jueves, 31 de diciembre de 2015

Un cuento de Navidad, más o menos, de El viento de mis velas (y 2)



Hace una semana te conté un cuento. Lo escribí para mi primera novela publicada, El viento de mis velas, y quise adaptarlo para este blog. Había en él brasas de hogar, humo de pipa, fraternidad ante la fría noche de ahí fuera y espectros, como en todo cuento de Navidad que se precie. 
Hoy, día de Nochevieja, te ofrezco la segunda parte y te deseo que el tránsito al Año Nuevo te traiga regeneración y esperanza, que bien te las has ganado


Del caldero a las brasas

[Resumen de lo anterior: en una noche de temporal, al amor de una brasero y unas pipas bien cebadas, el veterano fusilero irlandés Sean Green -a quien llaman Xan-cuenta al librero don Gaspar y a su aprendiz, Yago, las peripecias increíbles de su vida en Londres, donde, como tahúr, se ganaba la vida y echaba a perder las de otros. El cuento se interrumpe cuando Green confiesa que un aciago día jugó una mano de cartas con el mismísimo diablo...]

El temporal rebotaba en las paredes de la librería y en las losas de la calle como si cayera un chaparrón de piedras. Xan suspiró profundamente, buscando bálsamo en el aire humoso. Tomó su castaña, le puso los labios en la boca y bebió un trago largo de güisqui. Luego de chasquear la lengua, siguió hablando.
–Cuando volví a la vida, pues me sentí morir, el diabólico tahúr, envuelto en una levita verde como sus ojos, se perdía en la penumbra. Le oí marcharse, pero no con el taconeo de un zapato, sino con el repique elegante de la montura de un dragón del rey. Solo una vez se volvió a mirar ¡Y ojalá no lo hubiera hecho! Sus ojos, ahora rojos como el as de diamantes, cegaron los míos, pero antes de perder la razón vi una cola de sierpe que asomaba por el faldón de su atavío antiguo. Y de nuevo creí morir. O peor aún, vivir para siempre en un cuerpo con el corazón seco.
Un relámpago que entró por las rendijas de las contras le iluminó la faz al irlandés. La centella me sacudió el espinazo de arriba a abajo y me puso a temblar. Salté a pegarme a los pies de don Gaspar, bien arrebujado en mis pieles. Xan se llevó la mano al pecho y apretó con más fuerza, como doliéndose. Luego musitó algo, quizás una plegaria, y se sirvió otro trago de güisqui.
–Jamás, mientras viví de tahúr, bebí una gota de licor, pues emborrona las figuras, hace perder las cuentas y libera la lengua del benéfico cepo de los dientes. Y ya ven ahora... Les digo esto porque, cuando goberné de nuevo mis sentidos, escapé de aquel tabuco y entré en derechura en la primera taberna abierta. Y no a buscar agua, que en Londres solo la beben quienes se han cansado de vivir, sino a olvidar los ojos, las pezuñas y el rabo de Villán, duque infernal de las legiones de tahúres que pueblan el mundo, pues no era otro el extranjero.
–¿Y las ganancias? –me alarmé yo.
–¿Qué ganancias, botarate? ¿Acaso no has entendido nada? –me soltó– La fortuna que dejé en la mesa era el precio de mi alma. Ingenuo de mí, pensé que compraría mi salvación dejándosela al garitero.
–¿Y no fue así? –se interesó mi patrón.
–¡Quia!
El guapo truhán irlandés se convirtió, desde aquella funesta madrugada, en comensal de ratas, cortejo de murciélagos y huésped en la mansión de un topo. No de otra manera se puede explicar que nadie volviera a saber de él.
–No es que desapareciera en los culos de saco o en las catacumbas de la nueva capital del mundo. No se moleste conmigo, don Gaspar, por titular así a Londres –mi patrón negó con amabilidad–, pero a España, como a un fullero al que se le adivinan las flores, se le está cayendo la casa encima. Decía que no es que me perdiera de vista, sino que nunca salía de día, resucitando cada noche como una polilla sedienta, en busca de un trago mientras pude pagármelo y de limosna e indecencias cuando no me quedó en las faltriqueras ni el aire, que se escapaba por los agujeros.
Abrumado por la culpa, redimido a destiempo, con las puertas del Paraíso cerradas, Sean Green vagó entre putas, asesinos y apestados, tirado entre rameras tísicas y putañeros a los que el mercurio no libró de las purgaciones. Si nadie lo vio, no fue porque no anduviera entre sus compinches de antes, ni entre las damas que conocían cada lunar de su cuerpo.
–Una vez me planté ante el tablajero que fue mi dueño. No me reconoció. Y cuando un tahúr compasivo quiso darme barato, el cabrón sacó un vergajo y me batió la mano con él. Luego me echaron a patadas del cubil.
El hermoso joven que fue una vez no guardaba en sí más aliento que el suspiro de un grillo, ni más encanto que el de una pella de moho. Macilento y desbaratado, cuando se dormía con los brazos cruzados sobre el pecho, esperando a que la Parca cortase el hilo, bien que pasaba por la Jolly Roger, el pabellón negro con las tibias bajo la calavera.
–Si el Ángel Exterminador se hubiera dejado caer por Londres con una lista de pecadores en la que mi nombre fuera el principal, habría pasado junto a mi sombra sin verme. Y digo bien, pues yo no era más que una mancha en las paredes.
Pero aquel espantajo no se había librado de las aprensiones del tahúr que una vez fue. Cuando Sean Green jugaba, no permitía que nadie lo distrajera de un par de guiños que le dedicaba a Fortuna, la veleidosa. Uno era anudar entre sí los cordones de unos zapatones de colegial que siempre llevaba puestos. Con ese lazo tendido entre ambos pies señalaba su determinación de no levantarse de la mesa hasta arruinar a todo el que mostrara el valor o la insensatez de compartir tablaje con él.
La otra extravagancia era la de tomar un cigarro como si fuera un hisopo, mojarlo en su taza de café y bendecir la mesa con aquel líquido negro. Luego chupaba la punta mojada, se colocaba el tabaco en la oreja y juraba: «¡Hasta cien no hay quien!». Con ello prohibía fumar en su presencia hasta que él ganase los cien primeros tantos. Los rufianes que lo escoltaban obligaban a los temerarios a comerse los cigarros si tenían la osadía de encenderlos antes.
–Aunque desahuciado y en un tris de perder la razón, si no la tenía ya perdida, no me desprendí de aquellos conjuros. Una noche, sentado en el suelo y apoyado en un marmolillo, repetía insanamente los dos guiños. Había enlazado mis zapatones, abiertos por la punta como dos rapes, y me aplicaba a mojar una colilla en un charco, a bendecir a todo el que pasara por delante y a chuparla luego con fruición. Les juro a sus mercedes que me sabía a una mezcla de tabaco brasileño y de la mejor infusión arábiga; luego dicen que los locos no son felices. ¡Y más que lo seríamos si nos dejaran en paz!
»Después, al grito de "¡Hasta cien no hay quien!", me llevaba la toba a la oreja. Y volvía a la misma tema una y otra vez –Xan bebió un trago y suspiró–. Los más se reían y los menos se apiadaban de mí; el resto me escupía insultos y salivazos. Yo, barrenado hasta el colodrillo, me reía despepitadamente con cada ronda de aquella chifladura. Hasta que Fortuna, harta de burlas y desdeñosa con los perdedores que se acuerdan de ella, vino a regalarme un encuentro desgraciado.
–¿Y qué más desgracia necesitaba su merced? –se extrañó don Gaspar.
–La de encontrarme con mi antiguo patrón y con uno nuevo...
Teophilus Arbogast, ese era el nombre del garitero, estaba plantado como un beefeater de la Torre ante el espectro vivo del tahúr, escoltado por dos mamelucos grandes y peludos como bueyes escoceses. El muy cabrón había reconocido el lema y los guiños a la suerte de su antiguo patrocinado y, sin mediar palabra, comenzó a tundir al pobre irlandés con la vara que portaba, nudosa como vitis de centurión.
Cualquiera podría acusar al tabuquero de faltar a la misericordia que su nombre inspiraba, pues Teophilus quiere decir amigo de Dios, y no otra cosa. Pero ¿quién mejor que un amigo de tan alta instancia para mallar a un condenado que le vendió el alma a un duque de los Infiernos? Y, en todo caso, medir las costillas a su antiguo tahúr era una compensación banal por las muchas molestias y la sisa de beneficios que su incumplimiento de contrato le acarreó, como bien se lo hacía notar entre leñazo y leñazo.
Los parias que asistían al espectáculo de la cruel tunda creyeron que Sean Green había enloquecido del todo, pues se reía como un poseso y agradecía cada palo que le caía encima. Algunos, los más desarbolados, empezaron a corear sus carcajadas, con lo que cualquier paseante extraviado creería haberse perdido en los mismísimos corredores de la casa de salud de Bedlam. Pero sus mercedes, que conocen las tristes circunstancias de su vida, entenderán que el joven se llenara de júbilo desesperado por la llegada inminente de La Enjuta, que venía a dar reposo a sus huesos, aunque su alma no fuera a descansar nunca.
Entre la bruma de su desvarío y la sangre que lo cegaba, derramada de su frente abierta, Sean Green creyó ver como las dos torres de músculo que flanqueaban a míster Arbogast se venían abajo como las almenas de Jericó. Y se dio cuenta de que tan desaforadas eran las quejas del garitero y tan ciega su concentración en la paliza, que no vio venir el porrazo que le rompió la nuca como si fuera de caolín de Sevres.
Sean no sabía si respirar aliviado o lamentarse por la conclusión del lance, que le evitaba al fin morir. Pero no tuvo tiempo a decidirse. Salida de la penumbra del callejón, el pobre tahúr vio, tan cabalmente como yo lo veía a él, la cara del sarraceno de ojos verdes como ágatas que le había comprado el alma por una pirámide de oro.
–A veces, hay que perder para salir ganando... –juraba que le dijo, repitiendo las palabras con las que ya una vez lo sentenció.
Y Sean rodó por los escalones de un desmayo. Al despertar, una fragancia viva le recordó que una vez fue un hombre. Aquel perfume le regalaba sal y cielos abiertos, acompañado por el jolgorio de las gaviotas. Lástima que lo siguiente fuere una arcada, nacida del bamboleo del barco y del vacío de sus tripas. Pero peor aún que la náusea fue el dolor intenso que el esfuerzo le produjo, recordándole que convalecía de una zurra.
–¡Justo a tiempo, haragán! –oyó decir–. Estamos llegando a Coruña.
–¿A dónde? –preguntó con un hilo de voz.
–¿Nunca has estado en España? Pues espabila, porque vas a servir a su rey –y, al oír esto, Sean se desmayó otra vez.
Volvió en sí en un galpón de Santa Lucía, encima de unos sacos de trigo, entre voces gaélicas y una balada triste que hablaba de vagamundos con un hueco en el pecho, desterrados de su tierra siempre verde, en la que dejaron el corazón.
–¿Irlandeses? –preguntó en su lengua celta.
–Muertos de hambre y desesperados, ¿qué otra cosa podríamos ser? –le respondió uno con las mejillas hundidas.
–¿Y qué hago yo aquí? –preguntó Sean.
–¡Su Excelencia sabrá! Hasta donde llegan mis alcances, Villain, el cazador de desertores, te libró de la muerte, ahora le perteneces...
–¿Villain, dices? –y rompió a reír de un modo que espantó al resto–. Ya le pertenecía antes.
La placidez con la que tiraba de su cachimba y el sosiego al servirse otra copita de guinda indicaban que a don Gaspar le placía el cuento. ¿Qué mejor lugar y compañía con el diluvio helado que caía fuera? Yo pensaba lo mismo. El irlandés apuró su garrafa.
–Cuando mi salvador, el tal Villain, se presentó ante mí, lo negué tres veces, como Pedro al Cristo. Yo esperaba a un demonio y me encontré con un dublinés rubicundo y pelirrojo que me juró por todos los santos que las únicas palabras que salieron de su boca cuando me salvó fueron para ordenar a sus hombres que cargaran conmigo. Me encogí de hombros y callé prudente, ya saben sus mercedes la facilidad de los demonios para cambiar de forma. De todos modos, ahí me di cuenta de que había saltado de la sartén para caer en el fuego.
El pelirrojo era sargento mayor de los fusileros hibérnicos, al servicio del rey de España por católicos y porque se alimentan, desde la primera mamada, de odio al inglés. De tanto en tanto, el tal Villain –Cormac de nombre, Cosme para nosotros– recibía la comisión de alistar a paisanos suyos, de levar malentretenidos y de atrapar prófugos, alguno para la horca y el resto para las bocas de los mosquetes ingleses. Mejor la milicia que la soga: alguna que otra vez se cobra, alguna más se come y, con ello, se resucita, mientras que del patíbulo malamente se vuelve.
¿Por qué se interesó el reclutador por un miserable al que mazaban a palos en el barrizal de una calleja? De primeras no le importó; era un hombre discreto que no metía sus narices en los negocios de otros. Pero en el guirigay de palos, insultos y risas locas, adivinó un «¡San Patricio, acógeme!» y medio por completar su cupo, medio por ayudar a un paisano, se lanzó en ayuda de Sean con el ardor ya descrito.
–Al principio lamenté no haber muerto en aquel callejón de Whitechapel –se lamentó Xan–. Habría terminado de una vez
–Ya se ve que no vino a Galicia a tomar las aguas –bromeó mi patrón.
–Y usted que lo diga, don Gaspar.
Si a Villán le vendió su alma, a Cosme Villain le vendió su vida. Y no por gratitud. El reclutador se llevaba un tanto por pieza; pero no lo sacaba de la Hacienda Real, sino de la soldada del reclutado. Así que el nuevo fusilero no cobraba del contador del regimiento, sino del pelirrojo, que le descontaba un tanto. Si necesitaba reponer una pieza del uniforme por desgaste o extravío, Villain se la proporcionaba previo pago. Y si no, tal y como los tuvo míster Arbogast, el reclutador contaba con sus propios mamelucos, que, armados con baquetas y rebenques, le llevaban las cuentas al sargento y se mostraban pedagogos con los olvidadizos, haciendo ábaco de sus costillas.
Al no haberse acordado nunca más de ella, Fortuna, no menos coqueta que cualquier madama, volvió los ojos hacia el antiguo tahúr que ya no la cortejaba; y quiso devolverle sus favores por ver si el fusilero le rendía armas de nuevo. En una de sus descubiertas, Villain y los de su partida entraron en el valle del Pas en busca de unos desertores, todos hermanos y nacidos en Galway. Los prófugos planearían embarcar en Santoña con rumbo a Francia: a Burdeos si podían y, si no, a Bayona. Pero los cazadores fueron a darse de bruces con una cuadrilla de contrabandistas pasiegos, gente recia que andaba al palo cargada con sus cuévanos, henchidos con setenta libras de tabaco cada uno.
Ahí terminó la vida rapaz del pelirrojo Cosme Villain, que quiso aligerar a los matuteros de su carga y, en cambio, lo aliviaron a él de la suya, de modo que partió ligero hacia la galera de Belcebú, en la que le guardaban banco de galeote para toda la eternidad. Desde aquel día, el fusilero Sean Green empezó a cobrar su paga íntegra, eso sí, cuando llegaba, que nunca hay dicha completa. Motivos no le faltaron para jurar que, con toda su codicia, era mejor pagador el sargento que el rey.
–¿Se arrepiente usted de la vida que ha llevado? –le preguntó mi maestro, asombrado de lo mucho que trasegaba el milite.
Xan Green sonrió con melancolía en los ojos y compasión en los labios. La melancolía era por él y la compasión por don Gaspar.
–Sabe que le tengo aprecio, mi buen librero. Y que me gusta hablar con usted porque ha leído tanto que se ha empapado del buen hábito de saber escuchar. Pero no sea ingenuo: no es el miedo de mirar al abismo y de sostener la mirada fascinadora de un barón de los infiernos lo que me provoca dolor en el pecho. No me arrepiento de mis pecados, ni me mortifica el mucho placer alcanzado. Lo que me provoca dolor es la añoranza por lo que perdí.
–¿El alma? –pregunté yo sin acabar de entender.
–La ciudad, rapaz, la ciudad...
–Ahora también vive usted en una ciudad –me piqué yo.
A la vez que estallaba una centella que traía la misma luz del primer instante de la Creación, Xan atronó la librería con una carcajada que dejó en susurro el fragor que vino después.
–¿Llamas ciudad a este villorrio entre dos mares? ¿A esta lengua de tierra estrangulada, tan misteriosa como un mediodía soleado? ¿A este nuevo desfiladero abierto en el mar por algún Moisés boreal? Yo te hablo de Londres, cándido, el Palacio del Mal en el que los demonios entran aferrados al brazo de su Ángel de la Guarda, rechinándoles de miedo los colmillos.
–Los demonios no tienen ángeles de la Guarda –repuse yo.
–En Londres sí. Dios les tiene más compasión a ellos que al cockney más simple, que bien pueden sus mercedes creer que guarda más malicia en sus mollejas que el demonio más redomado.
Yo conocía muchas ciudades. Digo que conocía sus nombres, porque don Gaspar las hizo desfilar ante mí en un globo terráqueo de madera y vaqueta montado en un trípode de patas torneadas. Se veían los continentes, las islas, los océanos y las tierras ignotas. Su dueño mandó que le pintaran una banda con la leyenda Ya no hay dragones. Pero aunque yo jugase a darle vueltas y a señalar La Habana, Calcuta, San Petersburgo o Tombuctú, hasta que oí el elogio de Xan Green sobre Londres no me di cuenta de que las ciudades me llamaban con voces lejanas. Desde ese día, una desazón nueva y pertinaz, aunque latente, hizo nido en mis entresijos.
Era tarde. El fusilero miró por la boca de su damajuana, hipó y se encandiló con el brasero. Don Gaspar le ofreció de su licor.
–No, amigo, se lo agradezco, pero ya no tengo edad de infidelidades.
Y, dando así las gracias, el soldado abrazó su bombona, seca como el hueco donde estuvo su alma y vació la cachimba de espuma de mar contra el tacón. Luego se echó el capote por los hombros y eructó.
–No se olvide usted el parapluie le avisó don Gaspar.
Xan sonrió con tristeza, tomó el parasol encerado, que tenía más goteras que el Arca de Noé, y, antes de llegar a la puerta se volvió. Me miró con unos ojos que me parecieron de ágata y me señaló con un dedo largo y agudo.
–Recuerda, hijo: para ganar, a veces hay que perder primero…
Y abrió el desvencijado paraguas y dejó que la lluvia lo sepultara. Me cogió un escalofrío; tuvo que ser el frío que entró de la calle.
FIN (del cuento y del año...)

Desideratum
Me gustaría que el año que entra me diera por fin la razón, que me mostrara, con algo más de amabilidad -¡hasta con efusión!- que no me equivoqué. El que se va lo he sentido áspero, ingrato, fatigante; un año de siembra sin cosecha, sin seguridad en que la semilla prenda... Aunque sospecho que también ha sido un riguroso maestro de humildad. Menos mal que estabas ahí con tus comentarios, tu ánimo, tu sentido del humor, tu experiencia, tu cariño, tus entradas, tu apoyo. Te deseo lo mismo que quiero para mí, un 2016 venturoso o, por lo menos, aventurero. Gracias y Feliz Año Nuevo.

¿QUIERES PROBAR MI NOVELA CON AROMA DE CAFÉ?

2 comentarios:

  1. Una muy buena historia y muy bien contada. Por desgracia, a España se le cae cada vez más la casa encima. Buen castigo es perder una ciudad para terminar en un villorrio donde no existe el Ángel de la Guarda.
    Feliz año para ti también. Un beso.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Gracias, Rosa. Tus comentarios y tu apoyo han sido muy importantes para mí. Te deseo lo mejor en este nuevo año. Un beso.

      Eliminar