jueves, 11 de junio de 2015

CITA EXPRÉS

Liselotte,

Duquesa de Orleáns




"El café es lo peor del mundo"


No lo he hecho a propósito, querida lectora, nada más lejos de mí. Pero es verdad que traigo por tercera vez a una mujer a una CITA EXPRÉS y, erre que erre, pone al café de vuelta y media. Primero fue Madame de Sévigné, luego las buenas esposas londinenses y ahora Isabel Carlota, Duquesa de Orleáns. ¡Y en poco más de un mes! (eso sí tiene que ser culpa mía; "cuestión de agenda", que dirían en Moncloa). Bueno, a lo hecho, pecho...

Liselotte -apelativo cariñoso y familiar de nuestra citada de hoy- era hija de Carlos Luis, Conde Elector del Palatinado, uno de los territorios del Sacro Imperio Romano Germánico. Nació en 1652 en Heidelberg y murió en Francia, muy a su pesar, en 1722. Para que la vayas conociendo -y verás que el dato tiene su relevancia-, Elisabeth Charlotte era más alemana que soltar perdigones al hablar. ¿No te he dicho que se apellidaba Wittelsbach von Pfalz? Dilo con un polvorón en la boca y verás.


Territorios del Condado Palatino del Rin o Palatinado.

Beth pasó -cosas de la edad- de niña feliz a jovencita prendada de su primo, Guillermo de Orange, que sería Tercero de Inglaterra. Su padre, ajeno a la llamada del amor, estimó que le convenía casarla con el hermano de Luis XIV, Felipe I de Orleáns. En cuanto Liselotte se enteró, sollozó lo justo, luego se encogió de hombros y, con todo su pragmatismo teutónico, se consoló al calcular que no tendría que gastar en árboles de Navidad con lo que le iban a poner por corona. Y no porque Philippe, honrado con el título de Monsieur, y ya viudo de una primera esposa, tuviera muchas amantes...

Philippe marcando cacha..
Según la vio, al hermano menor del Rey Sol se le olvidó toda su cortesía versallesca: "¡Aaaaaaign! ¿No estaréis pensando que me voy a acostar con eso?", se escandalizó según las crónicas. Es verdad que, a sus diecinueve primaveras, Liselotte no era la más mona del barrio, para qué te voy a engañar; ella tampoco se hacía líos, tenía espejos en casa:
“No tengo facciones; mis ojos son pequeños, mi nariz corta y gruesa, mis labios largos y planos [...] Tengo grandes mejillas colgantes y rostro alargado; soy de escasa estatura y corpulenta; mi cuerpo y mis muslos son también cortos, y en conjunto soy ciertamente una cosa bien fea”.
Ya se ve que hacía gala de una objetividad de lo más germánica. Por si aquello fuera poco, Isabel Carlota se lamentó en una ocasión de que la Naturaleza hubiera errado el tiro con ella:
"Durante mi juventud me gustaban las espadas y las pistolas más que los juguetes. Deseaba ser un niño, y este deseo casi me cuesta la vida, pues habiendo oído que Marie Germain se había convertido en un chico de tanto saltar, me puse a dar unos saltos tan terribles que es un milagro que no me haya roto el cuello en cien ocasiones”.
Permite que te explique que la Marie Germain que Liselotte menciona fue un transexual renacentista francés. El cirujano real Ambroise Paré (1509-1590) explica que Marie fue hembra hasta los quince años, pero, al saltar una zanja mientras corría tras una piara, se le rompieron los ligamentos genitales. Las autoridades consideraron que, por aquel accidente, debía cambiarse de nombre, de ahí Germain, y procurar hacer lo que quiera que hagamos los hombres en la vida.
¿Fea fotogénica o pintor adulador?

En fin, que aquel matrimonio de Liselotte y Philippe fue como hacer un pan con unas hostias, ya que si Philippe no se acostaba con su esposa no es porque fuese como una prima de Picio, sino porque él era más bujarrilla que donde los inventaron y tenía muchos amigos en el gimnasio. Cómo sería la cosa, que la propia duquesa, tan aficionada a las epístolas como la Sévigné, describió sin pudor en una de ellas el peculiar levantamuertos al que recurría su delicado esposo:
"Rosarios y medallas benditas en las partes apropiadas para poder realizar el necesario acto".
Un milagro, vaya, era lo que pedía el hombre cada vez que se aventuraba en el tálamo. A su esposa se le antojaba de lo más paradójico que Monsieur se colgara a la Virgen en la herramienta de liquidar virgos, tal y como alguna vez le confesó entre risas a Luis XIV; ambos se hicieron muy amigos: no había peligro de que el pendón del rey -no confundir con su estandarte- la sedujera, dada su falta de encantos visibles. No hay que olvidar que aquel Borbón le disparaba a todo lo que asomara el copete.

En la misma línea de Madame de Sévigné, cuando Liselotte le dio -con sobresaliente esfuerzo- tres hijos a su esposo, ambos consideraron que habían cumplido con sus obligaciones conyugales y dinásticas. Con su empeño en el tálamo, digno de encomio, dieron vida a la Casa de Borbón-Orleáns. Y cuentan que, muy civilizados ellos, quedaron tan amigos.

La numerosa correspondencia que la duquesa mantuvo con sus parientes palatinos alivió una vida muy sufrida que ella consideraba un verdadero exilio. Bromas aparte, cuando su padre la entregó para ser desposada, a Liselotte se le partió el corazón:
“Si mi padre me hubiera amado tanto como yo a él, nunca me habría enviado a un país tan peligroso como este, al que acudí por pura obediencia y contra mi propia inclinación. Aquí la duplicidad pasa por ingenio, y la sinceridad está considerada una tontería”.
Así era Versalles, flamante residencia del Rey Sol, quien se aficionó al café gracias a un embajador otomano, Solimán Agá. Y ya sabes lo que se dice: Si el rey bebe, todos borrachos. Así que la corte entera empezó a levantar tacitas y meñiques. El colmo de la frivolidad para Liselotte fue que su hermana Luisa, condesa del Palatinado, se pusiera a chapotear también en ese charco negro e infiel. Y se lo reprochó en una carta de 1701:
"Lamento mucho saber que os habéis acostumbrado al café. No hay nada peor en el mundo".
Tres años más tarde, insiste:
"No puedo soportar el café, el chocolate y el té, y no comprendo cómo hay quien se deleita con ellos".
Y aquí es cuando la walkiria Elisabeth Charlotte Wittelsbach von Pfalz hace honor a su cuna germana, construida con madera de roble sin desbastar y clavos de los nibelungos:
"Un buen plato de chucrut y de salchichas ahumadas son, en mi opinión, un regalo digno de un rey y preferible a cualquier otra cosa; una sopa de coles con tocino me convence más que todas esas fruslerías que tanto les deleitan por aquí"
[Ahora vuelve a echar un vistazo a la foto de cabecera de este post; de lo más coherente].

Y después de este banquete, el café con sacarina, ¿no?

¿Qué más se puede añadir sino desearle buen provecho a esta santa patrona de la Oktoberfest? Prosit, meine dame! Bueno, sí, una cosita: ¡Qué bien le habría venido a Liselotte un café después de ese festín digno de Pantagruel!, quien, por cierto, era de lo más francés...


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6 comentarios:

  1. Querido amigo me ha encantado..
    Un abrazo

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    1. Muchas gracias, Suni. Me alegro mucho. Un abrazo y buen fin de semana.

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  2. Simplemente opino que la realeza con todo su poderío y oriflama no sabe lo que es bueno. O eso o que el café que tomaban era aguado y de mala calidad.

    Y era fea de narices la tal señora...Bueno no era atractiva. Si hasta el macaco del cuadro grita horrorizado.
    Saludos

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    1. ¡Jajaja! Esperaba que alguien se diera cuenta del detalle del mono. Muy perspicaz, Francisco. La verdad es que cuánto más sé sobre esa gente, menos envidia me dan. Un saludo.

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  3. Después de leerte se me ha abierto el apetito jajaja. Me ha encantado lo de pronunciar su apellido con un polvorón en la boca. Bueno, divertido y genial. Me gustan tus comentarios jocosos.

    Saludos

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    1. Me alegra una barbaridad aportar un pizca de humor, nunca viene mal. Muchas gracias y feliz semana.

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