sábado, 5 de diciembre de 2015


GUIRIS CON PUÑETAS

Lord Byron 

(y 2)


 


"Estoy enamorado de España"


Me gusta el jerez; me gusta mucho el jerez. Y lo digo antes de que se ponga de moda. Ya lo sufrí con el gin tonic, cuyas copas son hoy, por mor de la pamplina, un modelo a escala de los jardines colgantes de Babilonia. Y le está pasando al vermú, que de aperitivo dominguero y barrial, tomado sobre una alfombra crujiente de huesos de aceituna y cabezas de gambas, ha pasado a las manos pegajosas del hatajo de petimetres que deciden lo que mola y lo que no. ¡Puuuuaaaaaaaaaaj! Vete preparando, porque ya hay tontódromos con licencia de hostelería en donde no te sirven un vermú rojo si no recitas de carrerilla veinte de las cuarenta hierbas que componen su fórmula. Y para la segunda ronda, las otras veinte sin repetir ninguna.


¡Ojito con la botella escorada de 1952! Hoy, algún neopuritano exigiría su retirada,
por incitar a la embriaguez o memeces parecidas.


Cuando veo una botella de Tío Pepe se abre una espita de mi memoria infantil por la que chorrean navidades con riachuelos de papel de plata, nubes de algodón sanitario y un castillo de Herodes con las murallas de corcho; me inunda las narinas el aroma de sardinas asadas en brasas morunas, el sabor de raciones de caracoles picantes y mi abuela cocinando bacalao con coliflor; veo vacaciones con tebeos del Capitán Trueno, del Jabato y del Corsario de Hierro y con westerns de sobremesa; y a mi padre y a mi tío, un poco más allá de achispados, llenando copas y soltando picardías y canciones tristes: "La Nochevieja se viene, la Nochevieja se va y nosotros nos iremos y no volveremos más". El que siempre volvía era el Tío Pepe, uno más de la familia reunida, oloroso al escanciarlo y persistente en las copas vacías.

El jerez no es para andarse con bobadas. Es para pedir la botella, una cubitera para que no se caliente y, ¡hala!, a beberlo mientras uno habla de otras cosas. El jerez es un buen compañero de rondas, pero si el primer pisaverde que cree que Baco le hizo la boca se atreve a exponerlo como si fuera una loba de Gran Hermano en Sálvame Deluxe, pues es normal que el vino pierda su pudorosa palidez y yo la paciencia. Como dijo del café Jacques Delille, al que dediqué en primavera una CITA EXPRÉS, con el jerez siento que "bebo un rayo de sol en cada gota". Y me lo callo, lo paladeo y cotorreo banalidades, que para eso son las tertulias de bar. Y vale ya de hablar de mí, que aquí hemos venido a hablar de George Gordon, dandy entre los dandies, y de su paso por España camino del Levante mediterráneo.




No tengo certeza de que unas pintas de vino jerezano le diesen al perdulario de Lord Byron las bárbaras ideas de meter un oso en el Trinity College de Cambridge o de trasegar en calaveras, como los vikingos de Serie B; pero pasó, allá por 1805. De lo que sí estoy seguro es de que sus brumas de spleen, las propias de un colmo del Romanticismo como él, se le despejaban gracias al sol embotellado en Jerez. 

Que la aristocracia británica bebe sherry como si mañana se les fuera a hundir la isla es un tópico más viejo que el Canalillo. En la Edad Media ya se exportaban vinos jerezanos a la Europa occidental. Pero fueron los piratas ingleses, que tenían a Cádiz como su jauja, los que, mire usté por dónde, promocionaron con sus rapiñas la Marca Jerez en la Pérfida Albión. Cuando un compinche de Drake, Martin Frobisher, saqueó La Tacita en 1587 se llevó tres mil botas de sherry. En 1596 volvieron a por la segunda ronda, a costa, una vez más, de los bodegueros gaditanos. En la segunda mitad del XVII corrían por Londres unos versos, atribuidos a Thomas Jordan, que glosaban las virtudes del jerez. El tal Jordan, poeta y actor, escribió lo que sigue:

¡Bebed y sed felices,
bebed y sed felices,
danzad, bromead y regocijaos
con clarete y sherry,
tiorba y voz!

La tiorba es una especie de laúd barroco para tunos de la NBA, como bien se aprecia en la foto que ilustra estas líneas.


En 1754, Arturo Gordon, escocés católico y jacobita, llega a Jerez de la Frontera huyendo de la persecución inglesa. Como de tonto no tenía ni las intenciones, abre casa y bodega, Las Atarazanas, en la plaza de San Andrés, y se mete a exportar jerez a los mismos que querían verlo colgado de una soga. Y oye, míster Gordon se hace rico metiéndose en las faltriqueras las libras de sus enemigos. La empresa se vuelve familiar cuando llama a sus sobrinos y los pone al frente del negocio en 1794.

Casa madre de Gordon & Co., en las Atarazanas de Jerez.

A estos Gordon, parientes lejanos, rinde visita Lord Byron en julio de 1809. Tras recular con muy poco donaire ante los avances eróticos de una sevillana con arrestos y unas buenas tijeras, como ya te conté la semana pasada, Lord Byron y su amigo Hobhouse, barón de Broughton, tomaron, si no las de Villadiego, sí las de Cádiz. Cruzan por Alcalá de Guadaira y Utrera y son recibidos por Jacobo Arturo Gordon Smythe, de los Gordon de toda la vida (llevaban cincuenta y cinco años en Jerez). En las bodegas de su pariente, Byron sacia su sed "bebiendo del auténtico manantial" del sherry. En el Puerto de Santa María acude a un festejo taurino. No le agrada; considera que es un espectáculo cruel y sangriento y le disgusta el sufrimiento del toro:

Se detiene... arranca... resistiéndose a ceder: 
Lentamente se desploma entre gritos de triunfo,
Sin un bufido y sin esfuerzo muere.

Plaza partida, litografía de la serie Los toros de Burdeos.
Francisco de Goya, 1824-25.

Le llama la atención, en cambio, la mezcla, casi promiscua, de ricos y pobres en el coso. El 29 de julio atraviesa la bahía y desembarca en Cádiz, que era, por entonces, la retaguardia de la guerra, con muchos nobles buscando distraerse de los inconvenientes que les ha provocado Napoleón. Si Sevilla le había parecido "una ciudad bonita", al toparse con la capital gaditana implora a las musas que vengan en su auxilio. Y así lo refleja en el Canto I del Childe Harold:

Bella es la orgullosa Sevilla, que su país ostente
Su poder, riqueza, antigüedad;
Pero Cádiz, erguida en la distante costa
Pide un elogio más dulce en su humildad.

Estampa de Cádiz dominada por la catedral. Siglo XIX.

Es verdad que tras arrebatar a Sevilla el monopolio del comercio con América, La Tacita se había convertido en una de las ciudades más cosmopolitas, laboriosas, ricas y entretenidas de Europa. Cuando Byron la pisa, sin romperla, estaban lejanos los tiempos de esplendor, pero quien tuvo, retuvo:
"Cádiz, dulce Cádiz, es el primer rinconcito de la Creación. La belleza de sus calles y mansiones solo es superada por las de sus moradores".
Sabemos que Byron hacía, como un buen spaniel bretón, a pelo y a pluma. Así que es normal que se maravillase de la belleza de todo hijo e hija de la ciudad. Pero luego especifica:
"Debo confesar que las mujeres de Cádiz son, de lejos, superiores en belleza a las inglesas..."
Y lo pudo dejar ahí, pero siguió especificando:
 "...mas son inferiores a las nuestras en toda cualidad que dignifique al Hombre".
Bien le podríamos decir "l'as cagao por bocón, Lor Bairón". Pero es que la ganas de meterse en líos no le faltaron nunca al inglesito, la verdad. Debió de pensar que no se había enjardinado bastante, así que siguió en sus trece y envidó trece más:
"Cuando una española se casa, abandona todo recato, aunque sea una monja antes del matrimonio. Si un caballero se permite una iniciativa con una doncella española, cosa que en Inglaterra se resolvería con un bofetón, ella le agradece el honor y responde: Espere usted a que me case y estaré encantada".
En fin que, según Byron, vosotras unas pendonas y nosotros unos cornúpetas; nuestros tatarabuelos, quiero decir. Pero no termina aquí su análisis de las mujeres andaluzas en particular y de las españolas en general:
"Son todas iguales, con una misma educación. Sabe lo mismo la mujer de un duque que la de un campesino; y en cuanto a modales, una rústica es igual a una duquesa. Son subyugadoras, pero solo tienen una idea en el magín, la que gobierna su vida: la intriga".


Hubo una excepción a las inclementes opiniones que el poeta mantuvo sobre las mujeres ibéricas. Se llamaba Carmen Córdoba y era hija de un almirante; la conoció durante una representación de opera en un palco del Teatro Principal. Así se lo cuenta a su madre en una de las cartas que le envió durante su viaje por el Mediterráneo:
"La joven era bella, de encanto parejo al de una inglesa, pero superior en fascinación. Tenía el pelo negro y largo, con lánguidos ojos negros y la piel aceitunada, con mucha más gracia en sus ademanes que las aburridas inglesas [...] una belleza irresistible".
Por lo visto, era dueña también de un desparpajo que nada tenía que envidiar al de la sevillana Josefa Beltrán, pues Carmen no duda en levantar a una dama del palco para sentarse al lado del galán. Se dice que ella le inspiró un poema, The Girl of Cadiz, que es un piropo versificado:

Oh, nunca me vuelvas a contar
Del clima boreal ni de las damas britanas,
No has tenido la fortuna, como yo, de disfrutar
de una beldad gaditana.

Al parecer, ella le ofreció clases de español y él le habló de amor en más de un idioma, incluido el de los signos. Si sería Carmen, no lo sé; si fue el jerez, ¿qué se yo?; si sería la belleza de una ciudad que se abre a un horizonte de promesas, vete tú a saber... El caso es que cuando Lord Byron abandonó España tras veinticuatro días de viaje y placeres, se hizo una promesa que desdice su condición de GUIRI CON PUÑETAS:
"Volveré a España porque me he enamorado de este país"
No está mal escucharlo de vez en cuando, incluso estaría mejor que alguna vez se nos escapase a los que habitamos en él. Es verdad que no nos lo ponen fácil, ¡qué va!, pero somos gente de corazón grande y generoso, ¿o no?

Lord Byron en Missolonghi 
Theodoros Vryzakis, 1861.

George Gordon, sexto barón de Byron, no cumplió su promesa. Unos años después murió por defender la libertad de otro país mediterráneo. Unas fiebres y el disgusto por el cainismo de los griegos, incapaces de unirse para sacudirse el yugo turco, acabaron por matarlo. Cuentan que los dioses olímpicos le permiten morir cada día en los Campos Elíseos para renacer, desmemoriado, al siguiente: así bebe jerez eternamente como si fuera su primera vez, maravillado por el prodigio de ese sol gaditano que explota en cada gota...


AGRADECIMIENTOS:

Me gusta el jerez por mis recuerdos de infancia, pero también por culpa de Juan Carlos Olivar Nieto, un maestro que me enseñó a beber, un amante del sherry y, ahora, un amigo en la lejanía. Gracias.

Foto: Marcos Míguez.

También quiero dar las gracias a Pepe Jiménez, un reciente contacto en Facebook, que me ofreció información para completar esta entrada.


Y, por último, a Elisenda Segura, que me recordó que, junto a Fred Astaire y Cary Grant, hay otro actor que ilustra a las mil maravillas la común confusión entre un hombre elegante y un dandy: David Niven.



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10 comentarios:

  1. Menos mal que a algún guiri le gustó este país nuestro. Sí que nos ponen difícil que nos pase lo mismo, pero habrá que hacer un intento con nuestro, como tú dices, corazón grande y generoso, pero de verdad oyendo a algunos de los aspirantes a gobernarlo, lo que dan ganas es de cambiar de país.
    Un beso.

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    1. No, no hay que rendirse, ni dejar que nos llenen la boca y el corazón de ceniza. Gracias, Rosa.

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  2. Normalmente me rindo ante tu página y me abstraigo del mundo leyendo tus palabras. Hoy no ha sido ninguna excepción. Al final, la sorpresa y el honor de ver tu agradecimiento. Muchas gracias a tí, por hacerme pensar, por regalarme todo lo que sabes, que es mucho, y por dejarme compartir contigo una copa de jerez, gusto que comparto contigo. (Nada mejor que un buen jerez con unas almendras fritas, o no?)

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    1. Y que me dices de unas alcachofas a la plancha... El Jerez es el único vino que puede con ellas. Gracias por tus comentarios. Mejórate de tus jaquecas.

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  3. Amigo José Juan, nuestro país es singular, y no es para menos enamorarse de él.
    Un abrazo.

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    1. Estoy de acuerdo contigo, a veces hay que recordarlo para que no nos venza el desánimo. Gracias por tu comentario. Un abrazo.

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  4. Los guiris pueden ser muy puñeteros, pero los que no vuelven, se quedan enamorados de España, véase Byron y sus poemas dedicados.
    Me ha encantado leerte y ha sido fenomenal conocer la historia del jerez.
    Un beso

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    1. Muchas gracias, Marisa. Brindo contigo con un copita de fino. Un beso.

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  5. Aún no ha sido aprobada la creación de los Premios Florentino, pero como no pierdo la esperanza, sepa usted, Maestro, que en el apartado "Mejor post de la semana" lleva arrasando ya hace unas cuantas. Una delicia aprender sonriendo.
    ¡Salud!

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    1. Muchas gracias, maestro. Y encima me divierto, creo que estoy pecando. Un abrazo.

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