miércoles, 15 de julio de 2015

CITA EXPRÉS

Benjamin Franklin



"El café trae alegría sin embriaguez"


Hay dos experimentos con el café que no me atrevo a intentar. El primero, cambiar el agua por champán; así se lo preparaban al káiser Federico, llamado El Grande. La regla matemática establece que más por más es más, así que el champán multiplicado por el café tiene que ser igual a la ambrosía de los dioses, por lo menos. ¿Pues qué quieres que te diga?, a mí, en este caso, se me antoja "menos": aguachirle con burbujas. Será porque no soy tan aventurero como tanto buscavidas del café que ya ha pasado por este blog: Della Valle, Teixeira, Kulczicky... O que tanto placer junto me empalaga, ¿quién sabe?

El otro ensayo es el de aligerar una fabada con tragos de café; ¡ojo!, no digo después, allá en la merecida sobremesa, sino durante, en plena comida, tal y como hacían los cow-boys con el estofado de judías, cocinado en el mismo fuego de chasca en el que recocían la infusión (y sí, he dicho recocían). ¿Cuánto café -y whisky, por cierto- habremos visto beber en el cine americano? Comer no comen mucho (mi madre se desesperaba cuando veía tanta comida en el plato, mareada de un lado a otro y sin probar); no, los gringos de las películas no son de comer, pero nos consta que se toman hasta el pulso si se lo sirven en vaso corto. En fin, a lo que yo iba es a que el ansia norteamericana por el café es tan vieja como su propio país, ni más ni menos. Y te cuento...

Los primeros en llevar café a Norteamérica fueron los mercaderes calvinistas holandeses, crecidos por su independencia flamante y porque su Dios implacable tomaba de la mano a quienes sabían hacer dinero y enviaba a los abismos de Luzbel a los que no. De ahí, y de la extremosidad puritana estibada en el Mayflower, viene la muy norteamericana división del mundo entre ganadores (virtuosos) y perdedores (pecaminosos), crudamente practicada hoy en Europa por alemanes y holandeses. ¿Te das cuenta de cómo la Historia es una especie de gigantesco puzzle sideral cuyas piezas flotan en el espacio-tiempo hasta encajar en el eón adecuado? Por eso me huelo yo -pero me lo callo- que lo que pasa hoy en el Viejo Continente es otra guerra de religión: el Jehová de las batallas financieras de los boreales contra el Cristo de la compasión de los sureños; el Yahvé fatalista y matagandules contra el profeta del libre albedrío. ¡Bueno, basta ya de sermones!

Los Países Bajos, a la estela de Venecia en la novedosa importación del café a Europa, fueron pioneros, en cambio, en su cultivo y comercialización a gran escala. En 1616, mercaderes holandeses contrabandearon un cafeto de Moca, en Yemen, y se lo llevaron, como gaviotas con cuello valón, a Amsterdam. A mediados de siglo, la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales trasplantó vástagos de aquel arbusto robado en la isla de Java.


El muy taurino emblema de la Cía. 
Neerlandesa de las Indias Orientales.

En 1706, una de aquellas plantas javanesas "regresó" a casa y se convirtió en la estrella del Botánico de la capital de los tulipanes, jardín que recibió el soberbio nombre -el Viejo Mundo se miraba el ombligo- de "Vivero Universal del Café"...


El mercader Peter Minuit practica el tocomocho con los lenapes. 

¡Agárrate, que volamos ahora del Lejano Oriente al Salvaje Oeste! Hacia 1624 ya había colonos holandeses en la desembocadura del río Hudson, en la costa este norteamericana. El asentamiento era propiedad de otra compañía monopolista holandesa: la Neerlandesa de las Indias Occidentales. Uno de sus empleados, Peter Minuit, "compró" una isla a la tribu lenape por 60 florines en abalorios: la llamaron Nueva Amsterdam, ¿te suena?... Pues debería.


Pabellón de la Cía. Neerlandesa de las Indias Occidentales.

En l674, cuando las fuerzas expedicionarias británicas se hicieron con el asentamiento (Europa andaba en guerra), lo rebautizaron como Nueva York; y a los casacas rojas no les extrañó que ya se bebiera café de Java en Manhattan. También los ingleses, que sufrían por entonces una ferviente cafeinomanía, siguieron tomándolo en ultramar; pero, claro, en sus colonias asiáticas no se plantaban cafetos, sino matas de té. "¿Y ahora qué? ¿Esto cómo se arregla?" -se preguntaron los codiciosos regidores de la Honorable Compañía Británica de las Indias Orientales (desde ahora, la Cía.; ya ves que había unas cuantas en aquellos tiempos y que ponían el mundo del revés como la de ahora). La misma pregunta -"¿Esto como lo arreglamos?"- se hicieron los colonos. Pero las respuestas no tuvieron nada que ver...

Pabellón de la Cía. Británica de las Indias Orientales.

Los colonos fueron a preguntar a los contrabandistas holandeses que a cuánto la onza de café y que si tenían el té barato, ya de paso. Y los tulipaneros les dijeron que, por ser ellos y porque no pagaban aranceles a Su Graciosa Majestad, se lo dejaban a precio de amigo y les regalaban un abanico pa'que se dieran aires. Y todos tan contentos: café y té en las mesas coloniales y libras en las faltriqueras calvinistas.

La Cía. fue a quejarse a la Corona, ¡hombre, te diré! Y Jorge III, Parlamento mediante, aprobó el Acta del Té sin contar con las Trece Colonias del otro lado del mar. O sea, subida de impuestos a las importaciones americanas de té para proteger el monopolio de la Cía: "And they are lentils! If you want, eat them, and if not, not", sentenció el rey (o sea, "¡Y son lentejas! Si las quieres, las comes, y si no, las dejas"). Y se lío, ¿no se iba a liar?

Los futuros estadounidenses, que venían crujiditos a impuestos metropolitanos, estallaron. Unos antisistema (siempre los ha habido, no nos tiremos ahora de los pelos), llamados Los Hijos de la Libertad, se disfrazaron de indios mohawk y abordaron tres mercantes de la Cía. atracados en el puerto de Boston. Echaron al mar y a perder cuarenta cinco toneladas de té que importaban diez mil libras. Eso fue el 16 de diciembre de 1773 y el festejo se llamó Motín del té, Boston Tea Party para ellos. De ahí a la independencia, diez años.

El Motín del té en el puerto de Boston, con los falsos mohawk a bordo, en una litografía de 1846.







Y esto es lo que nos cuentan los libros de Historia, sin entrar en detalles, que esos los traigo yo. ¿Porque tú sabes, acaso, dónde se maquinó el motín?... ¡Ahí le has dao! Claro que sí, en un café, el bostoniano Green Dragon, elevado posteriormente al grado de "Cuartel General de la Revolución". Allá conspiraban independentistas como John Adams, que fue el segundo presidente de los Estados Unidos; James Otis, autor de la sentencia "Impuestos sin representación [parlamentaria] es tiranía"; o Paul Revere, creador de la red de espionaje de los sublevados y protagonista de una legendaria cabalgada que facilitó la victoria miliciana de Concord; es más, aquella galopada nació en el Dragón Verde.


El Dragón Verde, la revolucionaria coffe-house de Boston.

Tanto café tomaron aquellos revolucionarios que alguno debió de proponer -alegre, pero no embriagado- que, en vez de trece estrellas, se plantaran trece granos de café en la nueva bandera; me da que, en aquellos días, si pillaban a algún paisano bebiendo té, acababa embreado, emplumado y dando gracias por que no lo colgasen del árbol más cercano. Es más, en un Congreso Continental, representación política de los alzados contra la Corona, se tomó una resolución contra el té. Y John Adams le escribió a su esposa en estos términos:
"Se debe renunciar al té de modo universal, y yo debo abandonar la costumbre de tomarlo, cuanto antes, mejor".
Uno de aquellos colonos no había estado muy de acuerdo con lo del motín de Boston; es más, llegó a ofrecerse para compensar una parte de la mercancía dañada. Era Benjamin Franklin (1706-1790), Padre Fundador de los Estados Unidos (uno de ellos). Pero lo que importa aquí es que, al armarse la marimorena, se dejó de melindres y se lío la manta de la independencia a la cabeza. En una mano esgrimía la nueva constitución y en la otra una cafetera. 

Benjamin Franklin después de tomarse unos cafés.

Franklin recibió la misión, como ministro plenipotenciario del Congreso Continental, de firmar una alianza con Francia, enemiga declarada de Gran Bretaña. Y, claro, viajó a París, donde residió entre 1776 y 1785. Allá formó parte de la parroquia del Café Procope, nido de ilustrados y de conspiradores prerrevolucionarios. Por gusto, o por devoción patriótica, debió de tomar unas cuantas tazas del café que allá servían, preparado con más delicadeza de la que usaban los británicos, colonos incluidos. Puede que de aquellas veladas surgiera una de las citas que Franklin dejó para la posteridad:
"Entre los muchos lujos de la mesa, el café puede ser tomado como uno de los más valiosos. Trae alegría sin embriaguez; y el placentero flujo del espíritu que ocasiona nunca es seguido de tristeza, languidez o debilidad".
¡Y en París menos!, no s'as fastidiao; me da que las ciudades norteamericanas no eran, precisamente, suburbios ajardinados de Versalles. Porque no te lo he dicho hasta ahora, pero, mientras los cafés europeos eran lugares de negocio, conspiración, chisme y ocio, en las coffe-houses coloniales se respiraba un aire intoxicado con la severa laboriosidad hereje y su apabullante sentimiento de culpa; no, no estaba bien visto "perder el tiempo" en ellas... ¡Por mucho menos quemaron los puritanos a las brujas de Salem! De ahí que don Benjamín alabara la sobriedad de la infusión arábiga.

Tras la guerra de emancipación norteamericana (1775-1783), los continentales empezaron a mirar hacia el Oeste. Y las praderas se llenaron de carromatos conestoga y de fogatas sobre las que los pioneros recocían el café hasta convertirlo en un brebaje que asfaltaba la lengua y volvía de latón la campanilla. A algunos sibaritas norteamericanos (sí, ya sé, ¡menudo oxímoron!) les dio por mezclar el café con claras y yemas de huevo, o con la misma cáscara -picada, of course- para darle "riqueza y color"... "¡¡¡¿Cóooooomo?!!!" -no te sofoques, que no vas a arreglar nada, ya pasó. Y, además, aún no has oído lo peor: si no tenían huevos (que los tenían, y cuadraos), le echaban a la moltura de café cola fresca de bacalao. Sí, lo que yo te decía: herejes.

Aun así, lo que perdían en calidad, lo compensaban en cantidad, algo muy propio de aquellos emprendedores. A mediados del siglo XIX, en la naciente Norteamérica se tomaban ocho libras y media anuales de café por cabeza (casi cuatro kilos); en Europa, libra y mitad, unos setecientos gramos. Entre 1789 y 1921, la Oficina de Patentes de los EE.UU. registró casi un millar de accesorios para preparar café, cafeteras excluidas. Y todo para que hoy podamos beber, si hemos de pagar alguna penitencia, un aguachirle de franquicia cuyo ardiente envase te deja sin huellas dactilares. Una frase atribuida al presidente Abraham Lincoln resume el particular gusto de los suyos por el café:
"Si esto es café, por favor, tráigame té; y si es té, ¡por Dios!, tráigame café".




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10 comentarios:

  1. ¡Qué curioso! Y yo que pensaba que los yanquis adoptaron el café de la mano de sus colonias hispanas a partir del siglo XVIII...estaba equivocada, ¡cuánto se aprende leyéndote! y fueron los holandeses quienes lo trajeron chulimangándolo de la isla de Java ¡qué morro!...Y luego está la guerra entre el Te y el café (entre monopolios anda el juego).Claro está, finalmente ganó el café, como no podía ser menos en Norteamérica (John Adams se puso bravo). Pero eso de recocerlo...puafff...ahora entiendo por qué en la películas aparecen siempre las comisarías de policía con las típicas cafeteras melita y los termos de a litro, que debe ser que el agua-chirli es buena para hacer la digestión y evacuar jajaja. Con objetivos elevados gestaron la independencia a base de cafeinomanía. No me extraña si además le echaban huevos y demás aumentadores de tamaño, ¡una porquería!. ¡Qué diferentes los estilos de los británicos y los americanos aunque sean primos, ¿eh?
    Muy didáctica entrada, que me ha superencantado!!! ¡De lo que se entera una con los cotilleos históricos, jeje. Ha sido un verdadero gusto leerte.
    Abrazos, amigo

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    1. Pues sí, no siempre son inútiles las anécdotas y los cotilleos. Yo también estoy aprendiendo una barbaridad. Y sí, los monopolios siempre metidos en las guerras. Muchas gracias por tus comentarios, Marisa. Un beso.

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  2. Menudo repaso a la Historia, José Juan. Super instructivas todas estas curiosidades. Te felicito por este y los anteriores posts cafeteros. ¡Vaya currada! Besos

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    1. Muchas gracias, Érika, por tu comentario. La verdad es que me divierto y aprendo una barbaridad. Tomar un café ya nunca será lo mismo. Un besazo.

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  3. Me ha picado la curiosidad de hacer el café con champán¡¡ jaja, no sé que puede resultar de ello...Y te cuento..
    Y cuanta historia sobre el café que me deja sorprendida...Recordando ahora esas películas del Oeste americano, siempre esa cafetera al fuego..representada como un icono..
    Me ha encantado leerte de nuevo..tomándome el café de vacaciones
    Un abrazo

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    1. Estoy de acuerdo con lo que dices de las películas del Oeste: yo tampoco había caído hasta que he investigado para esta entrada. Menudo alquitrán. Oye, pues, si haces el experimento del café y el champán, luego lo puedes contar en una entrada y la publicamos aquí, ¿te parece? Muchas gracias por tu comentario. Pásalo bien.

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  4. Por eso existe el ensayo, para que el que quiera escribir cualquier cosa, lo haga y así despues llamarse escritor,.- me gustaria que escribieras sobre el saqueo a latinoamerica, cuando los españoles vinieron a poner su sucia religión y asi colonizarón esta maravillosa tierra, ojalá hubiesen sido otros los colonizadores, pero tenian que ser los mas torpes, asi es la vida y asi se escribe,.-

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    1. Gracias por tu comentario. Que tengas una buena semana.

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  5. Soy tan cafeinómana que si el día no lo inicio con la dosis personal matinal, me da un tremendo dolor de cabeza con el subsiguiente mal genio. Desconocía que el café hubiera tenido tanta influencia en la historia de los Estados Unidos, y que hubieran probado las variadas mezclas que dices. A propósito, en mi país cafetero, algunas personas acostumbran comerse el "cucayo" el pagaito del arroz dorado y crujiente y bajarlo con café tinto. Gracias por tu escrito espero leer la novela con aroma de café

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    1. Que interesante. Tomo nota para mí anecdotario cafetero. Y sí, a mí también me cambia el humor -para bien- cuando tomo un café a media mañana. Y gracias a ti por el comentario. Feliz semana.

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