sábado, 27 de junio de 2015

CITA EXPRÉS

Kulczycki



"¡Santo Cielo! ¡No queméis el café!"


El espléndido otoño vienés está a punto de despojar de prendas las perchas de los bosques de la capital imperial. Este año de 1683, empero, las hojas secas se pudrirán entre cadáveres de dos continentes, sobre una tierra cuajada de sangre y lágrimas. Dos meses antes, con el verano en su cénit -algo tarde para una campaña bélica-, otra horda oriental ha puesto sitio crudelísimo a la Puerta de Europa, con la orden, de boca del mismísimo Mehmed, Cuarto de su nombre, de echar abajo sus batientes. Al frente de los nuevos hunos viene Kará Mustafá, Gran Visir de Constantinopla, soberbio y rapaz. El Sultán, Soberano de la Casa de Osmán, Sucesor del Profeta del Señor del Universo y Comandante de los creyentes, espera sus noticias -de victoria, no caben otras- tomando platillos de café en su serrallo de Belgrado.

Kará Mustafá (1635-1683).
Los vieneses más blasonados y canosos aún recuerdan que, casi veinte años antes, el embajador turco en la ciudad invitaba a café al emperador con mucha inclinación de cabeza y mucho estiramiento de labios y lucimiento de dientes. "Así sonríen los chacales", piensan ahora los defensores de Viena, desmochada por la artillería jenízara y carcomida por las minas de los ingenieros franceses, cuyo rey, apelado Sol, con una mano estrecha la del Turco y con la otra apuñala a la Cristiandad. Su ambición y el ansia borbónica de escapar al cerco de los Austrias españoles y los Habsburgo imperiales lo han llevado, tal y como hizo Francisco I con el káiser Carlos, a entenderse con la Creciente infiel. Para Luis XIV, los jenízaros de la Sublime Puerta y los corsarios de Berbería no son los enemigos de Francia, sino los granaderos alemanes, los dragones austriacos o los mosqueteros españoles. Mas los reyes proponen y la Historia dispone: hoy, duodécimo día del noveno mes del año de mil seiscientos y ochenta tres, los vieneses amanecen y se dan ¡Al arma! con cañonazos escupidos por bronce amigo. Y no el de sus castigados bastiones...

El ejército de Leopoldo I, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, ha tomado, bajo las órdenes del competente Duque de Lorena, las colinas de Kahlenberg, atalaya de la planicie vienesa. Les acompañan los jinetes polacos de Jan Sobieski y los regimientos de aguerridos voluntarios de los príncipes electores alemanes. Ahora permite que, llegados a este punto, le pase el cuento a Yago Valtrueno, protagonista de El viento de mis velas, que lo cuenta mejor que yo:
"En los altos de Kahlenberg alcanzaron la gloria los húsares alados del rey Juan Sobieski, los soldados más bellos y terribles que jamás hayan cabalgado sobre la Madre Tierra. Héctor y Aquiles, mezclados en una sola alma, serían tan marciales, al lado de aquellos arcángeles, como este pajecillo que aquí veis -y señaló al negrito con la barbilla.
[...] Refulgentes en sus corazas y cotas de malla, espantando a los infieles con el fragor de sus alas de madera festoneadas con plumas de águila, entonaron un grito de guerra cuyos ecos aún resuenan en las llanuras de Austria y Hungría. Si perdían sus lanzas de carga, tronchadas o embutidas en armaduras, músculo y hueso, los húsares polacos echaban mano de los sables para rebanar la masa informe de jenízaros en fuga, empapando de sangre renegada las pieles de leopardo que los adornaban".

Recreación con tintes heróicos de un húsar alado polaco-lituano firmada por Mathias Zamecki (http://mathiaszamecki.com/)

Tal y como remata Yago, enardecido con lo que narra, "gracias a aquella victoria, los austriacos siguieron yendo a misa los domingos y no los viernes a la mezquita". Es verdad que la llegada de los aliados fue de lo más oportuna, tras la eficaz, pero agónica, defensa de los sitiados. Un mes antes, uno de ellos se había jugado el cuello para llegar hasta Carlos de Lorena y hacerle entender la desesperada situación de la capital, amén de darle noticias de la fuerza, disposición y ánimos de la horda otomana. ¿Quién fue aquel valiente que salvó a Europa?, ¿qué nombre recibió en la pila bautismal aquel héroe impregnado del aroma de una poción mahometana? Te hablé de él en un post anterior, dedicado Mozart; y ya te avisé de que era un "punto filipino"...

Jerzy Franciszek Kulczycki nació en 1640 en el seno de una familia de prosapia de la República de las Dos Naciones, también conocida como Mancomunidad del Reino de Polonia y del Gran Ducado de Lituania. De nuevo cedo la palabra a Yago:
"Mientras los de su edad aprendían a llevarse la cuchara a la boca, a él se le quedaban, como quien no quiere la cosa, los rudimentos de las lenguas más extrañas. Al caérsele el último diente de leche ya parlamentaba en alemán, húngaro y rumano -su polaco natal aparte- y entendía decentemente la jerga turca. Cuando no le quedaba más vello que salirle en el cuerpo, pues ya tenía cubiertas de pelo las ingles, se unió a los cosacos ucranianos, con los que combatió a los tártaros de la Sublime Puerta. Quiso Fortuna, más como favor que como castigo, que cayera prisionero. Antes de que lo empalaran o le quemasen los ojos con una espada candente, se presentó, echando mano de un desparpajo proverbial, como un experto trujamán".

J.F. Kulczycki (1640-94).
Tan rara les pareció a los turcos su destreza como intérprete, que acabaron por venderlo a muy buen precio a unos tratantes serbios. Suerte que el sultán, que ya era Mehmed IV, proscribiera por entonces a todos los mercaderes balcánicos, dictando que fueran perseguidos como espías enemigos del imperio otomano.

Avisado del peligro, Kulczycki se acordó de que él era polaco y reclamó, en todos los idiomas que sabía, sus derechos de cuna. Liberado e invitado a abandonar los territorios del sultán, acabó en Viena, donde se ofreció para buscar y avisar a los refuerzos imperiales. Al final sí resultó ser un espía:
"Aquel pájaro de cuenta, del que muchos pensaron que pretendía largarse con viento fresco, se coló primero entre las bandas de música guerrera de los jenízaros, las Meterhané, que llenan de valor extático los corazones de la horda y de terror pánico el de sus enemigos..."

Los alemanes aún llaman hoy a sus bandas de música militar Janitscharenmusik: "música de jenízaros".

"... Entre la barahúnda de chirimías, timbales y tambores, el espía gritaba a pulmón abierto
Rahim Allah -Dios Misericordioso- y Karim Allah -Dios Generoso-, para que los músicos pensaran que era un auténtico creyente. Luego atravesó las líneas de asedio entonando canciones turcas, que ya no eran de alabanza a Dios, sino de esotras que podrían ruborizar al mismísimo Mahoma, que tuvo fama en su tiempo de rijoso incorregible".
El resultado ya lo conocemos: Asia fue, de nuevo, vencida por Europa, como en tiempos de Homero, Alejandro y Juan de Austria; y Jorge Francisco se convirtió en una especie de Ulises, tan ágil y astuto como el de Ítaca. Como justa recompensa, los burgueses de Viena lo cubrieron de oro y le regalaron un palacete. Mientras el aventurero echaba cuentas, llegó hasta sus narinas un aroma inconfundible... No, peor aún: ¡La peste hedionda de un sacrilegio! Kulczycki alcanzó a escape los restos del campamento turco, donde no pudo contener un grito al ser testigo del desmán de los imperiales:
"¡Santo Cielo! ¡No queméis el café! Si no sabéis lo que es, dádmelo. Yo haré buen uso de él".
Vaya si Jorge Francisco sabía lo que ardía en aquellas hogueras de celebración y revancha. ¿Cuántas tazas no habría servido a sus dueños turcos mientras fue dragomán entre ellos? Ya te habrás maliciado que aquello que los cristianos victoriosos quemaban no era, como creían los muy necios, pienso para camellos, sino sacos de café. Al polaco sagaz no se le pudo decir ¡Tarde piaste!, pues salvó grano suficiente como para abrir el primer café vienés: Die Blaue Flasche, La Botella Azul.


Kulczycki sirve café a la parroquia en Die Blaue Flasche.


Como de tonto no tenía ni las intenciones, se dio cuenta de que los vieneses no iban a pirrarse por la bebida nacional de sus enemigos, así que coló la borra del café turco, lo endulzó con miel, le aclaró la cara con nata y lo coronó con canela. Y ahí mismo nació el café vienés...


¡Termina de leer o te quedas sin postre!

Azuzado por el éxito de su receta, servía las mesas de La Botella Azul ataviado como un turco, regocijando a los parroquianos con la fantasía de que un vencido los atendía. Para remate, la leyenda cuenta que ideó unos bollos en forma de media luna para acompañar cada taza. Juran los cronistas que el rey Jan Sobieski y su caballo se comieron, mano a pezuña, diez sartenes colmadas de aquellos estandartes otomanos de hojaldre y manteca. Hoy los llamamos croissant (crecientes), pero en París les dieron el nombre de vienesas.

Jerzy Franciszek Kulczycki prosperó en la ciudad que le dio un lugar en la Historia de Europa y, claro está, en la del café; su kaffeehaus Die Blaue Flasche permaneció abierta hasta el año de su muerte, en 1694. Kará Mustafá, su enemigo, no regresó nunca a Estambul. Fue condenado tras su humillante derrota en los altos de Kahlenberg. Sus jenízaros lo estrangularon y decapitaron en Belgrado el día de la Natividad de aquel mismo año de 1683. Mehmed, el Cuarto de su nombre, les había enviado el cordón negro que les sirvió de garrote.

Viena no olvida a sus héroes.
El polaco que inventó el café vienés es hoy el patrón de los barmen capitalinos y cada año se le festeja en los escaparates y barras de las modernakaffeehäuser. Una estatua esquinada recuerda sus peripecias entre el callejón de Kolschitzky -su apellido en alemán- y la calle Favoriten, que toma su nombre de un pabellón de caza que hubo allí. Hoy es una de las zonas más populosas y entretenidas de Viena, en línea con el buscavidas que la salvó y que, para recochineo, se disfrazó como aquellos a los que venció con su astucia... En fin, que yo -que nunca tuve lenguas de fuego sobre la frente- me he preocupado de aprender el alemán suficiente como para viajar a Viena: Ein Wiener Kaffee, bitte, und ein Croissant! (¿O será con K?).



[Los entrecomillados de este post pertenecen a mi novela histórica El viento de mis velas (Peripecias de un empedernido bebedor de café), disponible en Amazon.]

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4 comentarios:

  1. Interesante artículo, yo creo que te deberían de poner en las peluquerías o clínicas dentales, para cuando estás esperando que la gente nunca lleva nada para leer, poder coger algún artículo tuyo en vez de la revista de motos, coches o de prendas de vestir llevadas en fiestas glamurosas y horteras.
    Míralo, igual hay un nicho por explorar jajaja.

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    1. Pues oye, no es ninguna tontería, más bien es como para estudiarlo. Eso sí, con una cafetera cerca con sus complementos.Pues tengo una peluquería debajo de casa, por algún sitio hay que empezar. ¡Un abrazo, Bardo Beodo!

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  2. Amigo José Juan, no sé si el silencio es el mejor comentario que puedo hacer a tu entrada, pues el cafetito vienes y el croissant me han sabido a "gloria" a esta primera hora de la mañana..,
    No puedo mas que decirte que es toda una lección histórica, pero con ese toque de curiosidades por aportadas
    Un abrazo

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    1. Muchas gracias, Suni. Sólo puedo decir "¡Buen provecho!". Y no, no te calles: tus comentarios siempre son bienvenidos en este blog. Un abrazo.

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