sábado, 26 de septiembre de 2015

CITA EXPRÉS

Pasqua Rosée



"El  café es bueno para los niños enfermos"


¿Qué tiene que ver George Clooney con el señor que encabeza esta entrada? No nos ha quedado ni un mal carboncillo de la jeta de Pasqualino, así que no te puedo decir si era un galán o el primo feo de Picio. Pero, eso sí, ambos tienen, y tendrán para los restos, una íntima relación en la epopeya del café. Relación comercial, digo. Y es que los dos, Clooney y Rosée, han sido imagen de una marca cafetera: George de la de otros, Pasqua de la suya.

George Clooney is inside! 

Siete siglos después de que Avicena, el Príncipe de los Médicos, mencionara en sus escritos una sustancia prodigiosa llamada bunchum, el café aún seguía envuelto en una nube de misterio. ¡Ojo!, he dicho nube, porque si digo nave, ya veo a Iker Jiménez dedicándole un monográfico: "¿Los mismos extraterrestres que levantaron las pirámides e inventaron el alfabeto Ikea plantaron el primer cafeto con planes, intenciones u objetivos cuyo fin último aún no ha sido descubierto por la Ciencia contemporánea? ¡¿Eeeeeeeeeeehhhhh?! ¿Por qué a diario, y he dicho a diario, se escapa el aroma de un magnífico expreso recién hecho, sin trazas de aguachirle yanqui, en el Área 51? ¿Cabe la posibilidad de que el mono bajase del árbol para convertirse en homínido tras oler la aromática e inquietante infusión cuyos efluvios eran intencionalmente dirigidos, desde un arca de Noé intergaláctica, sobre colonias enteras de primates tanzanos? ¡Cuidadín!, que aquí hay temita... ¡Bienvenidos a la Nave del Misterio!".



Digo esto porque es más fácil trazar un perfil completo del alienígena que el ejército de los Estados Unidos encontró en el desierto de Nevada que del personaje que protagoniza este capítulo, del que ni siquiera sé decirte cuándo nació ni cuándo la diñó. Y eso que estamos ya en pleno siglo XVII inglés, a un suspiro de la Revolución Industrial; así que por falta de documentación no será.

Hervidor de café turco -ibrik- y molinillo.

Ahí va lo que, grosso modo, se sabe del amigo Rosée. Daniel Edwards, un importador británico de ultramarinos y coloniales asentado en Esmirna, sucumbió al muy otomano hábito del café. Cuando regresó a Inglaterra, allá por la mitad del siglo, no solo se agenció los consabidos sacos de grano, un ibrik turco, las tacillas de porcelana y todos los corotos necesarios para seguir disfrutando de la fragante bebida, sino que se trajo también a un mozo que sabía prepararla: Pasqualino Rosée. El zagalote, del que se duda si era griego o armenio, vivía, eso sí, en Ragusa. "¿Pero en qué Ragusa? –podrías preguntarme– ¿En la siciliana o en la dálmata?". ¡Ajá!

Mapa francés con la ubicación de Ragusa en el Golfo de Venecia.

Pues ni siquiera en eso se ponen de acuerdo las fuentes, porque los autores se abonan con simpar alegría a una u otra ubicación geográfica. Entiendo que andan más finos los que se refieren a la República de Ragusa (1358-1808), cuya cabeza era la actual y turística ciudad croata de Dubrovnik, capital de los Siete Reinos y sede del Trono de Hierro en Juego de tronos. Hablamos de una zona de paso en el antiguo comercio europeo con Oriente, por eso Ragusa cambió de manos bizantinas a manos venecianas con harta frecuencia. Hartos, justamente, de aquel vaivén, los ragusinos proclamaron su independencia en el siglo XIV, aprovechando los muy cucos que el reino de Hungría y la Serenísima República de Venecia, de la que entonces dependían, andaban a la greña. A cambio de un tributo anual -tributo entendido como impuesto, no como ese anglicismo cursi que lo iguala a homenaje-, los húngaros les permitieron gobernarse por sí mismos.

Panorámica del casco histórico de la ciudad croata de Dubrovnik, Ragusa en italiano aún hoy.

Aquella gente llevaba el mercadeo en la sangre, vamos, que lo de import-export lo traían de serie, pero, por si fuera poco, los vino a ver Yavéh cuando los Reyes Católicos expulsaron a los judíos españoles, pues en Ragusa acogieron a un grupo de sefardíes con muy buena agenda, repleta hasta las tapas de contactos orientales y occidentales. En el siglo XVI, Ragusa ya tenía una flota de doscientas naves y se tuteaba con Venecia. Sus tripulaciones eran muy marineras, pues aquellas costas habían sido madriguera de los piratas eslavos de Pagania, que hicieron y deshicieron a su antojo en el Adriático durante la Alta Edad Media. Pero todo en la vida, y en la Historia, se acaba: en 1667, un terremoto cambió el destino de aquella república marítima; sobre sus ruinas, dio comienzo la decadencia de Ragusa.

Puede que, pese a toda esta explicación, aún albergues dudas y des valor a la teoría de que Pasqua Rosée era de la Ragusa siciliana. Creo que la confusión radica en que la dálmata estuvo bajo la protección del reino normando de Sicilia en el siglo XII. Además, si el café estaba entrando en Italia por Venecia, que tenía relaciones comerciales con los mercaderes ragusinos del Adriático, ¿qué pinta Sicilia en todo esto? Pues eso, nada.

El ajetreado puerto de Londres sobre el Támesis en pleno siglo XVII .

En fin, que míster Edwards tomo a Pasqua como criado y se lo llevó a la City. Vuelve en este punto a echarse una nube bien oscura sobre la biografía de Rosée: que si el amo le puso al criado un tenderete en la calle o le abrió un local; que si fueron socios o no; que si le mandó a un administrador inglés de confianza, un tal Bowman, para que Pasqua no metiera mano en la caja y sisara café; que si Edwards y Rosée riñeron y el negocio se fue al traste…

Ubicación de la Coffe-house de Rosée junto a la Bolsa.

Sea lo que fuere, Pasqua ya servía café en 1652 en Sant Michael’s Alley, sobre las ruinas de la Londinium romana, en el distrito de Cornhill, germen del futuro centro financiero londinense; o sea, todo de los más cockney, que es como llaman a los castizos londinenses. Eso convierte al ragusino trasplantado, brumas históricas aparte, en el pionero de los barmen de la ciudad. Y más aún, en el creador del primer anuncio de café.

The Jamaica Wine House, negocio actual con el cartel que recuerda
a Pasqua Rosée en la jamba derecha de la puerta del establecimiento.

Pasqua Rosée mandó imprimir unos volantes en los que anunciaba la apertura del negocio, se presentaba a los clientes y detallaba los beneficios de tomar aquel ébano líquido. Un ejemplar original de aquel pregón volandero, algo dañado en los bordes, se conserva en el Museo Británico. Se titula Virtudes del Café, mandada imprimir en Inglaterra por Pasqua Rosée.

Hojilla volandera de Pasqua Rosée, primer anuncio de café del que se tiene noticia,
conservada en el Museo Británico.

Arranca la octavilla con una sumaria descripción del "grano o baya" del cafeto, "un arbusto que crece solamente en los desiertos de Arabia". Notas exóticas aparte, estas plantas no se dan más arriba o más abajo de los trópicos, ni fuera de plantaciones bien sombreadas con árboles de copa extensa. Pero, en aquel tiempo, qué le importaba a Rosée la exactitud botánica con tal de que los ingleses creyeran que tomaban el mismo néctar que el legendario Harún Al Raschid: "De allí [del desierto] sale para ser bebida en los dominios de los Grandes Señores", anuncia Pasqua, en una ladina y atractiva referencia a sultanes, califas y bajás. Cómo si ahora no bebiéramos placebos promocionados con la jeta y las boberías místicas de algún gurú bollywoodense nacido en Queens. La gente que produce las teletiendas y los programas de salud matinales también tiene hipotecas y libros de texto que pagar.

Interior de una Coffee-house londinense en una ilustración de 1668.
Aunque las mujeres no podían ser clientes, sí las regentaban.
Lordprice Collection/Alamy.

A continuación, el flamante expendedor de cafés explica cómo se prepara la rara cocción: "Es una cosa inocente, presentada como bebida, que se tuesta en un horno, se muele hasta convertirla en polvo y se hierve en agua fresca". Y a la receta le añade la posología: "Propia para tomarse una hora después de la comida […] tan caliente como sea posible, sin que llegue a despellejar la lengua".

Después se extiende en las virtudes de la poción arábiga para el cuerpo y el alma. Tras ser ingerido, "conserva el calor interior, ayuda a la digestión y es, por consiguiente, propia para ser tomada en la sobremesa". Nada que no hubieran dicho antes médicos, botánicos, mercaderes y viajeros -tónico cardíaco y bueno contra la gota, la hidropesía y los cálculos-, por lo que no sabemos si Rosée hablaba por experiencia o de oídas.

La novedad es que no considera que la nueva bebida esté contraindicada para ancianos y niños enfermos, sino que más bien se la aconseja. En apariencia, también le hace un guiño al público femenino: "Se ha observado que los turcos, que lo beben mucho, tienen el cutis claro, terso y blanco". No hay poco riesgo en lanzar semejante afirmación a un gentío, el londinense, que tenía a los turcos por demonios requemados por el acarreo de carbón en las más profundas calderas de Belcebú. En todo caso, me da que el mensaje no iba dirigido a las damas, pues ellas tenían prohibido entrar en las coffe-houses. Me explico.

Oliver Cromwell, por Samuel Cooper (1656).
Corrían tiempos puritanos. Tres años antes, en 1649, Carlos I Estuardo había perdido la cabeza por gobernar de espaldas al Parlamento. Tras la guerra civil entre parlamentarios y monárquicos, Oliver Cromwell, un calvinista ambicioso y fanático con notables aptitudes militares, se nombró Lord Protector, o sea, dictador de Inglaterra, Escocia e Irlanda. Así que puede que los austeros Roundheads (Cabezas redondas), sus fanáticos seguidores, quisieran conservar su tez lechosa para que nadie los confundiera con un turco del color de la pez o con un papista español, bastante más bronceado que ellos. De ahí que Rosée indicara que, antes de beber el café, se inclinase el rostro sobre la taza, como si uno hiciera vahos de eucalipto, para así potenciar su acción blanqueadora, igual que si fuera un detergente en gel.

Roundhead puritano,
por John Petty.
Eso en cuanto al cuerpo; porque en lo que atañe al alma, Pasqua Rosée proclama que "evita la somnolencia y prepara para los trabajos de la jornada". Añade que se trata del mejor remedio "contra la melancolía y la hipocondría". ¡No sas'fastidiao! ¿Y quién no se enfrenta mejor al lunes tras tomarse un buen café?, ¿o quién no disfruta de una apacible mañana de fin de semana con una taza de elixir humeante?

Al final de la hojilla volandera, verdadero antecedente histórico del What else? de Clooney, el anunciante da sus señas: "Se hace y se vende en Saint Michael´s Alley, Cornhill, por Pasqua Rosée bajo su sola dirección". Con tal remate, el barman cockney disipa alguna de las dudas iniciales: el negocio estaba a su cargo.



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4 comentarios:

  1. Buena entrada. Seguro que Clooney está tomando un café americano, aunque lo disimule. no me extrañaría que el café fuera invento de un ser superior, tipo alienígena porque un buen café el lunes por la mañana, como tú dices, es una abducción total. Pero cuando más lo disfruto es cuando, tras una noche sin dormir, por viaje, trabajo, o algo así, inicias el día siguiente con un buen café negro. Manjar de galaxias lejanas.
    Un beso.

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    1. "Manjar de galaxias lejanas", qué buen eslógan. Deberías registrarlo. Gracias por tu comentario. Buena semana.

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  2. Con el aroma del café de tus entradas nos envuelves en un mundo lleno de interesantes historias.. Ah¡ y muy bueno lo de los alienígenas e Iker..
    Un abrazo

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    1. Y conste que Iker es un tipo muy simpático, lo que pasa es vende humo y lo vende muy bien. Y eso me hace mucha gracia...

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