martes, 12 de mayo de 2015

LA VIDA, TOZUDA, NO SE RINDE



©José Juan Picos


Los cristianos de la Edad Media tenían al cisne como símbolo de hipocresía, pues bajo sus plumas blancas esconden carne negra. O eso decían; yo no lo sé, me he comido muchas cosas -con mi parte de marrones y ruedas de molino-, pero cisne nunca. A la ría que tengo enfrente mientras escribo esta nueva entrada -la de O Burgo, en Coruña- le pasa tres cuartos de lo mismo: cuando la marea está alta, y aquí sube mucho, es un espejo bellísimo que refleja con nitidez sus riberas; pero, cuando baja, la basura que los humanos botamos al mar sin ninguna clemencia se encara con el cielo y te encoge el alma. 

Y sin embargo, a pesar de nuestra miseria y de la mezquindad con que gobernamos nuestras pequeñas existencias, la Vida, tenaz, estalla cada primavera entre el basural y nos regala belleza por cada herida que le infligimos. Hay que reconocer que, en eso, es sin duda más cristiana que el mismísimo Papa de Roma, pues no se cansa de poner la mejilla... hasta que se canse, claro, que avisos va dando.

©José Juan Picos

En una entrada de hace una semana relacionaba yo los cisnes del rococó con los que tengo alrededor de casa. Y te prometí que si las nidadas que esperábamos rompían por fin el cascarón, te las traería aquí. Y eso hago, cumplir mi palabra. Porque el domingo se abrieron los huevos de uno de los nidos; para ser exactos, dos de cinco, los otros tres se malograron. Tuve la suerte de ver a la hembra, de pie sobre el nido, aún esperando a que alguna cabecita asomara entre añicos, pero el milagro no ocurrió. Mientras, el macho tenía a la pareja recién nacida, ya lista para nadar, entre las patas. Una pena que no llevara cámara ni móvil -yo, no el papá cisne-; había salido a correr y, para ese menester, no llevo encima más cachivaches que las ganas, unas buenas zapatillas y una vieja gorra, compañera de muchas aventuras; así que no pude hacer unas fotos de la nueva familia. Lástima de imágenes; y del parto incompleto, claro. Una semana antes, otra hembra, me da que primeriza, abandonó el nido sin que la puesta llegara a buen término, allí se quedaron los huevos.

©José Juan Picos
Puede que la Naturaleza, tan sabia y previsora en sus cosas, no haya querido que las parejas de cisnes vuelvan a tener, como en años anteriores, familia numerosa. Hay cerca de medio centenar de adultos en la ría y el metro cuadrado de territorio se les ha vuelto más caro. 

De hecho, una de las labores que más energía les hace consumir a los padres de los nuevos polluelos es mantener lejos a sus futuros competidores. Estos rodean a la pareja y al par de benjamines con lo que no parecen buenas intenciones. No te fíes, los lindos y pacíficos cisnes de los cuadros pueden ser, en la vida real, auténticas bestias. En la foto de abajo, que he insertado en su mayor amplitud para que la puedas ver mejor, tienes al macho de la pareja rompiendo el agua con la quilla de su pecho para expulsar a los merodeadores. Saben que un picotazo suyo les puede abrir el cráneo como si fuera, propiamente, un huevo. También la madre, esponjada y con el cuello curvado como la viga de una catapulta, amenaza, por su parte, a los que no se dan por aludidos.


©José Juan Picos



©José Juan Picos

Y si a un paseante curioso como yo se le ocurre alargar el pescuezo o acercarse unos pasos más de la cuenta a los polluelos, ya sabe a lo que se enfrenta: el ala de una de estas aves, batida con la energía de una madre que defiende a sus crías, puede producir heridas y fracturas. A la vez, el guardián alado emite un amenazante trompeteo -el que avisa no es traidor- que no debes confundir con el mítico canto del cisne.

©José Juan Picos
©José Juan Picos

Es verdad, es verdad, tienes razón... Estoy tardando en presentarte a los verdaderos protagonistas de este post. Discúlpame. El caso es que, al final, como puedes ver, cogí mi cámara y me puse a tirarles fotos como loco. He visto pocas figuras y figurillas de la televisión que aguanten un primer plano como estos modelos. Así que aquí tienes al primero, un tierno payasete de peluche, con sus zapatones y su narizota...

©José Juan Picos

A partir de aquí, me callo y te dejo disfrutar de las imágenes que siguen. Una cosa, ¿se asfixia uno si está mucho rato en silencio? "¡Sssshhhhhh!"... Vale, vale, luego te lo cuento...

©José Juan Picos

©José Juan Picos

©José Juan Picos

©José Juan Picos

©José Juan Picos

©José Juan Picos

Pues no, no me he asfixiado, aquí estoy. Listo para salir a disfrutar de nuevo de estas bellezas. Es verdad, tengo suerte; a veces hay que decirlo en voz alta, o escribirlo, para alejar al aguafiestas que llevamos dentro. Por eso quiero compartirla contigo. Durante un año veré a estas criaturitas crecer, aprender de sus padres, independizarse y, un día, echar a volar ellos solitos, como sus congéneres de hoy mismo, que pasan volando sobre mí para espantar mi muy humana soberbia...

©José Juan Picos







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2 comentarios:

  1. Mira yo no te voy a comentar la entrada por lo que pones de los cisnes: Que seguro que hay blogs de naturaleza y ecología más densos.
    yo te voy a hacer el comentario a tus fabulosas fotos ¡Que lo son! por el oportuno momento en el que están tomadas y por la humanidad y el sentimiento que pusiste en las palabras con las que nos contaste el proceso natural de nuestra madre Natura.
    Un abrazo y a seguir.

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    1. Pues yo solo puedo darte las gracias, Francisco, porque decir algo más que eso sería artificial y poco natural. ¡Muchas gracias y un abrazo!

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