sábado, 30 de mayo de 2015

CITA EXPRÉS

Pietro Della Valle



"Haré que Italia beba café"


Si aún no tienes una a mano, te recomiendo que prepares una taza humosa y fragante, porque lo que viene es aventura. 
El personaje que te mira desde lo alto de esta entrada se llama Pietro Della Valle, nació en Roma en 1586 y murió allí mismo en 1652. "¡Pues vaya mierda de aventura si nunca salió de su ciudad!", podrías pensar. Y te precipitarías. 

El bueno de Pietro fue un diletante de familia noble y rica: músico, literato, políglota y reputado retórico, que dirían en la Wikipedia. Escribió una opereta, Il carro di fedeltá d'amore, y formó parte de una elitista sociedad literaria, la Accademia degli UmoristiSigue sin parecer un aventurero, ¿verdad?

Pues, ni corto ni perezoso, en septiembre de 1611 -a los veinticinco años- se embarcó en una galera de la flota del Marqués de Santa Cruz para ir a tomar las islas berberiscas y piratonas de Los Querquenes. Cuando volvió victorioso, el guerrero se enamoró hasta las trancas, pero el corazón que no le habían trinchado los corsarios tunecinos se lo rompió una romana. Es verdad que labia no le faltaba, pero, despechado, no encontró argumentos para seguir vivo. Por suerte para él y para los cafeinómanos, apareció un médico napolitano, el doctor Mario Schipano, que le recetó un cambio de aires. Pietro eligió Tierra Santa, puede que arrepentido por haberse querido suicidar; también se le metió en la cabeza una fantasía de cruzado: convencer al Sha de Persia de una alianza con la Cristiandad para estrujar al turco.

El 8 de junio de 1614 partió de Venecia rumbo a Jerusalén; lo acompañaba un dibujante, cuyos grabados puedes disfrutar en este post. Pero no llegó a la Ciudad de los Tres Credos, pues se quedó un año en Estambul, donde aprendió turco y se aficionó al café:
"Durante el verano es muy refrescante, mientras que en invierno templa el cuerpo sin afectar los humores. Lo beben caliente, como algo delicado, tomándolo despacio mientras conversan, pero nunca a la hora de la cena. No hay reunión de turcos que no perfume el café [...] Cuando retorne me llevaré un poco y haré que toda Italia lo beba".
Una intención muy loable que se retrasó doce años. De la Sublime Puerta, Della Valle pasó a Alejandría, recorrió el Nilo, se plantó con la boca abierta ante las pirámides y subió al Sinaí. Aún tuvo tiempo de tomarse unas cuantas tazas para quedar bien seguro de que sus compatriotas se merecían aquel ébano líquido.

Pietro Della Valle ante la Esfinge y las pirámides de Gizé.
Dos años después de su partida de Italia, Pietro pisó, por fin, Jerusalén. En ese tiempo empezó a cambiar cartas con su médico: llegó a enviarle cincuenta y cuatro en total, recogidas en una obra titulada Viaje de Pietro Della Valle, descritos por él mismo en cartas amistosas a su amigo, el erudito Mario Schipano, divididas en tres partes: Turquía, Persia e India (sí, coge aire, los titulitos de la época se las traían).



Portada del libro de viajes de Della Valle.
De camino a Damasco, llegó a las manos de nuestro enamoradizo aventurero el retrato de una mujer, una princesa mestiza -siria y armenia- llamada Maani Gioerida. No tengo que contarte que, muy mal escarmentado, Pietro volvió a enamorarse hasta las cachas. Como tiran más dos mamellas que una reata de camellas, el italiano salió a escape hacia Bagdad, donde la niña de sus ojos, a la que no había visto nunca, residía. Pietro, como Julio César, fue, echó un ojo al percal y venció. Maani era cristiana nestoriana, así que pudieron casarse en un pispás: no tardaron un mes.

El ansia de Pietro era muy bien correspondida por su flamante desposada, pues ella quería, a todo trance, un hijo. Mohína porque la semilla itálica no prendía en su vientre asiático, cuentan que echó mano de un cuento, como Sherezade. Y aquí es donde Homero se une con el café, tal y como te expliqué en una entrada anterior. Maani le jura a su esposo que una mezcla de vino y café hará de él un semental que ya querría en sus establos el Gran Turco.

Maani, primera esposa de Della Valle.
Como Della Valle no bebía alcohol, le replicó a su cónyuge, intensa ella, que había naciones abstemias en las que, sin embargo, se alumbraban niños. A la exigente armenia no le hizo falta más que ponerse de morros y sugerir otra abstinencia para que su hombre se dejara de monsergas. De inmediato, el bueno de Pietro sorbió, "como un pajarillo en un brocal", unos tragos de aquella mezcla de vino y café y, vete a saber por qué, Maani quedó grávida y más contenta que unas pascuas. 


De resultas de aquel prodigio, Della Valle concluyó que esa era la potente droga que Helena le ofreció a Telémaco en la corte de Menelao: el nepentés homérico que tonificaba a los melancólicos. Para entonces, el matrimonio de aventureros ya había llegado a la India, donde el italiano empezó a sentir nostalgia, a cansarse de novedades y a curarse de aquella fiebre de una cruzada europersa contra los otomanos. Convinieron en partir para Italia, pero Maani, embarazada, muere de malaria. Desesperado -ya sabemos lo tremendo que era-, al viudo no se le ocurre nada mejor que aplicarle a su finada lo que había aprendido en Egipto.


"De la arena donde la habían escondido,
 sacó una momia". Della Valle en Egipto.
El doliente Pietro no tardó un ¡ay! en mandar que la momificaran. Y todo lo soportó: que la lavaran, que la secaran al sol para curtirla, que la untaran de alcanfor; incluso aguantó la evisceración, pero cuando, en un gesto de cortesía fúnebre, el embalsamador le entregó el corazón de su amada, Della Valle entró en cólera y casi fabrica momias nuevas.

Un lustro le llevó a nuestro aventurero volver por fin a Roma, siempre con el sarcófago de su mujer a cuestas, rogando, sobornando o amenazando a los capitanes y caravaneros que se negaban a viajar en tan fúnebre compañía. El 28 de marzo de 1626, Pietro Della Valle aspiró, de nuevo, el aire miasmático de las ciénagas romanas, que a él se le debieron de antojar esencias de Oriente. Lo primero que hizo fue enterrar a Maani en la capilla de San Pablo de la Iglesia de Santa María de Ara-Coeli. Después hizo balance: ¿qué había sacado de doce años de trajín por Asia aparte de una momia, un par de idiomas nuevos, una alianza utópica y unos litros de café? Pues toma nota...


Gato persa, introducido por Della Valle en Europa.
La Biblioteca del Vaticano recibió manuscritos inéditos y antiquísimos para sus fondos (¡al loro, Dan Brown!), amén de restos de momias egipcias; por eso, el Papa Urbano VIII nombró a Pietro camarero de sus aposentos; los eruditos romanos vieron, por primera vez, adobes con escritura cuneiforme; trajo munición para los fanáticos de los vídeos de gatitos en Youtube, pues introdujo el gato persa en Occidente; y se casó con la hija adoptiva de Maani, una jovencita circasiana, María Tinatia de Ziba, apelada Mariuccia, que había cuidado de la momia y que le dio catorce hijos. También importó semillas del cafeto para que toda Italia bebiera la infusión... ¡Pero qué lástima de esfuerzo! Otro italiano se le había adelantado: Próspero Alpini, médico y botánico, asistente del cónsul veneciano en El Cairo, había descrito, dibujado y empaquetado granos de café... en 1592. La culpa no fue suya, tienes que ponerte en su lugar: en el Renacimiento no había Internet y uno tardaba una eternidad en ponerse al día, si es que llegaba a hacerlo. En todo caso, si estás tomando un café mientras lees estas líneas, no estará de más que brindes a la memoria de Pietro Della Valle y de sus muchos afanes y trabajos para que conociéramos en Europa la oscura infusión. ¡Salud, viajero!


Viaje de ida a Oriente y retorno a Italia de Pietro Della Valle a principios del siglo XVII.













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2 comentarios:

  1. Me ha encantado la aventura viajera de este personaje. Y esa actitud con respecto a enamorarse hasta los huesos.. increíble lo de momificar a su esposa y llevarla con él.
    Un abrazo

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    1. Suni, es lo mínimo que haría cualquier enamorado del café. Como dirían en mi barrio: "Si hay que ir se va, pero ir pa'ná". Así de tremendo era el hombre. En cuanto a lo de la momia, yo creo que le dio una insolación. Un abrazo.

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