domingo, 3 de mayo de 2015

CITA EXPRÉS

Madame de Sévigné



"La fuerza del café no es 
más que un falso bien"


-¡Oye, ¿Te has dado cuenta de que llevas ya nueve citas exprés sobre el café y todas son de hombres?
-¡Anda! Pues ahora que lo dices...
-¿Pero es que no sabes que las mujeres componen el grueso de los índices de lectura de este país que no lee?
-Hombre, mirándolo así...
-"Mirándolo así, mirándolo así", ¿y por qué no lo arreglas? Porque va siendo hora.
-Bueno, bueno, menuda bronca. Menos mal que es conmigo mismo.

Al final me hice caso. Y, además, la ocasión la pintaban calva; así se las ponían a Felipe II (o a Fernando VII, que nunca me aclaro): resulta que hoy es el Día de la Madre. Por eso te quiero presentar, en esta décima entrada sobre frases célebres acerca del café, a Madame de Sévigné. "¡Pues anda que lo has arreglao! -puede que me reproches- La primera Cita Exprés de una mujer y resulta que es para criticar el café". ¡Para, para!, que antes de sentenciarme deberías leer lo que sigue. Ve preparando una disculpa...



La Sévigné es una de las cumbres de la literatura francesa del Barroco. Y en un género, el epistolar, que no suele aparecer en el top ten de crítica y público, pero que es una magnífica fuente para entender épocas pasadas. Marie de Rabutin-Chantal (1626-1696), parisina de nacimiento y noble de familia, quedó huérfana a los siete años. La recogieron unos parientes maternos hasta que, a los dieciocho, la casaron con Henri de Sévigné, un apuesto militar.


Castillo de Rochers-Sévigné (Bretaña).

Con su boda, la bonita y lozana Marie, criada en el campo, entró en sociedad y conoció a lo más granado de la cultura francesa de su tiempo: Molière, Corneille, Racine, Pascal, La Rochefoucauld... Y todos la adoraban, pues era ingeniosa y culta: había estudiado literatura, canto, danza, latín, español e italiano y era una consumada amazona. Madame de Sévigné le dio a su marido una hija, Françoise-Marguerite, y un varón, Charles. Según algunas fuentes, Marie, esquiva y fría en el amor, sintió que podía dar por concluidas sus obligaciones conyugales tras aquellos partos. Por eso Henri comenzó un largo peregrinaje por camas ajenas. Por eso o porque ya de por sí era un brave queue, o sea, un pichabrava.

Ninon de Lenclos
Una de sus amantes fue la magnifica mundana Ninon de Lenclos, cultivada e independiente. Y la última, Madame de Gondran, por quien se batió en duelo con el caballero de Albret, quien lo hirió de muerte. Así que Marie se quedó viuda -y dicen que aliviada- a los veinticinco años. Pero también arruinada (es lo que tienen las amantes, que te pueden secar la bolsa al mismo ritmo que los jugos). Nuestra madame se retiró a su castillo de Rochers-Sévigné, mimó cada luis y cada escudo de los pocos que le quedaban y, finalmente, recuperó su patrimonio. Sólo entonces regresó a la corte de París, que por entonces iluminaba el Rey Sol, Luis XIV. 

Marie se divirtió, bailó, coqueteó y se dejó querer, pero sin permitir que mano masculina alguna hurgase bajo su guardainfantes, salvo, quizá, la de Nicolas Fouquet, poderoso superintendente de Finanzas y generoso mecenas, más tarde caído en desgracia y muerto en prisión. También se hizo amiga de Mademoiselle Montpensier, prima del rey; de Madame de La Fayette, autora de la primera novela histórica francesa, La princesa de Cléves, que le regala un personaje en ella; y de la Maintenon, favorita y esposa de mano izquierda del rey, o sea, sin derechos para ella ni para su descendencia. En aquella Francia libertina, entre el desayuno y el almuerzo te habías encontrado con más amantes que mosqueteros reales, como ya puedes ver.

Madame de Sévigné jamás volvió a casarse, pero casó muy bien a su hija Françoise con un tocayo suyo, François Adhémar de Monteil, conde de Grignan, en 1669. Cuentan que el hombre era un encanto, pero más feo que pegar a un padre y trece años mayor que su esposa, que ya tenía veintitrés. Al año de casados, el rey nombra a Grignan su lugarteniente general en Provenza. El 6 de febrero de 1671, Marie de Rabutin-Chantal, madame de Sévigné, caligrafía el primer trazo de los muchos que la llevarán a la posteridad y a esta Cita Exprés. En aquella primera carta a su hija ausente expresa el dolor de la añoranza materna; casi puedo imaginar cómo sus lágrimas diluían la tinta sobre el papel:
"En vano busco a mi querida hija [...] sin dejar de llorar, sin dejar de morir: me parecía que me arrancaban el corazón y el alma". 
Françoise de Sévigné.
A lo largo de veinticinco años y casi un millar de cartas, aquella mujer mundana, frívola e instruida, se convirtió en ejemplo vivo del más devoto -y obsesivo- amor por una hija. En sus epístolas se manifiestan la amargura por la separación y la angustia por la fugacidad del tiempo; pero también son una pintoresca recreación de la vida cortesana. Voltaire dijo de ella que tenía el don de "contar bagatelas con gracia". En una carta de 1690, maman Sévigné le cuenta a su hija:
"Estamos con el capricho de hacer desnatar bien la leche, tan rica, y mezclarla con azúcar y café. Mi querida niña, es muy buena cosa, y de la que recibiré gran consuelo de Cuaresma".
¿Te has dado cuenta de que los hijos nunca dejaremos de ser eternos niños para nuestras madres?: Françoise ya tenía cuarenta y cuatro años cuando recibió aquella carta. Por entonces, la Iglesia era permisiva con el café, al que algunos fanáticos tildaron de "recreo de sodomitas". Fue un cardenal italiano, Francisco María Brancaccio, el que sentenció en 1664: Liquidum non frangit jejunum. Con aquel latinajo -"El líquido no infringe el ayuno"- daba permiso para que la oscura infusión se tomara con libertad durante los ayunos prepascuales, por eso la Sévigné llama "consuelo" a su café au lait. El cubano José Martí menciona a la escritora de cartas en su folleto Guatemala:
"Madame de Sévigné, la de las bellas cartas, no debió tomar nunca buen café"
No es que yo quiera llevarle la contraria a Martí y crear un conflicto diplomático con Cuba, pero la infusión arábiga llegó antes a Europa que a América. En 1657, el café le había sido presentado oficialmente a Luis XIV por un embajador turco, Solimán Agá.


Luis XIV concede audiencia al embajador Soliman Agá.

En 1671 se abrió en Marsella la primera cafetería francesa. Así que nuestra Marie bien pudo beber cafés de una calidad extraordinaria. Sin embargo, en aquella misma carta de 1690, la melancólica mamá avisa a su "niña" de los peligros de aficionarse en demasía a la estimulante bebida:
"La fuerza que creéis que el café os da no es más que un falso bien; es de temer que os percatéis de ello demasiado tarde"
Bien podemos creer que Madame de Sévigné sabía de qué hablaba, pues aquellas cartas a Françoise -a veces tres a la semana- las escribía a cualquier hora. Si llegaba de un sarao a las cinco de la mañana, sus criados le tenían lista una cafetera entera; con semejante aliado, no le flaquearían las fuerzas para poner al tanto a su hija, "exiliada" allá en provincias, de los últimos chismes palaciegos. Ignoro si los franceses celebraban el Día de la Madre por entonces, salvo en las fiestas católicas para glorificar a la virgen en sus diferentes encarnaciones; pero los ingleses del XVII ya tenían el Domingo de las Madres, al que, sin duda, Madame de Sévigné se hizo acreedora. ¡Feliz día, mamás! 
(¿Y ahora qué dices?, ¿me he hecho disculpar o no?)




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8 comentarios:

  1. Hablando de café, precísamente me estaba tomando uno con leche, al tiempo que leía los avatares de esta culta y singular madame de la corte. Y llego a la conclusión de que muy por encima de la liviandad de la vida mundana y de consuelos como esta bebida espirituosa, no hay nada que pueda sustituir el amor de una madre.
    Me ha encantado, como siempre, un ameno e interesante repaso por la historia, en esta ocasión, durante el reinado de Luís XIV

    Un abrazo

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    1. ¿Qué te puedo decir que no hayas dicho tú? Claro que sí. Y me alegro de que te haya gustado. Ya veo que, como Madame de Sévigné, tú también tomas "café olé". ¡Buen provecho y muchas gracias!

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  2. Estupenda entrada. Como amante apasionada del café invito a Madame de Sévigné a tomar un espresso ristretto para ahogar sus penas de madre. En tal dia como hoy, creo que yo no dejaré de tomarme uno, saboreándolo lentamente, para deleite de mis sentidos. Gracias por compartir este magnífico post.

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    1. Brindo con Madame de Sévigné y contigo con mi café puro, sin azúcar. Se me hace un suplicio escribir estas entradas, porque me obligo a terminarlas antes de probar un solo sorbo de café. ¡Pero cómo lo disfruto luego! Gracias por tu comentario y tu tiempo.

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  3. Disculpado! y más con esta entrada tan amena. Me dan ganas de tomarme un café. Lástima que yo sólo beba Te, blanco (eso sí) que una es así de caprichosa.

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    1. ¡El té de las modelos! Ya me parecía a mí. Pues gracias por el comentario y por disculparme. Besos.

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  4. Eres único contándo la Historia. Ja, ja, ja. Único y buenísimo.

    Ahora mismo me voy a votarte. Y por los cielos que has de ganar, porque poco puede haber mejor que esto :-)

    Un abrazo.

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    1. Con esas cosas que me dices, aparte de sacarme los colores, me dejas sin nada que decir salvo... ¡Muchas gracias, Ana! Yo también me divierto mucho escribiendo sobre estas curiosidades. Besos.

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