sábado, 21 de noviembre de 2015


GUIRIS CON PUÑETAS

John Adams 

Presidente de los EE.UU.



"Las ostras americanas 
superan a las gallegas"


A finales del siglo XVIII España aún tenía un imperio al otro lado del océano, pero en Europa, siendo optimistas, era una segundona, para qué nos vamos a engañar; a tal punto que la Pérfida Albión había plantado la Union Jack en Gibraltar y Menorca.


Estampa de Gibraltar del libro Near home, de Mrs. Mortimer.

Los franceses parecían una plaga de lemmings corriendo hacia el abismo de la revolución, pero todavía podían mirar a la cara a la poderosa Gran Bretaña. Y aún teñirían de rojo sangre el mapa de Europa y lo ahumarían con pólvora en los años venideros. Versalles sujetaba con mano firme la cadena trabada al cuello de Madrid, su falderillo, tal y como lo traban hoy desde Bruselas o Berlín. 

Prusia se acostaba con la bayoneta calada y se levantaba al toque de diana, anunciando la fiebre de los nacionalismos y los imperialismos. Y Austria, estrábica, miraba a la vez a la Francia borbona y a la pavorosa Rusia, sin dejar de tomar la temperatura al imperio otomano.



Por aquello, por los pactos de familia entre Bourbons y Borbones, la Sensible, una fragata francesa que achicaba agua a dos máquinas, se arrimaba con harto esfuerzo a la costa gallega a principios de diciembre de 1779. A cien leguas de Finisterre se le abrió una vía de agua que amenazaba con echarla a pique en plena ruta de corsarios ingleses. No hacía un mes que había levado anclas y soltado trapo en el puerto de Boston. Cuatro años antes, las trece colonias británicas de Norteamérica se habían rebelado contra su rey. Uno de aquellos rebeldes formaba parte del pasaje de la nave franca; y no temía por su vida, sino por la de sus hijos y por la misión que lo llevaba a París.

A John Adams (1735-1826), abogado bostoniano, padre de la nueva república, lo habían nombrado ministro plenipotenciario del Congreso Continental, órgano político supremo de los alzados, con el encargo de conseguir un compromiso firme de Luis XVI y, posteriormente, negociar un tratado con los ingleses. Bien podría jurar míster Adams que segundas partes nunca fueron buenas, pues era la segunda vez que viajaba a Europa. Le acompañaban dos de sus cuatro hijos: John Quincy, de 12 años, que sería el sexto presidente norteamericano, y Charles, de nueve. Ya se ve que a los niños de la época no los tenían entre algodones hasta que salían de la universidad, como a los de hoy. La vida de aquella gente era corta y azarosa, así que no podían perder el tiempo con pamplinas.


Vista áerea del Ferrol ilustrado, con el arsenal en primer plano.

El día 8 de diciembre, la fragata en la que viaja la familia Adams -¡No quiero chistes!- alcanza el puerto de Ferrol, plaza militar destacada desde que a mediados de siglo se habían construido los astilleros y el arsenal. De hecho, los transcontinentales se admiran de la concentración de naves españolas y francesas, armadas contra Gran Bretaña. Distingue a los oficiales de cada nación no por sus uniformes, que son muy parecidos, sino porque los franceses son como unas castañuelas y los españoles tienen cara de oler camembert a todas horas: "Unos, alegres, vivaces y de gran locuacidad, y los otros graves y silentes".


Uniformes como estos debió ver Adams en Ferrol.

Cuando le comunican al embajador que la Sensible tiene para rato con la avería, decide arriesgarse a viajar por tierra hasta lo que en la época llamaban Bayona de Francia. Creyendo que en la Galicia del XVIII de una calabaza salía una carroza, se apresta el bueno de Adams a alquilar unos carruajes... ¡Sí, hombre!, que te iban a traer a ti el Air Force One, como ibas caminito de ser el segundo presidente made in USA. A ver, ¿nadie le había explicao a este guiri a ónde venía?... Pues no, ya te he dicho que iban directos a Francia y que si no llega a ser por la brecha en el costao... El caso es que no encuentra un solo medio de transporte, ni decente ni indecente, en todo Ferrol, ciudad ilustrada y comandancia naval:
"Desde que estoy en esta ciudad no he visto un carruaje, coche, faetón, calesa o tartana de ninguna clase. Hay pocos caballos y todos pequeños, ruines y desvencijados. Mulas y burros son numerosos [en eso no hemos cambiado], pero pequeños [en eso sí]".

No muy distinta tuvo que ser la España de Adams.

Normal que el diplomático tuviera tiempo para ocuparse de otros detalles, como los gastronómicos. Así nos deja dicho en su diario que las sardinas y las anguilas ferrolanas "son excelentes, y tolerables las ostras, aunque no son como las nuestras". Reconoce, eso sí, que el pernil de cerdo, o sea, el lacón de toda la vida, es digno de mención. Distingue entre los cerdos gallegos, alimentados con castañas y maíz, y los de  más al sur, que comen bellotas dulces. Señala que la carne de estos es mejor. Pero a ambas las supera la de un tipo de cochino que come un pienso de lo más exótico: víboras crudas descabezadas. Dicen que Wellington, quien años más tarde combatiría a Napoleón en Galicia, comía cerdo ibérico alimentado con carne viperina y bellotas. 

El embajador Adams desayunó en Ferrol "chocolate a la española, que responde a la fama que tiene en el mundo entero". La verdad es que hoy sigue habiendo cafeterías ferrolanas en la que se paladea un magnífico chocolate acompañado con unos frutos de sartén que ya quisieran los de la madrileña churrería de San Ginés, entre Arenal y Mayor. A mí, la verdad, me tentaban más las porras, olímpicas en mi estimación al compararlas con los churrillos. Y hablo en pasado por culpa de la hipercolesterolemia, ¡nadie es perfecto!


 Con el sentido práctico que ha de caracterizar a su nación para los restos, John Adams les compra a sus hijos una gramática española y un diccionario, para que se vayan haciendo con el idioma. Me llama la atención que les compre uno muy antiguo, el de Francisco Sobrino, Diccionario Nuevo de las Lenguas Española y Francesa, de 1705; ni siquiera es un repertorio con lemas y definiciones, sino un traductor hispanofrancés.

El 15 de diciembre, una semana después de alcanzar Ferrol, los Adams pasan por mar a Coruña. Llegan a las siete de la tarde, con el día anochecido; un oficial español que habla inglés les ha mantenido abierta la puerta de la ciudad. Coruña era sede de la Capitanía General del Reino de Galicia, es decir, su capital por entonces. El capitán general en la fecha era Pedro Martín Cermeño, paisano mío, pues nació en Melilla en 1722. Proyectó para Coruña uno de sus paisajes urbanos más emblemáticos, las Casas de Paredes, ejemplo de racionalidad ilustrada.


Casas de Paredes en el XIX, con muelles y aduana.


A John Adams le llama la atención que el gobernador de la plaza sea irlandés, Patricio O'Heir, y que buena parte de las tropa que encuentra haya nacido y pasado hambre en la Verde Erín. Supongo que, como hombre avisado, entendería que los irlandeses, enemigos irreconciliables de Inglaterra, encontrasen amparo y un mosquete de matar ingleses en España. También los había peleando contra los casacas rojas en su país, perdón, futuro país.

Aparte de esto, Adams insiste en los tópicos que empezaban a ser habituales entre los GUIRIS CON PUÑETAS que visitaban Celtiberia. A saber,

  • Ínfima calidad de las vías terrestres y, de nuevo, ausencia de carruajes y caballerías. Para continuar viaje, tuvieron que mandar que los alquilasen en Compostela. Y eso que estaban en la capital...
  • Supervivencia de prácticas judiciales de la Edad Media, teñidas de superstición. Asegura que un parricida coruñés fue arrojado al mar metido en un barril siguiendo un castigo propio de la Antigua Roma, la Poena cullei: el reo, apaleado, castrado y desnarigado era metido en un saco con una víbora, un mono, un gato y un perro. Con dos diferencias, una zoológica: en Coruña era más fácil encontrar un sapo que un mono; y otra humanitaria: el reo ya estaba muerto y las bestias fueron pintadas en la madera. Según el abogado Adams, España se regía por las leyes del rey y por las ordinarias, y por las de Justiniano y las visigodas. Viendo algunas sentencias actuales, se diría que no pasado tanto tiempo.

Cárcel del Rey, o del Parrote, construida a mediados del XVIII,

  • Los coruñeses eran morenos y hoscos y ambos sexos lucían largas melenas recogidas en coletas y trenzas que les llegaban a las rodillas. "Por las calles se ven hombres, mujeres y niños con los pies descalzos y las piernas desnudas, de pie horas enteras en las frías piedras o en el barro".
  • Hay más curas que carros. Los jesuitas, que tenían un colegio en Coruña, fueron expulsados, pero quedaban dominicos, franciscanos y agustinos, amén de monjas de Santa Bárbara y capuchinas. El cónsul francés lo lleva de paseo por un convento franciscano y le muestra las celdas, ante las que el descendiente de puritanos sospecha que son "antros de celos, de odio, de envidia, de venganza, de intriga, de malicia... Un fraile no tiene relaciones ni afectos que suavicen sus pasiones, sino que es dejado completamente a sus ambiciones".
  • La capital de Galicia no produce nada, pues los campesinos cultivan lo justo para sobrevivir, y todo le llega de fuera y a precios desorbitados. Eso sí, se fuma y se esnifa rapé como si las trompetas del Apocalipsis estuvieran atronando el cielo coruñés y el Leviatán surgiera de su bahía. Alguien le confía al americano que en España se consumen diez millones de libras de tabaco al año, más de cuatro millones y medio de kilos.

Antes de dejar marchar a don Juan Adams, acompañado de sus chavales y del séquito diplomático, merece la pena conocer la impresión que le produjo el símbolo de la ciudad, declarado en 2009 Patrimonio de la Humanidad: la Torre de Hércules. Lo llama Torre del Hierro y afirma que los lugareños lo han expoliado "para pavimentar las calles". Hasta 1788 no se restauraría. La reconstrucción del arquitecto Eustaquio Giannini y de José Cornide la dejó tal y como hoy la conocemos.


Recreación de la Torre de Hércules en la Edad Media.

Tras pasar el día de Navidad en Coruña, el que sería segundo presidente de los Estados Unidos tras George Washington sale por la Carretera de Castilla hacia León y de allí a los Pirineos. En 1783 sería uno de los firmantes del Tratado de París, que puso fin a la guerra de emancipación de las colonias británicas en Norteamérica. El cuadro que cierra esta entrada, del pintor colonial Benjamin West, presenta a los firmantes norteamericanos, John Adams, Benjamin Franklin y John Jay, ex plenipotenciario en España, y artífice del olvido histórico sobre la ayuda española a la independencia de su país. De todos modos, no hay que echarle toda la culpa, para eso nos bastamos solos. La legación británica rehusó posar para el pintor y por eso la obra aparece incompleta. Ya sabes, si te mueves, no sales en la foto... Y sí, los ingleses se movieron de sus colonias confederadas con el rabo entre las piernas; así que no estaban para selfies al óleo.




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8 comentarios:

  1. Vivan as lecciones más divertidas de historia. Ascendido a Gran Maestro (sin sueldo adjunto), don José Juan.

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    1. Favor que usted me hace y que yo recojo con mucho gusto. Gracias, salao.

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  2. Como siempre, muy interesante, instructivo y entretenido. País!!!

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    1. Muchas gracias, Rosa. Y sí, a veces parece que no han pasado tres siglos.

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  3. Como teníamos a la España del XVIII... y los coruñeses...
    Besos.

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    1. No había por dónde cogerla, la verdad. Gracias por tu comentario, Suni. Buena semana.

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  4. Es la versión dieciochesca de "ocho apellidos gallegos". Tìpico y tópico. De risa y de pena. Muy bueno, Picos-Freire. Boa noite.

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    1. ¡Ja, ja, ja! Vamos a vender ese guión, Elisenda. Qué gracia y gracias. Boa, boa pra ti tamén.

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