viernes, 15 de mayo de 2015

CITA EXPRÉS

Homero


"Homero y su lazarillo",
W.A. Bouguereau (1874).


"Gran remedio de hiel y dolores
y alivio de males"



-¿Cuántos cafés te has tomado?
-Ninguno. Hasta que no remato una Cita Exprés, ni lo huelo...
-¿Me estás diciendo que así, a pelo, sereno como una piedra, estás metiendo a Homero en una entrada sobre el café? ¿Es que se te ha ido la olla?
-Pues hace tiempo, la verdad, gracias por darte cuenta...
-Los tienes cuadraos, macho.
-Pues gracias otra vez, pero yo no he metido al padre de Ulises en esto, me lo chivó Álvaro Cunqueiro.
-¿Esa es tu mejor excusa, echarle la culpa de tus fantasías desquiciadas al Borges galaico?
-Oye, ¿y qué tal si te vas un ratito a pellizcar mármoles?

Cuando se me subleva mi parte pedante y quisquillosa no me soporto ni yo, así que aquí termina esta inquisición. ¡Yo escribo lo que me da la gana!, que para eso es mi blog... ¡Faltaría más! ¡Y sí! Esto fue lo que dejó escrito Álvaro Cunqueiro en La cocina cristiana de Occidente:
"Quizás Helena servía café a Telémaco, pues la Odisea nos enseña que la hermosísima recibía de la egipcia Plydama una planta maravillosa que «alejaba del corazón la tristeza, la ira y hacía olvidar»". 
Se refiere el autor de Las mocedades de Ulises a unos versos del Canto IV de la obra inmortal de Homero, aquellos que van del 220 al 231:

Y en el vino que estaban bebiendo les puso una droga,
gran remedio de hiel y dolores y alivio de males;
beberíalo cualquiera disuelto en colmada vasija
y quedara por todo aquel día curado de llantos
aunque en él le acaeciera perder a su padre y su madre
o cayera el hermano o el hijo querido delante
de sus ojos, herido de muerte por bronce enemigo.
La nacida de Zeus guardaba estos sabios remedios: 
se los dio Polidamna, la esposa de Ton el de Egipto,
el país donde  el suelo fecundo produce más drogas
cuyas mezclas sin fin son mortales las unas, las otras
saludables [...]

 ¡Ahí lo llevas! Por cierto, "la nacida de Zeus" es Helena de Troya, engendrada en Leda por el Padre Olímpico metamorfoseado en cisne, como ya te conté en una entrada anterior... 

"¡Espera, espera! No me salgas con milongas, que esto no cuela -quizá te indignes por la línea de este post elucubrante- ¿Desde cuándo se toma el café con vino?"... ¡Espera tú!, no te fastidia, ¿no serás otra vez mi quisquilla interior?... Es igual; mira, según Cunqueiro, ese brebaje se tomaría desde el siglo XIII a. C., pero si no te convence, te recuerdo que a Federico el Grande, rey de Prusia, se lo preparaban infundido en champán.

"Helena reconoce a Telémaco", J.J. Lagrenée (1795)

A ver, vamos a poner las cosas en su sitio. Para empezar, este pasaje de la Odisea nos cuenta la arribada a Esparta de Telémaco, hijo de Ulises, en busca de noticias de su padre, extraviado -en más de un sentido- al regresar a Ítaca. Allí es recibido por el rey Menelao, destructor de Troya, y por Helena, tan destructora, al fin y al cabo, como su marido. Ante la filial angustia del joven, la reina le ofrece nepentés, un término genérico que significa "en ausencia de dolor". En su poema El cuervo, Edgard Allan Poe lo menciona:

Tornose el aire denso y perfumado
por invisible incienso. Balanceaba
el incensario un serafín; se oían
sobre el tapiz mullido sus pisadas. Grité:
«¡Miserable! ¿Te ha prestado tu Dios
o el nepentés te envía con sus ángeles?
¡Bébelo, olvida ya a Leonora!»
El cuervo dijo: «Nunca más».

No tengo constancia de que el bueno de Poe fuese un empedernido bebedor de café, pero nunca le faltaron otros nepentés, derivados del maíz o de la amapola. ¿Y a quién se le ocurrió, en realidad, que aquel consuelo preparado por Helena era ébano líquido y no opio? Thomas de Quincey aseguraba (1785-1859) que lo que Telémaco bebió era la savia de la adormidera. Algo debía de saber de tales alivios el ilustre comedor de opio inglés. Respondo a la pregunta...


¿Sirviendo el mítico nepentés?

Un aventurero romano, Pietro Della Valle (1586-1652) -del que ya te hablaré porque era como para darle de beber aparte-, aseguró haber tomado una mixtura de café y vino en sus viajes a lo largo y ancho de Oriente, quizá en Constantinopla, puede que en Damasco, quién sabe si en Alepo... Lo más grande del asunto es que juró que se la sirvieron en tierra de musulmanes, que no catan el alcohol (al menos con el Corán en la mano). Aquella mezcla debió de proporcionarle sensaciones tan placenteras como las que Helena le regaló a Telémaco en el palacio de Menelao. Y Della Valle concluyó, claro está, que aquello era el nepentés homérico. Y con esa convicción volvió a Italia, donde la fábula corrió sin freno. Ten en cuenta que, por entonces, el café apenas había llegado a Europa y cualquier leyenda era buena para vender un producto que algunos visionarios consideraron muy rentable.

No sé decirte si por influencia del viajero italiano, o por inspiración propia, el clérigo inglés Robert Burton (1577-1640) recogió la leyenda del nepentés cafetero. En su ensayo Anatomía de la melancolía (1621) dice lo que sigue:
"Los turcos tienen una bebida llamada café -porque ellos no usan el vino-, llamado así por un grano tan negro como el hollín, y tan amargo como la bebida negra que se usaba entre los lacedemonios, y que beben a sorbos y tan caliente como puedan resistir"

Un concurrido café en alguna ciudad del Islam.

 ¡Toma del frasco, Carrasco! Éramos pocos en la cuadra y parió la mula. Del Mediterráneo al Atlántico y seguimos en las mismas: café, vino y Esparta en un mismo párrafo. ¿Y qué bebida será esa que se usaba entre los lacedemonios, laconios o espartanos? Pues no es otra que el caldo negro que comían los guerreros más legendarios del mundo, con permiso de los Caballeros Jedi. La también llamada sopa negra era el símbolo de la frugalidad espartana. Estaba hecha con carne, sangre y vísceras de cerdo cocidas en vino (o vinagre). Era la base de la comida comunal de los varones lacedemonios, la sisitia, que Homero elevó al rango de banquete en sus versos.

Tumba del nadador. Paestum/Magna Grecia (Italia).

Tan repugnante era aquel plato que un sibarita lo probó y, tras escupir, concluyó que entendía el gusto por la muerte de los espartanos si aquel era el máximo placer que se concedían en vida. Hay que tener en cuenta que los habitantes de Síbaris, en la Magna Grecia, eran tan refinados que prohibieron los gallos en su ciudad para que no los molestaran con sus quiquiriquís.

En fin, que, como puedes ver, el café hunde sus raíces en lo más profundo de la Historia. Tal fue mi asombro al documentarme para esta entrada que no me quedó otra que, con palabras de Michaleen Flynn, el casamentero borrachín de El hombre tranquilo, exclamar con el timbre sobrehumano de Esténtor: 

"Esto es...¡¡¡Homérico!!!"






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7 comentarios:

  1. No necesito café ni droga para decir que es una excelente entrada.
    Un abrazo

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    1. Muchas gracias, Suni. Al café nunca se puede obligar, solo invitar. Un abrazo.

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  2. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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  3. Me ha encantado la entrada. Homérica!!!
    Desconocía totalmente la vinculación de Homero con el café.
    Además me ha gustado mucho la anécdota de los sibaritas y los gallos. Debo ser un poco sibarita porque a mi también me molesta el ruido de los bares musicales y de los botellones....

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    1. No sabes cómo te entiendo, Elisenda. Sí, yo también debo de ser un poco sibarita. Muchas gracias por tu comentario.

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  4. Me ha encantado leer este entrada mientras tomaba café. Según lo cuentas, todo sabe de otra manera.
    Saludos

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    1. Esa es la mejor manera de leer estas entradas. Muchas gracias, Yolanda.

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