sábado, 12 de diciembre de 2015

GUIRIS CON PUÑETAS 

J. M. J. Fleuriot de Langle




"El mejor café de la Tierra 
se toma en Madrid"



Jean-Marie-Jérôme Fleuriot (1749-1807), marqués de Langle, era de familia hidalga bretona. Con dieciocho años entró a servir en Versalles como paje de la Delfina María Antonieta de Austria, esposa del futuro Luis XVI. Su carrera cortesana continuó al ingresar en los Mosqueteros Negros; no es que los hubiera blancos, sino que eran llamados así por el color del manto de sus caballos. Como ya tendrás ocasión de comprobar, este sujeto era un rufián de mucho cuidado, por lo que, debido a un escándalo del que no se tienen más detalles, fue desterrado a provincias. Nada bueno para un cortesano arribista.

Las buenas gestiones de Benjamin Franklin en París dieron como resultado la participación de Francia en la guerra de emancipación de las colonias norteamericanas, que duró de 1775 a 1783. Fleuriot, aburrido en la campiña, donde mataba el tiempo tallando pencas de acelga, se enroló en una fragata, Le Solitaire, y marchó a ponerse del lado de los rebeldes.

Cuando volvió no quiso saber nada más del oficio de las armas y se dedicó a escribir, aunque al llegar la revolución estuvo en el servicio secreto monárquico. Por ello fue encarcelado y, finalmente, disfrutó del imperio lo justo para no ver cómo Napoleón se estrellaba en España. También se aplicó a una de las modas juveniles de la época, aunque él ya fuera talludito: la de turistear. Eran los tiempos del Grand Tour, rito de paso de la adolescencia a la madurez del que disfrutaban los cadetes de la aristocracia y la alta burguesía, sobre todo los británicos. Ese viaje tenía dos escalas obligadas: Francia e Italia, aunque, dependiendo de la política o de las modas literarias, el itinerario cambiaba. A ningún inglés se le ocurriría visitar París en aquellos años en que los sans-culottes estuvieron guillotinando a todo el que llevase peluca.

Roma antigua, óleo de G. P. Panini (1757).
Esta obra ilustra la moda aristocrática del turismo cultural.

Los pálidos mozos de Albión partían de la isla acompañados por un tutor, que los soltaba de la correa al final del trayecto de ida, como símbolo de que al cachorro le habían salido ya los colmillos, la melena y el buen juicio. En ese punto, los jóvenes habían cogido un poco de lustre y algo de mundo y estaban muy a punto de volver a casa con unas bubillas del mal francés, pilladas con alguna gladiadora de las que menudeaban por las ruinas del Coliseo.

Las ruinas del Coliseo según el talento sombrío de Piranesi.

Entre aquellos viajeros había categorías, y no solo por alcurnia, sino también por insensatez. Si algún amigo me anunciase hoy que está a punto de darse un garbeo por el Cuerno de África para hacerse unos selfies y traerse algo de artesanía local, me iría como una centella a la primera ferretería abierta, compraría cinta americana, lo ataría y amordazaría y esperaría a que se le pasara la fiebre.

Español medio según los europeos
del Antiguo Régimen.
Pues este tipo de viajero descabellado del siglo XXI también existió en el XVIII, solo que ellos venían a España. Y para nada bueno, salvo para hacernos la puñeta y cargar de razones a los defensores de la Leyenda Negra. La comparación entre turistas que acabo de hacer no es tan peregrina, pues, para los europeos de allende los Pirineos, la Península estaba más cerca de Zululandia que de Montpellier.

Sobre los viajeros franceses, Jean-Jacques Rousseau dejó dicho lo que sigue: "De todos los pueblos del mundo, el francés es el que más viaja, pero, muy satisfecho de sus costumbres, confunde todo lo que no se parece a ellas". De semejante calaña es el protagonista de este capítulo, Fleuriot de Langle, quien publicó en 1784 un libro de viajes titulado Voyage de Figaro en Espagne. Dado el contenido del libro –garabateado con vitriolo–, Carlos III exigió el secuestro de lo editado y un castigo ejemplar para el autor a través de su embajador en París, el conde de Aranda –¡de quien Fleuriot habla bien!–. Si la protesta del Rey Alcalde no era atendida con presteza y energía, España cerraría la frontera a todos los ciudadanos franceses. Eso suponía, en la práctica, la suspensión de las relaciones diplomáticas en un momento peliagudo, prerrevolucionario y de guerra secular y global con Inglaterra.


Ni corto ni perezoso, el Parlamento de París secuestró la edición y la quemó ante su propia fachada el 26 de febrero de 1786, tras una catilinaria del fiscal Seguier. Aparte de insultar a un país aliado, hermanado por lazos de familia, la fiscalía acusó al marqués de Langle de "blasfemo", pues en su obra no deja santo en la peana. Fleuriot se defendió con este argumento: "Un blasfemo no daña a nadie: solo ultraja a Dios, quien, para vengarse, dispone de la Muerte y tiene en sus manos el poder del rayo". Le faltó decir "y, si quieres, vuelve a por otra, que las tengo de todos los calibres".

Por si aún no te has dado cuenta, te confirmo que dicho petimetre no era muy popular, dada su falta de atractivo físico (tara imperdonable en Versalles), su sarcasmo fuera de madre y su narcisismo. De este último defecto derivaba otra causa de su impopularidad: como no podía cerrar la boca cuando de hablar de sí mismo se trataba, su vida licenciosa no era nada discreta. En fin, que, a mayores, era un fanfarrón insoportable. Y por cierto que la protesta española y la condena parlamentaria no hicieron más que darle aire: las ediciones del Viaje de Fígaro se multiplicaron y el texto se tradujo a varios idiomas europeos: inglés, alemán, danés e italiano. Y en España también circuló, aunque bajo mano.


"¡¿Pero qué decía, qué decía?!". A eso voy, a eso voy. Dice el viajero francés que entró por Salientes. Debe referirse a Sallent de Gállegos, municipio oscense al pie de los Pirineos. Lo sentencia así: "Salientes no es nada". Y de ahí a Zaragoza. Como hablamos de un libro prohibido, lo suyo es empezar por la Inquisición. A ella se refiere Fleuriot nada más llegar a la capital aragonesa: "El catálogo de libros permitidos es tan magro, las penas son tan graves y los inquisidores viven tan alerta que en las librerías no se encuentran más que almanaques, devocionarios, vidas de santos y los milagros de Nuestra Señora del Pilar".

Ejemplo histórico de un libro de Erasmo
expurgado por el Santo Oficio.
Es del todo coherente que en otra parte del libro asegure que los españoles "son supersticiosos y están obsesionados con todo tipo de espectros, por eso se pasan el día santiguándose".

El paisaje camino de Madrid es dibujado con estos trazos por la pluma del francés: "Se ven pocos pueblos y los paisanos están ociosos. Son gente de caras magras y pajizas. Habitan chozas infames donde hombres, mujeres y niños viven en promiscuidad con las bestias […] Las criaturas persiguen a los viajeros para pedirles limosna, jurando que su padre está inválido y su madre enferma de fiebres".

Cuando llega a la capital lo primero que Fleuriot dice de ella es que "Madrid está construida sobre arena. Si no llueve, el polvo ahoga al viajero, y lo ciega a tal punto que no es capaz de ver ni los caballos de su carruaje".


Su juicio sobre las corridas de toros le granjearía la estima de cualquier animalista contemporáneo: "En vano busco en mi cabeza, inútilmente trato de adivinar lo que en ese festejo terrible pueda haber de hermoso. Los toreros me inspiran terror y el toro piedad. Un hombre debería tener el corazón de bronce y los ojos secos para poder disfrutar del espectáculo de doce o quince asesinos que matan a sangre fría a una bestia infeliz, privada de defensa por medio de sogas y bozales e incapaz de ver, siquiera, a quien la mata". Y del albero pasa a los tendidos: "La atrocidad se completa al oír los aplausos de veinte mil manos y el patear de veinte mil pies en el momento en que el toro, herido de muerte, sofocado de furia pero derrotado, se debate, se alza y recae, y resopla en el polvo hasta su último suspiro. Y entonces, los aprendices de torero, aún niños, se disputan el honor de aguijonear su cadáver".

Pepe-Hillo, figura del toreo del XVIII, en un grabado de Goya.
Sí que le pareció hermosa, y digna de ser admirada hasta la rendición, María Teresa de Silva Álvarez de Toledo (1762-1802), Duquesa de Alba y Grande de España, a la que jura que llegó a conocer. Y afirma: "No tiene un solo cabello que no inspire deseo". De paso por Aranjuez fijó su mirada, que se me hace la de un sátiro a la caza de ninfas, en las mozas que se bañaban desnudas en el Tajo: "Cuando hace calor y el rey está ausente, vemos a las jovencitas, hablamos con ellas y nos dejan tocarlas y abrazarlas […] corsés, pañuelos, enaguas, todo abandonado a la orilla del río".

Cayetana de Silva-Álvarez de Toledo,
duquesa de Alba, según Goya (1797).
¡Vaya, vaya, bribón! Así que no todo era malo en España; mira que se te ve el plumero, Juan María de los Jerónimos. Otra vez en Madrid, no le hace ascos el lechuguino bretón a los cafés y al café. De hecho, deja esta declaración para orgullo de los castizos: "Madrid es el lugar de la Tierra donde se sirve el mejor café, ¡qué deliciosa es esta bebida!, muy por encima de cualquier licor".

Para el viajero francés "el vino embriaga, la cerveza embrutece, la sidra atonta, el aquiavita quema. Pero el café sacude, electriza y colma la cabeza de ideas valiosas. El hombre que toma café en abundancia, ya no necesita nada más que una mujer, una pluma y un tintero".

Cuenta que los cafés son "más comunes en Madrid que las tabernas, aunque de estas hay bastantes. A los españoles les apasiona el café; lo preparan mejor que nosotros, cargado y muy caliente, y no lo toman de un trago, sino a sorbos, deleitándose. Sienta mejor cuanto más caliente, porque lleva vida a los miembros, a la sangre, a la cabeza, es vital, saludable y animador. Y ese calor embriagador y mágico embellece lo que vemos y anima lo que decimos". El caballero bretón termina su apología cafetera con una arenga:

"A ti, que la gota te impide ponerte en pie, a ti, que la anemia te consume, no busques más remedios, no te mortifiques, toma un café: sanarás, dormirás, tendrás alegría de vivir y pronto te encontrarás tan ágil como yo".

Sí, sobre todo de lengua, podríamos decir. Antes de rematar con Fleuriot –y te aseguro que el final merece la pena–, te diré que a mediados del siglo XVIII no había un solo café en Madrid. En 1745, el canario Cristóbal del Hoyo Sotomayor, pionero de los ilustrados españoles, azote de beatos y supersticiosos, se pregunta con desaliento: "¿Hay [en Madrid] por ventura aquellos nobles cafés que tienen en otras cortes?". El 28 de junio de 1759, el Diario Noticioso Universal anuncia la apertura de una "casa del café", donde se puede tomar café, chocolate, té, bebidas frías y bollería diversa, amén de leer las gacetas y periódicos con noticias de acá, de allá y de acullá. Dos años más tarde, El Duende Especulativo sobre la vida civil se congratula de la nueva moda de los cafés, de mejor calidad que las botillerías, donde solo se bebe vino y aguardiente, y sentencia que "darán prestancia al carácter y a las prendas de nuestra Nación".

O sea, que cuando el marqués de Langle publicó su acibarado libro en 1784, ya había cafés en Madrid. Fueron dos hermanos italianos, los Gippini, quienes abrieron en Madrid la Fonda de San Sebastián en 1764. Un cartel dominaba el local: "Prohibido hablar del Rey y de la Iglesia". 

A pesar de la censura, allí se daban cita, en animada tertulia, Nicolás Fernández de Moratín, José Cadalso y Tomás de Iriarte, entre otros ilustrados. Hablaban de versos, de mujeres, de toros y, seguramente, de lo que les viniera en gana. Moratín, precisamente, es el autor de La Comedia nueva o el café, comedia satírica ambientada en una casa de cafés y estrenada en 1792. A finales de siglo, un veronés, José Barberán, abre otro café en la Carrera de San Jerónimo. Lo llamó La Fontana de Oro, la misma que muchos años después inmortalizó Benito Pérez Galdós. Otro italiano, Fadrique Martinelli, inaugura la primera cafetería de Barcelona en 1781.

Aviso en la moderna Fontana de Oro.
A pesar de contar con las condiciones suficientes para ello –colonias ecuatoriales, tierras fértiles y extensas y conocimiento del producto– el café no se popularizó en España hasta el siglo XIX. Un precedente de su popularidad con el cambio de centuria lo tenemos en la atención que le dedica el médico militar Antonio Lavedán, quien publicó en 1796 el Tratado de los usos, abusos, propiedades y virtudes del tabaco, café, té y chocolate. Dice el autor que, por entonces, ya estaba muy introducido el grano del cafeto en los puertos de mar españoles y en las grandes ciudades: "Esta bebida se vende en puestos públicos en todas las ciudades populosas, como Madrid, Cádiz, Barcelona y otras partes". Avisa de que, como remedio, no es bueno mezclarlo con leche, aunque reconoce que esa combinación aporta energía en el desayuno: "Excita y favorece la circulación, como el opio".

Afirma que ofrece alegría, pero se lo prohíbe a los melancólicos. Advierte de que es "bueno para los menstruos", pero que no deben tomar café las embarazadas, "pues provoca hemorragias y abortos". Y, finalmente, "destruye ventosidades, fortifica el estómago y corrobora [fortalece] el hígado".

Llegados aquí y volviendo a nuestro protagonista, ¿quieres saber por qué Fleuriot no menciona el nombre de ninguno de aquellos locales madrileños en su panegírico sobre el café hispano, a pesar de que son anteriores a la publicación de su libro? Te recuerdo que tuvo el descaro de asegurar que entró en España por Huesca… Pues la respuesta la encontrarás en la Wikipedia en francés si consultas la biografía del dizque viajero: "Bien que n'ayant jamais mis les pieds en Espagne, Fleuriot y dresse, de manière piquante, un tableau noir de l'Espagne et des espagnols". ¿Traduzco? "A pesar de que nunca puso un pie en España, Fleuriot redacta con acidez una lista negra de los males de España y los españoles". ¿Cómo se te ha quedado el ojo? Menudo tunante el muy gabacho.

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8 comentarios:

  1. ¿Sabes lo que te digo? Pues que este fulano podría vivir perfectamente en nuestra época y ser uno de esos que farda de todo sin haber hecho ni tenido nada. Esos que se inventan masters en sus curricula, que se fotografían al lado de un ferrari para publicarlo en Facebook y decir que se han comprado un nuevo coche. De los que se inventan cargos que han ocupado y conocidos famosos a los que frecuentan. O sea, en pocas palabras, un fantasma!. Me he quedado ojiplática con el último párrafo, pero tras un momento de reflexión me parece de lo más habitual. Un abrazo, Picos Freire y gracias de nuevo por tus entradas. Abrazos.

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    1. Gracias a ti, Elisenda. Claro que sí, cuántos casos de currículums falsos, inflados, hemos visto en los último tiempos. Y lo peor es que les va bien, como al gabacho, que vendió su libro a pesar de todo. Buen fin de semana.

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  2. He disfrutado mucho seguir esta ruta del café y ubicame en España, me gustan mucho las descripciones sobre los poderes terapéuticos del café "Pero el café sacude, electriza y colma la cabeza de ideas valiosas. El hombre que toma café en abundancia, ya no necesita nada más que una mujer, una pluma y un tintero".Curiosas las apreciaciones del turista sobre el país de la época. Gracias por la entrada, interesante.

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    1. Y más curiosas todavía porque hablaba de oídas de un país que nunca pisó... ¡Qué poca vergüenza tuvo el amigo! Muchas gracias por tu comentario, María. Buen fin de semana.

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  3. J.... con el guiri, digo yo. Un farsante total. me he divertido leyendo sus imaginarias aventuras, aunque debimos imaginar algo ante sus desmedidas alabanzas a la Duquesa de Alba que a mí me parece bastante fea. Tampoco es muy creible que las jóvenes se bañaran desnudas en el Tajo y se dejaran manosear alegremente (xd, esto era España en el XIX).
    Un beso y aquí me quedo esperando al próximo guiri.

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    1. Estoy de acuerdo contigo en que esas eran pistas muy claras, pero el tipo tenía que ser un trilero de cuidado, es más, un verdadero pícaro. Otro beso para ti y me pongo a buscar al siguiente. Y gracias por tu comentario.

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  4. ¡Caballero!, disfrutado he y mucho lo que has relatado de este delincuente el tres al cuarto y mitad, de todo tiene que haber en la vida, pero el tiempo todo lo demuestra. Fantástico.

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    1. Muchas gracias, Fernando. Yo también lo disfruté al investigarlo, y cuando me enteré de que el muy golfo no había estado en España me dio un ataque de risa. Un saludo.

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