sábado, 23 de mayo de 2015

CITA EXPRÉS

Mujeres contra el café




"El café convierte 
a nuestros hombres en eunucos"


En el año 1700 ya había tres mil cafeterías en Londres. Toda una burbuja recreativa si tenemos en cuenta que la primera coffee-house londinense abrió en 1652. Fue un siciliano, Pasqua Rosée, quien emprendió aquella nueva y rentable empresa en St. Michael's Alley, en Cornhill, corazón histórico y financiero de Londres. Rosée había llegado a La City de la mano de Daniel Edwards, un importador de ultramarinos orientales, café incluido, of course.


Placa conmemorativa del primer café de Londres.
Pero los de la capital del futuro Imperio no tuvieron el honor de ser los pioneros de la cafetomanía británica. El primer café de toda la isla lo puso en marcha un avispado estudiante de Oxford, Nathaniel Carponius, que empezó a moler y a cocer grano en 1637. Y tampoco era inglés, sino otro isleño mediterráneo, este de Creta.

Mientras que las coffee-houses oxonienses eran elitistas, las londinenses se convirtieron en La Universidad del Penique: cualquiera con un cobre en la faltriquera tenía acceso libre, se enteraba del último chisme, trababa conversación, cerraba un negocio y se tomaba un café en ellas. Cualquiera (o, mejor dicho, casi cualquiera, como ya veremos). Los ingleses aún se ufanan de que en aquellos locales quedaron establecidas las reglas de la conversación civilizada, pero es dudoso que, en tan promiscuo ambiente y con el apego cockney al guirigay, no hubiera voces más altas que otras y algunas manos más largas que las del resto de la parroquia, como bien se aprecia en la ilustración de abajo.

"¿Que no quieres café? ¡Pues toma dos tazas, por bocazas!"

De hecho, la primera denuncia contra una cafetería londinense se presentó en 1657: "Por enorme estruendo y perjuicio al vecindario", amén de malos olores y riesgo de incendio. La denunciada fue The Rainbow y estaba sita en Fleet Street, calle que tomó su nombre de un arroyo que moría en el Támesis. En ella se establecieron los impresores de la ciudad y de allí salió, el 11 de marzo de 1702, el primer diario británico: The Daily Courant. A lo largo de tres siglos, Fleet fue la sede de la prensa inglesa.

Dado su éxito, las coffee-houses llegaron a tener la consideración de "auténtico hogar de los londinenses". Hogar ubicuo, añado, pues una de sus grandes ventajas, al haber tantas como chinches en costura, era que un paisano podía citarse con otro en cualquier parte de la ciudad para echar el rato por muy poco dinero.

Coffee-houses, cosa de hombres.
Su categoría de lugares de moda no los eximía de molestias que hoy soportaríamos ya muy raramente: eran oscuras y sórdidas; apestaban a las pipas que los clientes podían alquilar y fumar a placer; los ojos escocían por la neblina del humo del tabaco y de las velas de sebo; y el suelo estaba plagado de escupideras y cubierto de arena. Arrimar la nariz a una taza de café caliente debía de ser todo un alivio.


El último -y no el menor- de aquellos inconvenientes para una mente contemporánea era que las mujeres podían regentar una coffee-house, pero tenían prohibido el acceso como clientas. Así que corrijo: cualquiera no podía entrar en una cafetería de aquella época ilustrada. Puede que por eso, a los veintidós años de abrir la primera, un grupo anónimo de mujeres difundiera un panfleto titulado Petición de las mujeres contra el café, sometida a la consideración pública, debido a los grandes inconvenientes que el uso excesivo de este licor resecante y debilitante ocasiona a las actividades propias de su sexo, presentado a los guardianes de la libertad de Venus. Los términos de aquella belicosa declaración de 1674 eran de este jaez:
"El uso excesivo de ese moderno, abominable y pagano licor llamado café, ha convertido a nuestros hombres en eunucos y ha inutilizado a nuestros galanes [...] No les queda nada húmedo salvo las narices, nada rígido salvo las articulaciones, nada erguido salvo las orejas".

"Genuino vigor inglés perdido / Galanes gonorreicos".

 Y no contentas con semejante diatriba, aún se enconaban:
"[El café] Hace a los hombres tan estériles como los desiertos de donde procede su infeliz semilla [...] Y los lleva a malgastar su tiempo, a quemarse la boca y a gastar su dinero, todo por un poco de agua amarga, negra, espesa, desagradable, traída de un charco nauseabundo y maloliente".

Y, por si fuera poco, los vuelve chismosos y andorreros. 

No tardó en llegar la contestación en forma de otro pasquín colectivo y anónimo: La respuesta de los hombres a la petición de la mujeres contra el café. En ese mismo tono hiperbólico y, por ello, caricaturesco, contraatacaban el "escandaloso panfleto" femenino elogiando las virtudes venéreas del café:
"Hace la erección más vigorosa, la eyaculación más completa y aporta elevación espiritual al esperma".

"¡A mí los hombres!", gritó el café.

¡Zas, en toda la boca! Y ahora, si queréis, volvéis a por otra, les faltó decir... 
Nunca se supo quién andaba detrás de la airada petición de las mujeres londinenses, abandonadas por sus galanes, rendidos en los brazos humosos de aquel veneno de Oriente, que es de donde venían por entonces los vicios más deplorables. Hay quienes afirman que, por su tono, ambos libelos nacieron de una broma masculina, quizá parida tras una sobredosis de cafeína y cháchara en la mesa de un café; otras versiones hablan de agentes monárquicos, seriamente preocupados por las tertulias políticas en las coffee-houses; también son señalados los propietarios de las alehouses, los cerveceros, alarmados por la cafeinomanía de sus conciudadanos; y, por fin, algunos historiadores del café se atreven a sugerir que las meretrices londinenses entendieron que las cafeterías apartaban a sus clientes de las calles, los volvían caballeros sobrios y juiciosos y que, por eso, ellas fueron las autoras del primer volante. ¡A mí, plim! Desde que me contaron que el café es mano de santo para la próstata, yo lo tomo por cojones (dos o tres tazas al día, ¡ojo!)... Y también porque me encanta, claro que sí.


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7 comentarios:

  1. Contigo aprendo, ja parece un anuncio. Me encantan tus aportaciones porque son historias poco conocidas y muy curiosas.
    Un abrazo

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  2. Contigo aprendo, ja parece un anuncio. Me encantan tus aportaciones porque son historias poco conocidas y muy curiosas.
    Un abrazo

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    1. ¡Cómo me gusta eso que dices! Muchas gracias. Me alegra que te diviertan mis historietas.

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  3. Saludos Juan.
    En: http://abrazodelibro.blogspot.com.es/ me encuentro celebrando el segundo aniversario como bloguero. Creo que estás invitado de forma especial.
    Un abrazo

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    1. Muchas gracias, Francisco, y ¡felicidades!... ¡Voy p'allá!

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  4. Me ha encantado tú entrada, reí sin parar. No dejes de escribir así para hacerme el día entero. ¡Arriba el café!

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    1. ¡Y bien arriba! Muchas gracias por tu comentario. Me alegra provocar una pizca de risa.

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