sábado, 19 de septiembre de 2015

CITA EXPRÉS 

Pedro Páez 

(1564-1622)




"Con buenas palabras,
el sultán nos dio câhua"




"También me dijo un arriero que no hay que llegar primero, pero hay que saber llegar", te suelta Vicente Fernández, charro entre los charros, cada vez que le dejan. Es fácil cantar eso cuando pagas a una cuadrilla de domésticas para que le saquen brillo a dos Grammy, ocho Grammies Latinos, catorce premios Lo Nuestro y una estrella en el Paseo de la Fama de Hollywood. Y, total, por un quítame allá esas ventas: 50 millones de discos en todo el mundo (y lo que te rondaré, morena, que es lo que hacen los charros).


¡Como pa'no reírse!
Imagino que Chente -así le llamamos los íntimos- tomará café; y que, de puro macho, lo beberá a morro de la cafetera recién hecha. Bueno, no lo imagino, como soy íntimo, lo sé. Pero no son tales hazañas las que lo traen hoy aquí, eso me importa lo que una hoja de achicoria; a lo que voy es a que tiene más razón que un santo, verbigracia, el santo patrón de todos los mariachis, que debe de ser San Tostón de la Plaza Garibaldi.

Y para demostrarlo, voy a presentarte a Pedro Páez Jaramillo, natural de Olmeda de las Cebollas (cambiado hoy a de las Fuentes por las rimas y las bromas) y dado a luz en su término municipal en el año de Nuestro Señor de 1564. Por entonces, el pueblecito pertenecía al arzobispado de Toledo y era considerado uno más de la Alcarria. Hoy depende de la Comunidad de Madrid.

Olmeda de las Fuentes, que tenía unas cebollas muy ricas.

Páez, soldado de Dios, fue un aventurero de café de Moca, de salitre del Índico y de arena ardiente de los desiertos de Arabia. Tres cosas hizo que lo traen a esta galería de pioneros de la cafetomanía:

-descubrió para Europa las fuentes del Nilo Azul,
-bebió café antes que ningún otro español,
-y describió el mítico Reino del Preste Juan con rigor científico.

Hizo todo eso a caballo entre el renacentista XVI y el barroco XVII y, guiado por el nuevo espíritu científico, mandó sus hazañas a imprenta. Sin embargo, es posible que no hayas oído hablar de él hasta ahora, por mucho que el esforzado viajero se empeñase en dejar constancia. Con toda humildad lo reconozco: yo no lo conocí hasta que me metí en esta aventura cafetera. Es más, en su pueblo, Olmeda de las Cebollas (hoy de las Fuentes), no se enteraron de las hazañas de su paisano hasta que Javier Reverte, escritor y viajero, publicó su biografía en 2001: Dios, el Diablo y la aventura.

Y te digo más, César Antonio Molina, que fue ministro de Cultura seis años más tarde y que tenía segunda vivienda en Olmeda, tampoco lo conocía. Lo de "yo no lo sabía" pasa mucho entre nuestros políticos, ya sea con un aventurero del Siglo de Oro o con un coche de lujo que te crece en el garaje como si fuera un hongo, así, por generación espontánea, ¡menuda gürtelada tiene que ser eso! En fin, que Páez, retomando a Chente Fernández, llegó primero, desde luego; pero, vistos los resultados, le habría traído más cuenta "saber llegar", como hizo otro viajero más petulante y soberbio que él y que nombraré para público escarnio más adelante. Te avanzo que era británico…


Placa en honor de Pedro Páez en Olmeda de las Fuentes (2001). Foto: Babel-TCS.

Periquín Páez Jaramillo tuvo una niñez acomodada, pero un buen día de su mocedad se le metió en la cabeza convertirse en Soldado de Cristo, o sea, jesuita. Treinta años antes de que él naciera, en 1534, Ignacio de Loyola había fundado la Compañía de Jesús, aprobada por Paulo III en 1540. Loyola fue soldado y quiso, en consecuencia, dotar a su orden de la disciplina, la conciencia del deber, el sentido del sacrificio y el espíritu de aventura -indispensable para las misiones- de los Tercios hispánicos. De hecho, Compañía se deriva del término militar y la bula por la que el Papa confirmó la orden llevaba el título de Regimini militantis ecclesiae: "Por el gobierno de la Iglesia militante". Pero la habilidad de Loyola y sus conmilitones estuvo en traer gentiles a la Iglesia de Roma por la razón y los argumentos, y no manu militari. De ahí el prestigio educativo de los jesuitas, quienes, antes de formar, se formaban. Así se convirtieron en alfareros de la palabra, en polemistas infalibles que pelearon en la vanguardia de la Contrarreforma. 

Pero como no hay bien que por mal no venga, en el imaginario colectivo se les empezó a pintar con muy malos trazos; en el DRAE aún figura "jesuita" con la acepción de "hipócrita" y "taimado", y en muchas novelas aparecen como buitres que rondan los lechos del dolor de las viudas ricas (te recomiendo El hombre de negro, de Wilkie Collins, un folletón con jesuita retorcido que acecha a un gentleman anglicano débil de carácter, amén de Retrato del artista adolescente, de James Joyce, y de La araña negra, un título de lo más gráfico, de Blasco Ibáñez).

Íñigo López de Loyola herido en el Sitio de Pamplona (1521).

Durante siglos, los seguidores de Ignacio de Loyola no se llamaron a sí mismos jesuitas. Al parecer, ese mote se lo colgaron, con harto desprecio, los luteranos. Fue en un documento del año 1975 cuando, oficialmente, la Compañía de Jesús aceptó tal nombre para sus miembros. Antes se habían llamado los de la Compañía, teatinos, papistas o iñiguistas, este último debido a que el nombre mundano de su fundador era, en realidad, Iñigo López de Loyola. Su rebautizo se debió a que Ignacio era "más común a las otras naciones".

Desde el principio, aquellos maquiavelos con sotana tuvieron entre sus votos el de obediencia al Papa por encima de cualquier poder temporal, lo que les valió ser considerados espías del Vaticano, de ahí papistas; tal sospecha pronto se convirtió en sentencia y contribuyó a su expulsión de muchos países europeos durante la Ilustración, entre ellos España. Llama la atención que, a pesar de su lealtad a los herederos de San Pedro, nunca hasta el papa Francisco un jesuita hubiera sido elegido Sumo Pontífice.

Con esos antecedentes, ¿tenía el alcarreño Pedro Páez cualidades para entrar en la milicia de Cristo? Sobradas. Según Reverte, poseía "espiritualidad, valor, disciplina, amor al viaje y a la aventura", además de "curiosidad científica, enormes dotes intelectuales y pedagógicas" y, sobre todo, "férrea determinación", pero conjugada con agudo sentido diplomático, don de lenguas y también de gentes y simpatía a raudales. Vamos, que si Francisco Javier se hubiera despistado un poco, la Compañía de Jesús la habría fundado San Pedro Páez Jaramillo.

Encontrada su vocación y con dieciséis primaveras flamantes en el petate, el joven Páez marcha a estudiar a la universidad jesuita de Coímbra. Corre el año 1580, en el que Felipe de Austria se parte en dos para ser Segundo de España y Primero de Portugal. El imperio luso de las Indias Orientales, con centro en la ciudad indostaní de Goa, pasa a formar parte de la Monarquía Hispánica. Nueve años antes, en 1571, una flota combinada de la Cristiandad, al mando de Juan de Austria, le había dado la del pulpo a la flota de galeras de la Sublime Puerta otomana. Pero aparte de que los turcos se recuperaron con pasmosa facilidad y siguieron acosando a las naciones mediterráneas desde los puertos berberiscos, sus corsarios azotaban a los mercantes portugueses -ahora españoles- de la Ruta de las Especias, derrotero entre el Índico y el Atlántico con revalida marinera en el sudafricano Cabo de las Tormentas, luego de Buena Esperanza. Como Felipe de Austria no tenía ya bastantes úlceras, la anexión de Portugal le trae una nueva. ¿Qué remedio se le ocurre? Pues aliarse con el Preste Juan para zurrarles a los infieles desde la línea del Ecuador.

Ilustración medieval del Preste Juan en su versión africana.

¿Y quién era este Preste Juan? Pues un personaje mítico medieval, rey cristiano del Lejano Oriente, rodeado de naciones paganas y descendiente de Gaspar, Melchor y Baltasar. Los fabulistas medievales primero ubicaron la corte de este rey de fantasía en la India, luego en Asia Central y, finalmente, en Etiopía. En el último caso no les faltaba razón a los mitófilos, pues, en efecto, el Negus abisinio gobernaba un reino de cristianos coptos dependientes del patriarca ortodoxo de Alejandría, pero bloqueado por las conquistas turcas de Egipto y el Mar Rojo. Para Roma y sus seguidores, "un oasis de fe en el desierto infiel", aunque fuera un oasis cismático y un poco hereje. Te lo digo porque los etíopes practicaban el monofisismo: creían en la naturaleza única de Cristo, es decir, que en el Hijo de Dios no hay parte humana, sino solo divina. Los católicos, en cambio, defienden que en la persona de Jesús se reúnen ambas.

Mapa barroco del Imperio del Preste Juan etíope.

Por si esto fuera poco, los emperadores abisinios, encarnación del León de Judá, juraban descender de un hijo de Salomón y la reina de Saba: el rey Menelik, ladrón del Arca de la Alianza. También disfrutaban los neguses de las ventajas musulmanas de la poligamia (si las tiene, que no sé yo), que se traduce en alimentar, vestir y perfumar a un harén con su serrallo y todo; por si fuera poco, practicaban la circuncisión y la ablación, respetaban el sabbath, no comían cerdo y construían las iglesias según el modelo del Templo de Jerusalén. 

Aun así, Felipe II pidió a la Compañía de Jesús -marcial, misionera y llena de piquitos de oro- que fuese la avanzadilla de una futura alianza con aquel Preste Juan que practicaba la fusión religiosa, un max-mix con lo mejor de todos los cielos. Los jesuitas, muy a lo suyo, entendieron la orden como la oportunidad de convertir de una vez por todas a aquel rebaño de cismáticos y conducirlo mansamente al redil de la Iglesia romana. 

Lo cierto es que había jesuitas en Etiopía desde los años cuarenta del siglo XVI, por eso he dicho "de una vez por todas". En 1541, una fuerza expedicionaria portuguesa al mando de Cristóbal de Gama atendió la demanda de auxilio del negus abisinio, Asnaf Sagad I -Claudio para los amigos-, acosado por un señor de la guerra musulmán, Ahmed Gragn, El Zurdo. Cristóbal era hijo de Vasco de Gama, del que se dice con cierta frecuencia que fue el primero en doblar la punta meridional de África, obviando a Bartolomé Díaz, otro que llegó primero sin saber llegar.


Noble abisinio a caballo y artillero expedicionario
portugués (Autores: Gerry y Sam Embleton),
Osprey Publishing.

En 1488, Díaz descubrió para la Europa renacentista el que bautizó como Cabo de las Tormentas, nombre bien calzado para tan indómito accidente geográfico. El rey Juan II de Portugal, que pretendía que aquella ruta fuese un filón para el comercio portugués de las especias, le cambió las tormentas por la Buena Esperanza. Cosas del márketing renacentista.

Pero a lo que yo iba: la hazaña que hizo famoso a Vasco de Gama fue la de completar aquel viaje pionero de Díaz, doblando el cabo, aprovechando los monzones y, por fin, llegando a la India. Así dejó establecida la ruta marítima de las especias. Eso fue en 1497. Quince años después, su compatriota Francisco Serrao alcanza las míticas Islas de las Especias, hoy llamadas Molucas. Solo allí se podía recoger la nuez moscada y el clavo de olor, este último compartido con Madagascar, también en la ruta.

Soldado luso-hindú (Goa, s. XVI).
Ilustración: Gerry y San Embleton.
Osprey Publishing.


Soldado portugués (Goa, s. XVI).
Ilustración: Gerry y Sam Embleton.
Osprey Publishing

"Espera, espera –puede que me quieras frenar–, ¿por qué aquella gente, metida en cascarones, se iba a dar la vuelta donde Cristo pegó las tres voces si había rutas más directas?". "Me alegro de que me hagas esa pregunta" –te respondería yo. Porque la respuesta es de lo más práctica: el sultán de Constantinopla y los senadores de Venecia eran intermediarios del tráfico de especias a Europa, como luego lo fueron del café. A los reyes navegantes de Portugal les compensaba fletar naves y contratar capitanes que rodeasen África para ir a buscar la pimienta, el clavo y la nuez moscada allá donde crecían sin tener que pagar tasas ni sufrir los caprichos de visires y patricios.

El caso es que los cuatrocientos piqueros, arcabuceros y bombarderos -artilleros de bombardas- de Cristóbal de Gama enviados a Etiopía salvaron al emperador abisinio, aunque pagaron su victoria con la muerte, tras horribles tormentos, de su capitán. Parece que los ibéricos no se quedaron atrás, pues dejaron fama entre árabes y etíopes de ser intrépidos y corajudos y de estar "sedientos de batallas como lobos" y "hambrientos de matanzas como leones", según los juglares locales. Los abisinios los llamaron afriti, nombre de los demonios en suajili; por eso pasaron a formar parte de la guardia imperial etíope y recibieron esposas y tierras. Gracias a aquella empresa bélica, los jesuitas pudieron fundar una primera misión en Fremona, en el norte del país, provincia así llamada en honor del primer apóstol de Etiopía, el libanés Frumencio de Aksum, que evangelizó a los abisinios en el siglo IV. Lo que es torcerse, ya se torcieron después ellos solitos.

En esas estábamos -corría el año de 1588- cuando el castellano Pedro Paéz desembarca en Goa; estaba empeñado en irse a Cipango, a evangelizar a los japoneses, igual que su admirado Francisco Javier. Goa, La Dorada, conquistada para Portugal en 1509, era una bella ciudad colonial, urbe cosmopolita y plaza fuerte, muy fuerte, en la costa occidental de la India. Para que te hagas una idea, corría por entonces un dicho: "A quien ha visto Goa, no le hace falta ver Lisboa". Los jesuitas eran hegemónicos en ella tras haber empujado a la cuneta a los franciscanos, según cuentan las lenguas de doble filo. Pero la reciente unión luso-hispana no le vino nada bien al emporio colonial: Holanda e Inglaterra, enemigos jurados de la Monarquía Hispánica y presentes en el Índico a través de sus compañías comerciales, aprovecharon para volver las proas de sus naves y las bocas de sus cañones contra la próspera ciudad.


Posesiones portuguesas en las Indias Orientales.
Goa está en el centro de la costa occidental de la India.
Mapa de Maximilian Dörrbecker (Chumwa) en Wikipedia.
 

Allí y entonces se pone a prueba el voto de obediencia del novicio Páez: recibe la orden de marchar no a Oriente, sino a Poniente, rumbo a Etiopía. Ni frunce el ceño ni protesta: junto con el misionero catalán Antonio de Montserrat, Pedro Páez enfila hacia el Mar Rojo a principios de 1589. Montserrat es mayor y más experimentado; en su currículum destacan su evangelio en la corte del Gran Mogol y el primer mapa del Tíbet del que se tiene noticia. 

Los misioneros, disfrazados de mercaderes armenios, sufren tormentas y averías, fiebres y un secuestro exprés a manos de corsarios turcos que se soluciona con un rescate pronto pago. En consecuencia, su viaje a Abisinia se demora. Irreductibles, vuelven a la carga -nunca olvides que son soldados cristianos- y los capturan de nuevo por culpa de un soplón; sólo han llegado a lo que hoy es Omán, en el sureste de la Península Arábiga.

Páez disfrazado de mercader armenio.
Pero esta vez no hay tutía: ambos se declaran católicos y, para colmo de males, les encuentran bajo el disfraz unas estampas, lo que excita el odio de sus captores por las imágenes sacras, prohibidas por Alá. Dan comienzo aquí, a principios de 1590, los seis peores años de la vida de Pedro Páez Jaramillo; "peores" para seres humanos como tú y yo, para él debieron de llegar con la palma gloriosa del martirio y las llaves de oro de la portería de San Pedro.

Páez y Montserrat son acarreados de acá para allá. Tienen que compartir mazmorra con chinches y pulgas; son obligados a caminar atados a las colas de los dromedarios; sufren nuevas fiebres y agotamiento extremo; duermen casi envueltos en las bostas de los animales de carga, cuyo hedor espanta a hienas y leones; y apenas comen, pues no son capaces de tragar una delicia del desierto que entusiasma a los árabes: saltamontes gigantes. Finalmente son regalados a un pequeño sultán, pero el gobernador turco del Yemen los reclama porque son cautivos valiosos: alguien habrá que pague un rescate por ellos, pensaría el muy tunante.

Si en algún momento los dos atribulados jesuitas creyeron que Dios estaba a punto de acabar con sus sufrimientos, se equivocaron de cabo a rabo: aún les faltaba recorrer una de las regiones más inclementes del mundo, estación turística del Averno a donde viaja la suegra de Belcebú cuando le duelen los huesos. Es el Hadramaut, en Yemen, donde la arena no se forma por erosión de las rocas, sino por fundición. A tal punto llegó el agotamiento de su compañero, el viejo Montserrat, que lo tenían que subir a diario a un camello como si fuera un fardo, para que el obsequio no llegase deteriorado. También en esto, en atravesar aquel llano abrasado, fue Pedro Páez pionero, pero tampoco supo llegar: en 1843, un viajero alemán, Wrede, se atribuyó la machada de ser el primer occidental que había atravesado el Hadramaut. Bien es verdad que, para ser tan rigurosos como Páez, la caravana viajó por el Wadi Hadramaut, una rambla más fértil que el resto, pero, a cambio, cada vez que pasaban por algo que pudiera llamarse aldea, la gente salía a escupirles y apedrearlos. Solo hubo un momento de clemencia en aquel balneario del infierno…

Localización del desierto del Hadramaut en Yemen.

En Al Qattan, una de las ciudades de ladrillo y barro del inhumano secarral yemení, con edificios altos y calles angostas y penumbrosas, residencia de un sultán al que Páez llama Xafêr, son llamados a palacio y atendidos como invitados: "Nos recibió con buenas palabras, nos hizo sentar y nos dio câhua, que es agua cocida con una fruta que llaman bûn y que beben muy caliente en lugar de vino", explica, muy sereno, el iñiguista Páez. Con buenas palabras sí, no digo yo que no, pero con muy malos hechos. El caso es que aquel cafelito debió de ser como ambrosía para los destartalados cautivos. Paéz usa la primitiva palabra etíope que el Príncipe de los Médicos, Avicena, recogió en la Edad Media: bûn.

Aldea de adobe en el infierno del Hadramaut (Yemen).

Javier Reverte, inflamado por su admiración hacia el aventurero, afirma que si no fue el primer europeo en probarlo, "sí es seguro que fue el primer europeo en escribir sobre el café". No quisiera yo meterme en camisa de once varas, pero me meto: como bien demostraré en entradas posteriores, no solo se escribió en Europa sobre el café antes de que el jesuita alcarreño enviase una sola línea a imprenta, sino que también se dibujó. Ten presente esta fecha: Páez y Montserrat tomaron su primer café en 1590.

De la importancia estratégica que para Felipe II tenía la presencia militar y apostólica en Etiopía da una idea su orden perentoria de que los dos misioneros fuesen rescatados a todo precio. Durante mucho tiempo se les había dado por muertos, hasta que sus apresadores los tasaron. A tales alturas de la película, ambos andaban apaleando sardinas en una galera turca. Gracias a los quinientos escudos que la Hacienda Real desembolsó por cada uno, Páez y Montserrat desembarcan en Goa en diciembre de 1596. Atrás quedaban seis años de duras oposiciones a la Gloria; a la divina, pues la humana no la conseguiría Pedro Páez Jaramillo hasta cinco siglos más tarde.

¿Y tendría bastante con aquellas calamidades el indómito castellano? ¡Qué preguntas! Pues claro que no. Si nos metiéramos de hocicos en su genealogía, ya saldría algún antepasado baturro: "¡Chufla, chufla, que como no te apartes tú!", le decía el maño al tren. Empecinado en lo suyo y alentado por el lema jesuítico ¡Id e inflamad el mundo!, Pedro Páez se embarca de nuevo para Etiopía en la primavera de 1603. Cuatro años atrás, su compañero de fatigas, el padre Antonio Montserrat, había muerto en Goa. El castellano vuelve a disfrazarse de armenio, pero ahora sabe más que los ratones coloraos. Y no es hablar paja, pues durante su cautiverio enriqueció sus conocimientos de árabe y persa y se hizo con rudimentos de hebreo y chinés, amén de asimilar las rutinas cotidianas de sus captores infieles: la primera, dejar las estampitas en casa.

Lo que para el resto de mortales se resume en "nunca segundas partes fueron buenas", se tradujo en el terco jesuita en "a la segunda va la vencida". Porque tampoco le faltaron peripecias en este nuevo viaje, pero consiguió llegar sano y salvo a la misión de Fremona. Y no contento con eso, en los diecinueve años siguientes convertiría al catolicismo a dos emperadores etíopes -Za Denguel y Susinios- y a cien mil de sus súbditos, ganándose, de paso, el odio del clero copto, al que toreaba dialécticamente. Bien se puede decir, con todo rigor teológico, que armó la de Dios es Cristo. El tenaz clérigo fundó una docena de nuevas misiones y planeó y dirigió la construcción de un palacio imperial -mitad renacentista, mitad barroco- que admiró a quienes lo pudieron ver. Aquel fue el primer edificio de dos plantas levantado en el país. Con toda lógica, los abisinios lo llamaban Babet laybet, "la casa sobre la casa".

El monarca le insiste, y mucho, en una alianza con "su primo", el rey de España, que era la misión original del jesuita. Páez envía cartas en su nombre que son respondidas por el Austria tarde, mal o nunca. A pesar de ello, el castellano conserva el favor imperial. Por eso estaba en su séquito el día que Susinios visita el nacimiento del Nilo Azul, en la ribera sur del lago Tana, uno de los misterios más apasionantes de la Historia. Aunque el español lo vio en la estación seca, aún pudo comprobar la profundidad de sus "ojos", los estanques subterráneos de los que mana el Padre de Todos los Ríos:

"A veintiuno de abril de 1618, cuando yo llegué a ver la madre, no parecían más que dos ojos redondos, anchos como de cuatro palmos. Y confieso que me alegré de ver lo que tanto desearon antiguamente el rey Ciro y su hijo Cambises, el gran Alejandro y el famoso Julio César. El agua es clara y muy ligera, que la bebí, más no corre por encima de la tierra, aunque llega al borde de ella".

Localización de las fuentes del Nilo Azul en el lago Tana.

En 1610, un dominico valenciano, el padre Luis de Urreta, publicó la Historia Eclesiástica y Política de los grandes y remotos Reinos de Etiopía, Monarquía del llamado Preste Juan de las Indias. Tal mamotreto era una miscelánea de embustes de dimensiones medievales: unicornios trotones, hormigas grandes como perros, tritones antropomorfos y emperadores que nacían con la Estrella de Belén tatuada en la frente. Pero lo que colmó la paciencia de los jesuitas fue que Urreta afirmara que los etíopes siempre habían sido católicos. Como si los misioneros de la Compañía no hubieran tenido que currárselo.

Pedro Páez -misionero, arquitecto, consejero imperial, polemista, maestro armero y descubridor- debió de pensar que no tenía bastante faena, así que se propuso rebatir todas aquellas falsedades. Con esa intención redactó durante diez años los cuatro volúmenes de su Historia de Etiopía, ejemplo admirable, aún hoy, de rigor y objetividad. Escribió el final poco antes de que, en 1622, la malaria le diera el suyo y lo pusiera a descansar tras una vida tan ajetreada.

Edición portuguesa de
Historia de Etiopía (1945).

A pesar de aquel testimonio colosal, un escocés petulante y vanidoso, James Bruce de Kinnaird, se nombró a sí mismo "descubridor de las fuentes del Nilo Azul" en 1769. Si alguna vez leyó a Páez, se lo calló; y algún contemporáneo suyo que se lo afeó se equivocó de jesuita y le atribuyó la primicia a un misionero portugués también embarcado en la aventura abisinia, el padre Jerónimo Lobo.


El rubicundo Bruce, que no llegó
primero, pero supo llegar.
Tras la muerte de Páez, su obra se desmoronó como el palacio de Susinios, derribado por los terremotos y el olvido. En consecuencia, la Compañía de Jesús prefirió correr un tupido velo sobre lo que se convirtió en un fracaso. El culpable fue quien sucedió al jesuita alcarreño, el inflexible y fanático Alfonso Mendes, un cura sin mano izquierda ni el más leve sentido de la diplomacia. Más que un misionero, un inquisidor. ¡Qué contraste con Páez!, quien nunca tomó al etíope como un "buen salvaje", sino que más bien se interesó por su historia con un interés científico propio de los tiempos que llegaban.

Por su parte, el heredero de Susinios, su hijo Fasilides, visto el percal del nuevo jesuita, cortó por lo sano. El nuevo emperador era, a mayores, copto alejandrino y, por tanto, hereje para Roma y la Compañía. Con las mismas, expulsó a iñiguistas y colonos portugueses y cerró las fronteras del Reino del Preste Juan a todos los europeos. Y aquí paz y después gloria.

En la memoria de los jesuitas, Páez quedó como "el segundo Apóstol de Etiopía" -Frumencio fue el primero-, sin más detalles sobre su labor política y sus descubrimientos. Y eso a pesar de que el español dejó constancia escrita de sus logros, y no con soberbia, sino con suma objetividad, condición que la Compañía exigía a sus misioneros por virtud cristiana y sentido práctico. 

Pedro Páez escribía sus textos en tres idiomas imperiales: castellano, portugués y latín. Si usaba la lengua de Castilla, firmaba Pedro Páez; si la de los reyes navegantes, Pêro Pais; y si la de Cicerón, Petrus Paez. Se atribuye a Luís de Camões (1524-1580), bardo de la epopeya lusa de los descubrimientos, esta cita: "Hablad de castellanos y portugueses, porque españoles somos todos". Quizá llevado de ese espíritu, reforzado por su época universitaria en Coímbra, y, sobre todo, porque sus superiores en Goa eran lusos, Pêro Pais Xaramilho escribió História da Etiópia en el idioma de Os Lusíadas.

Me habría gustado decirte que el alcarreño padre Páez fue el primero en nombrar el café en la lengua de Cervantes, pero faltaría al rigor que inspiró su obra. Para ser exactos, la cita sobre el café de Historia de Etiopía que abre este capítulo debería ser esta: "Com boas palavras, o sultão deu-nos câhua" (Libro Tercero; capítulo XVIII). Si quieres leer el primer texto en castellano sobre el café tendrás que ir en busca de otro aventurero, Pedro Teixeira, del que ya te hablé en una entrada anterior y que resulta que fue... ¡portugués! Ahí los tienes, uno reflejo del otro en el espejo de la Historia.

Vaya, esta primera entrada de la temporada me ha quedado muy poquito exprés, se ve que tenía ganas de volver al tajo. Muchas gracias por seguir conmigo y, aunque lo haré en una entrada exclusiva, doy las gracias a todos los que durante este verano me habéis acompañado en mi blog, que, como bien habéis podido comprobar, es el vuestro. Besos y abrazos, os los repartís a discreción.


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8 comentarios:

  1. Qué triste sino. Siempre nos roban o nos pisan nuestras cosas. Finisterre, los franceses y las fuentes del Nilo azul, los ingleses. Será por ser europeos de segunda¿ Ya en serio, me ha gustado mucho toda la peripecia de Pedro Paéz y voy rauda a leer acerca de quién hizo en España la primera referencia

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    1. Sí, Rosa, la verdad es que nos cuesta vender nuestros logros. Ni siquiera es quijotismo, porque Don Quijote vendía bien sus hazañas. Y sobre la primera referencia, es muy gracioso, porque fue un portugués.

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  2. Se me fue el dedo. Quería decir que voy a leer lo de la primera referencia en castellano al café.
    Me ha gustado mucho toda la historia.
    Un saludo.

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  3. Buen trabajo, Maestro. Yo que le hacía durante el verano tumbado en la playita bajo la sombrilla y resulta que estaba dándole a la tecla, pillín.
    Brindemos con un café lounge, como este post.

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    1. Ahí calladito, pico y pala, y gracias a vuestra colaboración, que todo hay que decirlo. ¡Brindemos, brindemos pues! Un abrazo.

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  4. Caramba¡ he quedado asombrada por tu trabajo..
    Gracias y un abrazo

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    1. ¡Guau! Que me digas esas cosas me llena de responsabilidad. Ya no puedo bajar el nivel... ¡Gracias, Suni! Un abrazo.

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