sábado, 9 de mayo de 2015

CITA EXPRÉS

William Harvey



"¡Del café vienen 
la dicha y el ingenio!"


En el siglo XVII, el Hombre Nuevo (europeo) se siente como un coloso con un catalejo en una mano y un microscopio en la otra, ambas gobernadas por el águila de la Razón, que ha hecho nido en la atalaya de su cabeza. Su mirada abarca, a la vez, horizontes fabulosos y misterios tan profundos que eran insondables hasta la víspera. Es tanta su soberbia que se atreve a mirar a Dios sin miedo a consumirse en su fuego y sin bajar la mirada ante Él. Hace falta mucha bravura, pues sabe que su nueva visión del Universo puede acarrearle muerte y olvido, sin que pueda decidir cuál de las dos condenas es peor. Que le pregunten a Galileo, a quien Roma obligó, si quería salvar su vida, a retractarse del heliocentrismo, de su telescopio y de haber escrito en el lenguaje del vulgo y no en latín.

En esa época se hace inmortal el inglés William Harvey (1578-1657), quien alcanzó su parcela en los Campos Elíseos avalado por Esculapio, el dios de la Medicina. Para ser justos, consiguió su celebridad aupándose en los hombros de otros. Harvey desveló la circulación sanguínea veinticinco años después que Miguel Servet (1509-1553), un español que ya la había asomado en una obra teológica heterodoxa que fue quemada en Suiza junto a su autor. Y Servet, según parece, se inspiró en los estudios de un árabe medieval, Ibn Nafis.
Miguel Servet.
 Por cierto, a Servet lo condenó y ejecutó una inquisición protestante (ahí, los propagandistas de la Leyenda Negra hispánica silban y miran al techo). 

Al español lo mandó quemar un fanático religioso que instauró en Ginebra una teocracia inclemente: Juan Calvino (1509-1564). Su inquisición se llamó Consistorio de Ginebra y se cuentan por docenas las torturas y ejecuciones dictadas por ese tribunal calvinista. Sí, te estoy diciendo que los muy civilizados y neutrales suizos, expertos fabricantes de chocolate, relojes y cuentas muy reservadas, tienen un pasado y esqueletos en el armario, como cualquier hijo de Europa. Aunque si le preguntas a un ginebrino, te dirá que Calvino y sus secuaces eran "exiliados franceses". Y mientras apenas reconocemos a Servet en España, los librepensadores del mundo lo lucen como bandera del combate entre el pensamiento racional y la superstición fanática.

¡Ya me he enjardinado otra vez! Y todavía tengo el descaro de llamar Exprés a estas entradas de fin de semana. Bueno, a lo que iba. Frente a esas tinieblas del oscurantismo religioso -católico o protestante-, a Europa llegaban en el XVII el exotismo de América y los misterios de Oriente, estibados en los galeones del Atlántico y en las galeras del Mediterráneo. William Harvey fue un pionero en aquello de probar placeres de tierras más cálidas que la suya. Unos años antes de que las coffee-houses londinenses llegaran al top de lo más in en la City, Harvey y su hermano Eliab ya eran empedernidos bebedores de café.

Coffee-house londinense del siglo XVII.

El primero de aquellos establecimientos cockneys lo abrió un siciliano, Pasqua Rosée, en 1652, cinco años antes de que Harvey pasara a mejor vida, aunque ya verás que la que tuvo aquí no fue tan mala. Para empezar, estudió en Padua, culmen europeo de la enseñanza de la medicina; su padre, un comerciante acaudalado, se hizo cargo. Sus maestros fueron, entre otros, Vesalio y Falopio. Cuando volvió a Inglaterra, fue admitido en el Real Colegio de Médicos, se hizo yerno del galeno de Jacobo I y acabó siéndolo del primer Carlos inglés.


Harvey muestra la circulación sanguínea a Carlos I,
según Robert Hannah.

Por entonces, el tabaco americano y el café oriental tenían la consideración de panaceas universales. El francés Juan Nicot, padrino de la nicotina, introdujo el tabaco en Francia en 1560 gracias a su empleo como embajador galo en Portugal. La reina madre de los Valois, Catalina de Médici, se convirtió en una auténtica fanática del rapé, pues era lo único que aliviaba sus jaquecas. Del café se decía que curaba la hidropesía, disolvía las piedras renales, aclaraba la vista, sanaba a los gotosos, mejoraba las migrañas, aliviaba la melancolía y la hipocondría, evitaba los abortos y combatía el escorbuto. La imagen que acompaña a este párrafo es un fragmento de un anuncio inglés de 1652 sobre sus virtudes.

"Es lo mejor para niños que padecen el Mal de los Reyes [escrófula: tuberculosis ganglionar]". La llamaban así porque creían que los reyes de Inglaterra y Francia la curaban por imposición de manos.





Con la llegada de ciertos productos exóticos al Viejo Mundo no cambiaron solamente los gustos del paladar, sino también las ceremonias de consumo de sustancias aliviadoras del espíritu y estimulantes del pensamiento. Los caballeros compartían pipas entre ellos y pellizcos de rapé con las damas. Se establecieron horarios y ritos para tomar unas tacitas de té o café o unas jicarillas de cacao.

Cafetera inglesa del siglo XVII.
En este renacimiento y refinamiento del Arte de la Intoxicación, el opio tomó la consideración medicinal de los demás ultramarinos. De hecho, Harvey, además de ser un consumado cafeinómano, bebía láudano, una tintura alcohólica de opio creada por el alquimista Paracelso (1493-1541). En su composición entraban el vino blanco, el azafrán, la canela, el clavo y, claro está, la esencia de la adormidera. Si fuéramos conscientes, solo por un instante y una pizca, de los dolores y miedos cotidianos de la época -donde sobrevivir sano de mente y cuerpo era la verdadera aventura-, sin duda seríamos muy condescendientes con lo que hoy tachamos de vicio.

Excitado por el café -o aliviado por el láudano-, William Harvey, ya en su lecho de muerte, mandó llamar a un abogado para comprometer a sus colegas del Colegio Real de Médicos. Dejó establecido que, una vez al mes, en la fecha de su muerte -3 de junio de 1657-, se reunieran para tomar unas tazas de café a su salud (a la de su fantasma, querría decir). Para eso legaba al órgano colegial cincuenta y seis libras de grano, que vienen a ser veinticinco kilos y medio. En aquel acto de postrera voluntad, tomó una de aquellas semillas entre sus dedos, se la mostró al letrado y sentenció: 
"¡De aquí vienen la dicha y el ingenio!"
Y Esculapio vino a tomarlo de la mano para llevárselo a los Campos Elíseos, donde seguirá bebiendo café con los hombres piadosos y los héroes de todas las épocas mientras Morfeo, el dios de la amapola, instila en su laureada cabeza suaves divagaciones.



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5 comentarios:

  1. Yo después de esta reseña me apunto a tomar un café contigo. ¡Mira que me gusta! sin exceso. Después de comer una taza con helado de vainilla y bourbon. Yo soy un poco más refinado que Harvey y más sofisticado que todos esos impenitentes sufridores del XVII.
    Un verdadero placer leer tus reseñas
    Paso as poner el enlace de tu blog en el mio.
    Un abrazo

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    1. Muchas gracias por tu comentario y por tu interés, Francisco. Lo del bourbon es de puro sibarita; lo comparto. Un abrazo de libro.

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  2. Como siempre interesante. Lo he leído tomando el café con leche del desayuno, y me ha gustado mucho, tu relato claro, y me ha sabido mejor el café au lait.
    Es una pena el desconocimiento de Servet por parte de nuestro país y sí los suizos son como son.. veas donde va el dinero..Y cuan importante era el café y otros para aquell@s que vivieron en esos siglos...está claro que era una medicina..
    Un Abrazo

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    1. Como bien tú sabrás, Suni, a veces juzgamos muy a la ligera a quienes vivieron antes que nosotros, sin recordar que en el futuro también nos juzgarán. Me alegra que hayas leído la entrada con un café, así entra mejor. Muchas gracias.

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