias.

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  2. Esta vez la idiosincracia palaciega y cortesana da un salto hacia lo social y revolucionario, como se deja intuir hacia el final del post. Como bien cuentas, las pelucas representaban un rasgo de poder y posición en la sociedad. No me vanaglorio de la muerte de la peluca ni del apresamiento y muerte posterior de Mariantonieta, claro está. pero la historia es evolución del pensamiento, los gustos y las costumbres. Surgía un tiempo nuevo en el XIX y también otra forma de ver el mundo, no de menor naturaleza opresiva, tras las revoluciones burguesas, porque devino la explotación capitalista. Me ha gustado mucho ese aire social que le das al post, la aventura del hombre en su contexto daría un nuevo giro. Me gustaría añadir a lo que cuentas, que un viento popular obrero nacía, la esperanza de las clases más desaventajadas. No tenía sentido ya tanta pompa y boato ilustrado ni tampoco las monarquías absolutas..
    Me ha encantado, como siempre muy informativo y excelentemente narrado con tu particular estilo.
    Un abrazo

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    1. No tengo espacio, ni intención, de contarlo todo. Hay que dejar que el lector ponga las últimas piezas del rompecabezas, y tú lo has hecho, Mercedes. Muchas gracias.

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    2. Hola, José Juan,
      Lo que queria decir en este comentario mío tan extenso es que cuando cambia el modo de producción, también lo hacen la moda, las costumbres sociales, el poder político...Me he enrollado mucho con el comentario, pero es que me ha parecido sumamente interesante todo el recorrido que haces y también me he divertido de lo lindo. Me ha superencantado. Siempre me haces reflexionar y pensar mucho, y eso es muy bueno, jeje
      Besos

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    3. A mi también me parecen muy interesantes tus comentarios. Y me ofrecen puntos de vista de los que no había sido consciente al presentar la entrada. Por eso te decía que son como piezas que completan mis textos. Tus aportaciones siempre son bienvenidas. Muchas gracias, Marisa.

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  3. Divertidísimo, como siempre. Me encantan tus historias, José Juan.

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    1. Muchas gracias, Carmen, muchas gracias. Es muy agradable divertir al personal (si se consigue, claro). Seguiré esforzándome.

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  4. Me gusta la forma de introducir opiniones personales sin que a penas se note. Imagino que estas mujeres padecerían de las cervicales ¡ por dios qué volúmenes!

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    1. Muchas gracias, Yolanda, mi intención es opinar sin herir. Y no solo sufrían de las cervicales, también tenían jaquecas, psoriasis y dicen que, incluso, apoplejías, o sea, ictus. Una barbaridad. Un saludo.

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  5. Hola, buen día José Juan, muy buena la entrada y muy muy curiosa
    En este siglo queda claro el dicho de que para "presumir hay que sufrir"
    Añado, aunque creo que tú ya lo has comentado, el llevar la peluca era un símbolo de poder, al igual que las coronas y otros objetos que se ponen en la cabeza.
    Me recuerda a esas cabezas deformadas de algún faraón, creo que Akenaton, o de otra civilización...
    Me preguntó: belleza o poder?

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    1. Hola, Suni. Poder tenían, pero en las cervicales, pobres vértebras. Como diría Obélix: "¡Están locos estos humanos!". Muchas gracias y buen día!

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  6. He leído las dos entradas sobre el tema de las pelucas y es horroroso lo mucho que cambiamos los humanos (De moda) y lo poco que aprendemos. Me refiero a que siempre damos prioridad a las muestras del poder fatuo y a los dictados de la moda de la que nos hacemos esclavos con tal de seguir aparentando lo que no somos. Y digo que: anteponemos esto, a la sencillez,a la naturalidad y a la comodidad.
    ¡Dios mio! ¿Realmente somos tan necios?
    Gracias por tus reseñas referidas a la difícil vida cotidiana de reyes y reinas, eso me hace reafirmarme en la idea de que nadie es merecedor de ser envidiado.
    Un abrazo

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    1. Muchas gracias a ti, Francisco, por tomarte la molestia de leer esas entradas. Y por tu tiempo.Poco más puedo decir, pues lo que tú comentas es lo que yo quería transmitir. De hecho, en la presentación de este blog lo resumo: "Y es que 300 años no son nada". Insisto, gracias. Un abrazo.

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